Ryker pasó el día antes de la partida haciendo exactamente lo que se suponía que debía hacer: preparar los suministros para la misión, revisar las rutas con el cartógrafo del castillo y coordinar con la guardia los puntos de control en caso de emboscada o desastre en el camino
Lo hizo con la precisión implacable que lo había llevado a convertirse en capitán.
Y mientras lo hacía, pensó en lo que había escuchado detrás de la puerta del ala oeste con una claridad que no mejoraba por más vueltas que le diera.
El problema no era saber que algo andaba mal; el problema era que no tenía cómo demostrarlo.
No tenía un contexto completo; solo piezas sueltas de un tablero oculto. Decírselo a Lyra era impensable. Ella confiaba en Kael con una fe ciega, absoluta, de esas que no se tambalean por las sospechas de un guardia arisco. Ryker la había visto mirar al príncipe; sabía perfectamente cuánto pesaba ese hombre en su vida.
La única opción sensata era la más difícil: esperar, observar y aprenderse las reglas del juego antes de mover una sola pieza.
Terminó la revisión de rutas, dobló el mapa, y se permitió un momento de mirar por la ventana del cuarto de cartografía hacia los jardines del ala este, donde Lyra estaba arrodillada entre sus plantas con la concentración de quien no sabe que la están mirando.
El sol de la tarde arrancaba destellos azules de su cabello, un color tan irreal que desafiaba la monotonía gris del castillo.
"Sé exactamente lo que necesito de ella."
Ryker apartó la vista, apretó el agarre de su espada y salió al pasillo.
Kael lo interceptó esa misma tarde en el patio de armas, justo cuando Ryker terminaba su rutina de entrenamiento con la espada. El príncipe heredero avanzaba con las manos en los bolsillos y una tranquilidad estudiada, de quien sabe que no necesita correr porque el mundo gira a su ritmo. Pero Ryker no se dejaba engañar: Kael calculaba cada paso como un relojero.
—Un momento, Capitán —dijo Kael, deteniéndose a su lado mientras observaba el patio desierto.
Ryker envainó su espada de un solo movimiento limpio, cuadró los hombros y esperó.
—La misión de mañana no será tan sencilla como la de Ashfen —continuó el príncipe, con la vista fija en el horizonte—. Los pantanos de Vel'Mur son un nido de infecciones y caminos anegados. Hay familias enteras atrapadas en los islotes que llevan semanas aisladas por las inundaciones. La magia elemental de Lyra sobre el agua podría despejar los canales bloqueados.
—Entendido, alteza.
—También es un trayecto más largo. Necesitarán parar a dormir en el camino.
—Ya tracé la ruta considerando los refugios seguros.
Kael lo miró entonces, con esa evaluación directa que Ryker ya sabía identificar y que ahora leía de manera completamente distinta.
—¿Cómo la está viendo?
—¿A quién, alteza?
—A Lyra. ¿Cómo está respondiendo al trabajo?
Ryker tomó un segundo antes de responder. Un segundo que estaba dentro del margen normal de alguien que considera la pregunta, y no eligiendo qué decir.
—Es eficiente. Sabe lo que hace con los brebajes. Los aldeanos de Ashfen aceptaron su ayuda mucho más rápido de lo que suelen aceptar a los extraños de la capital.
—¿Y tú? ¿Qué opinas de ella?
—Yo cumplo mis órdenes y garantizo su seguridad, alteza. Esa es mi única función.
Kael lo miró un momento más. Luego sonrió de esa manera suya que podía significar varias cosas distintas.
—Excelente. Eso es todo, Capitán.
Ryker hizo el saludo de rigor y se fue.
Caminó por el corredor con el mismo paso de siempre y no miró atrás, pero notó, con el sentido entrenado, que Kael lo siguió con la vista hasta que dobló la esquina.
«¿Cómo la está viendo?».
No era una pregunta casual. Kael no hacía preguntas casuales.
Ryker guardó esa pregunta en su memoria, una pista más en un tablero que amenazaba con estallar.
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La encontró pasada la medianoche.
El edificio estaba sumido en las sombras de la madrugada, pero un leve resplandor dorado que se filtraba por la rendija de la puerta de madera de la biblioteca, llamó su atención mientras él hacía su última ronda antes de retirarse. Ryker entró sin pensar demasiado, porque a esa hora no estaría nadie y él debía verificarlo.
Lyra estaba sentada en un banco corrido junto a la sección de herbología ancestral, con las rodillas pegadas al pecho y un enorme tomo encuadernado en cuero sobre el regazo. No estaba leyendo; miraba fijamente el reflejo de la luna en el ventanal. Al escuchar sus pasos, levantó la cabeza. Sus extraños ojos amarillos brillaron en la penumbra.
—¿Ronda nocturna? —preguntó ella con una voz suave que delataba el cansancio.
—Ronda nocturna —confirmó Ryker, deteniéndose a unos pasos.
—¿Has encontrado algún peligro acechando entre las estanterías?
—A ti despierta a pocas horas de cabalgar hacia un pantano. Eso califica como riesgo.
Lyra esbozó una mueca que intentaba ser ligera.
—Eso no es peligroso. No exageres. Estoy bien.
—Me lo dirás mañana cuando lleves tres horas pegada a la montura y te duela hasta el apellido.
Lyra cerró el libro con una expresión entre divertida e irritada. Ryker notó que, con el movimiento, el colgante que llevaba al cuello —ese extraño cristal que funcionaba como su catalizador— destelló en un tono anaranjado tenue, cálido, reflejando la sutil irritación divertida que siempre le causaban sus comentarios.
—¿Vas a quedarte ahí de pie o vas a sentarte? —desafió ella, señalando el espacio frente al banco.
Ryker evaluó las opciones durante una fracción de segundo y luego tomó la silla de roble frente a ella, la que él usaba cuando los dos terminaban en la biblioteca al mismo tiempo, lo cual ocurría con una frecuencia que ninguno de los dos había comentado; una rutina silenciosa que se repetía más de lo que ninguno estaba dispuesto a admitir en voz alta.
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Editado: 02.06.2026