El amanecer llegó antes de que Lyra terminara de decidir si había dormido o si simplemente había pasado la noche horizontal, contando los cuarenta y siete rombos del dosel mientras su mente se enredaba entre toxinas acuáticas y unos ojos masculinos de un azul demasiado gélido.
Se levantó cuando el cielo era todavía de ese gris plomizo que precede al alba. El frío del norte ya se colaba por las rendijas de la ventana, mordiendo la piel. Se vistió de prisa con la túnica de lana gruesa que Sela le había dejado y bajó al patio de armas con la bolsa de remedios golpeándole la cadera y el informe de Kael arrugado en el puño. Pero no bajó sola. Kael la acompañaba, caminando a su lado con una soltura que parecía desafiar las pocas horas de sueño y el frío de la mañana.
—Asegúrate de tomar el camino del este al cruzar el río —estaba diciéndole Kael, con esa voz suave que lograba que un consejo logístico sonara como una confidencia íntima—. Ashfen puede ser traicionero en esta época.
—Llevo mi mapa y mis decocciones, Kael. Estaré bien —respondió Lyra, intentando ajustar el peso de su bolsa de remedios al hombro.
Antes de que pudiera dar un paso hacia los caballos, Kael se detuvo, obligándola a imitarlo. Con una naturalidad pasmosa, extendió la mano y acomodó el cuello de la capa de Lyra, rozando deliberadamente la línea de su mandíbula con los dedos. Su tacto era tibio.
—No dudo de tus habilidades, Lyra —murmuró él, bajando la voz un tono, lo justo para obligarla a mirarlo a los ojos—. Dudo de la amabilidad del mundo exterior. Regresa entera. El castillo es demasiado aburrido cuando no estás.
Lyra sintió un vuelco extraño en el estómago, una mezcla de gratitud y esa sutil dependencia que Kael sabía sembrar con tanta facilidad. El cristal de su colgante pareció enfriarse contra su piel.
A unos metros, el sonido de una hebilla metálica golpeando con fuerza contra la montura rompió el silencio del patio.
Ryker Ashvane ya estaba allí.
De pie entre dos caballos de guerra pesados, ajustaba las cinchas de las monturas con movimientos secos y monótonos. Llevaba la capa oscura sobre la media armadura y el frío de la mañana parecía condensarse en su respiración. Ryker no se había girado, pero su espalda, habitualmente recta, se había tensado como la cuerda de un arco a punto de dispararse. Sus manos, firmes sobre las riendas del caballo oscuro, detuvieron su tarea por un segundo idéntico a una eternidad. La mandíbula del caballero estaba tan apretada que la línea de su perfil parecía esculpida en mármol.
Kael notó el cambio en el aire. Una sonrisa perezosa y diminuta, casi imperceptible, curvó la comisura de sus labios. Con una última y deliberada presión en el hombro de Lyra, dio un paso atrás, liberándola.
—Tu guardián parece impaciente —dijo Kael, mirando finalmente hacia Ryker con una cortesía perfectamente ensayada—. Cuídala bien, comandante. Sabes lo mucho que el reino necesita sus conocimientos.
Ryker se giró despacio. Sus ojos azules, habitualmente gélidos, brillaron con una fijeza mortífera bajo la luz mortecina del alba. No hizo una reverencia completa; solo inclinó la cabeza la fracción de un centímetro obligatoria por el protocolo.
La tensión entre ambos hombres en ese instante se volvió tan densa que Lyra sintió que respirar costaba el doble de esfuerzo. Kael mantuvo la mirada un segundo más, disfrutando del control que creía tener sobre la situación, antes de despedirse con un gesto elegante y retirarse hacia los pasillos del castillo.
Cuando Lyra finalmente se acercó a los caballos, el silencio que dejó el príncipe era pesado, casi físico.
Ryker no la miró de inmediato. Esperó a que los pasos de Kael se extinguieran por completo antes de volverse hacia ella y evaluar la bolsa que llevaba con su habitual rigidez. Pero el ritmo de su respiración delataba que el orden en su coraza tardaría un poco más en restablecerse...
Sus ojos azules la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose un instante en sus manos ligeramente temblorosas.
—Buenos días —dijo Lyra, intentando infundir firmeza a su voz.
—Buenos días. —Él palmeó el lomo del caballo más oscuro—. El camino a Ashfen está embarrado por las lluvias de la periferia. Serán seis horas de marcha dura. ¿Está segura de que no necesita un carruaje de la corte?
—Un carruaje nos retrasaría doce horas —replicó ella, dando un paso al frente—. Los animales no tienen ese tiempo. Sé montar, capitán. Al menos lo suficiente.
Ryker la observó en silencio, sopesando su determinación. Una sombra de algo parecido al respeto cruzó sus facciones severas. —Bien. Suba.
El viaje fue un recordatorio brutal de que el mundo exterior no se parecía en nada al aislamiento dorado del castillo. A medida que dejaban atrás los caminos reales, el paisaje se volvía agreste, dominado por árboles de ramas desnudas y un viento racheado que obligó a Lyra a subirse la capucha para ocultar su cabello azul. Delante de ella, la espalda de Ryker permanecía dolorosamente recta, inmóvil ante las inclemencias del tiempo, actuando como un escudo natural contra las ráfagas que venían del norte. No hablaba, pero cada vez que el caballo de Lyra resbalaba en el fango, el capitán tensaba las riendas del suyo, interponiéndose sutilmente entre ella y cualquier peligro del terreno.
Llegaron a Ashfen cuando la tarde se teñía de un violáceo lúgubre.
El asentamiento ganadero olía a desesperación, a humo de turba y a algo mucho peor: el tufo dulzón e inconfundible de la enfermedad. No hubo comitivas de bienvenida. Los aldeanos se arrastraban entre los cercados con rostros macilentos, observando la capa militar de Ryker con una mezcla de sospecha y miedo ancestral.
El capataz de los establos, un hombre mayor con las manos agrietadas por el trabajo, los guió hacia el cobertizo principal. Al abrir las pesadas puertas de madera, el panorama golpeó a Lyra como un puñetazo en el estómago.
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Editado: 02.06.2026