La primera mañana con Ryker Ashvane como escolta, Lyra descubrió que el eco de una armadura en un corredor de piedra es considerablemente más perturbador de lo que uno esperaría.
Más que ruido era presencia. Un paso más grave que el suyo, más acompasado, que llegaba justo medio segundo después del de ella y llenaba el espacio que sus propios pasos dejaban vacío. A la derecha: él estaba. A la izquierda: también. Lyra lo comprobó tres veces antes de aceptar que no era una coincidencia, sino una sombra de acero adherida a sus talones.
Intentó ignorarlo durante el desayuno en la sala pequeña del ala este. Durante veinte minutos, frente a la ventana, el mundo pareció retener la quietud de la primera hora de la mañana que ella tanto apreciaba. El té estaba caliente, el pan crujiente y el jardín exterior descansaba bajo la niebla. Todo estaba en orden.
Entonces levantó la vista.
Ahí estaba Ryker, de pie junto a la puerta, con las manos cruzadas a la espalda y la mirada fija en el corredor exterior. Estaba tan inmóvil que habría sido fácil confundirlo con parte del mobiliario, si no fuera porque los muebles no irradiaban esa clase de calor contenido ni respiraban con una cadencia tan profunda.
Lyra volvió a su té, pero el sabor se había desvanecido. Cinco minutos después, sus ojos regresaron a él de forma involuntaria. Seguía ahí.
Dejó el pan a medias, sintiendo el estómago extrañamente cerrado.
La biblioteca fue su segunda opción, porque la biblioteca siempre funcionaba. Entre libros y silencio, Lyra había pasado los mejores ratos desde su llegada al castillo. Si algo necesitaba esa mañana, era la distancia cómoda que las páginas tendían entre uno y el mundo.
Kael le había hablado de las misiones con suficiente detalle como para que entendiera el propósito general, pero los detalles concretos estaban por venir. Sabía que necesitaba comprender la geografía del reino, las rutas comerciales y las tensiones políticas de las regiones. La biblioteca tenía mapas antiguos y tratados de política regional que llevaban décadas esperando que alguien los abriera.
Hoy era día de ser disciplinada.
Sacó el primer mapa del reino, lo extendió sobre la mesa central asegurando las esquinas con pesos de madera, y comenzó a leer.
El eco de las botas pesadas llegó a los tres minutos.
Ryker entró a la biblioteca. Su mirada recorrió el espacio en un solo parpadeo circular, evaluando salidas y sombras, antes de instalarse junto a los ventanales del lado oeste. Se movía con una eficiencia de movimientos envidiable, casi felina a pesar de su envergadura. De pie, manos cruzadas, mirada hacia afuera.
Lyra lo observó por encima del borde del pergamino. Lo ignoró. O al menos, obligó a sus dedos a pasar la página.
El silencio de la biblioteca, que antes le resultaba generoso y amplio, ahora tenía una textura densa, casi eléctrica. Era el silencio de dos personas que callan en una misma habitación, una atmósfera muy distinta a la de la pura soledad. Lyra sintió el peso de esa presencia justo debajo del esternón, como una opresión sin nombre. El aroma a papel viejo y tinta de la estancia ahora competía con el olor sutil que Ryker traía consigo: cuero forjado, frío invernal y el leve toque metálico del acero.
Bajó la vista al mapa. Provincia del Norte. Valles de Ashfen.
Volvió a levantar los ojos. Era una fuerza magnética estúpida, pero incapaz de controlar.
Ryker seguía junto a la ventana. La luz de la mañana entraba oblicua, perfilando la línea severa de su mandíbula y el corte recto de sus hombros. Hoy no llevaba la armadura completa; una capa oscura de tela pesada caía sobre su silueta, y los rayos del sol atrapados en los bordes del tejido creaban un contraste dorado que volvía su figura imposible de pasar por alto.
Lyra parpadeó, sintiendo un vuelco incómodo, y se obligó a concentrarse. Rutas comerciales del sur. Deterioro desde hace dos años. Impacto en—
Él giró la cabeza.
Sus ojos, de un azul gélido y cortante, fueron directamente hacia ella.
El calor invadió las mejillas de Lyra antes de que pudiera evitarlo. Con su piel de tonos claros, la timidez era una traición evidente; no había ninguna posibilidad de disimular. Se escondió detrás del mapa con una velocidad torpe que delató su pánico.
Silencio.
Lyra contó hasta diez con los ojos cerrados, escuchando el latido acelerado de su propio corazón contra las costillas. Esto era insoportable. Necesitaba aire, espacio, un lugar donde la luz no esculpiera de forma tan dramática las facciones de la gente y donde pudiera pensar sin ser consciente de cada respiración ajena.
—¡Al jardín! —anunció.
La palabra resonó demasiado fuerte sin haberlo querido. El mapa se sacudió entre sus dedos.
Tras una breve pausa, una voz grave y pausada respondió:
—¿Sí?
Lyra bajó el pergamino tres centímetros. Ryker la observaba. Su expresión seguía siendo indescifrable, pero el brillo en sus ojos delataba una atención meticulosa, casi divertida, como si estuviera registrando cada una de sus reacciones.
—Digo... —Lyra depositó el mapa sobre la mesa, intentando recuperar una dignidad ya perdida—. Que es mejor que vayamos al jardín.
Ryker la sostuvo la mirada un segundo más, sosteniendo el aire entre ambos. Luego, inclinó la cabeza con un gesto breve.
—Por supuesto —concedió.
Demasiado consciente, se recriminó Lyra mientras recogía sus pertenencias con manos ligeramente temblorosas. Demasiado. Necesitaba calmarse y acostumbrarse a él cuanto antes; el viaje sería largo y no podía pasarse los días ocultándose tras pergaminos y mapas.
Mientras cruzaban el corredor hacia la salida este, Lyra evocó la figura de Kael. Pensó en cómo el príncipe llenaba los silencios de una manera totalmente opuesta: con palabras audaces, promesas brillantes y esa facilidad suya para decir lo que ella deseaba escuchar en el instante preciso. Ojalá estuviera aquí, deseó con fuerza. Unos minutos de la calidez de Kael bastarían para ordenar el caos que llevaba dentro.
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Editado: 02.06.2026