El bloqueo cedió por completo.
No de golpe, sino en secciones: primero el lado izquierdo, luego el centro, y el agua salió con una fuerza controlada que empujó la barca hacia atrás pero no la volcó, que levantó una ola que fue hacia el este donde no había nadie, que bajó por el canal principal con el sonido de algo que lleva demasiado tiempo contenido y finalmente se mueve.
Desde el otro extremo del canal, Gareth soltó algo que era probablemente una exclamación de alivio mezclada con un juramento, y los aldeanos que observaban desde los bordes elevados empezaron a hacer el ruido específico de personas que llevan semanas esperando algo bueno y acaban de verlo.
Las horas que siguieron fueron de trabajo constante.
Mientras el agua bajaba, Lyra se movió de casa en casa con la barca de Gareth, revisando a los habitantes que llevaban semanas confinados, tratando los casos de exposición prolongada a la humedad, la tos que había empezado en los niños más pequeños, una infección de piel en una anciana que no se había podido tratar. Ryker la seguía, manejaba la barca cuando Gareth no podía, cargaba las bolsas, mantenía el perímetro.
Era diferente a Ashfen.
En Ashfen Lyra había trabajado en un espacio estático, con personas que podían acercarse o alejarse. Aquí era todo movimiento, terreno inestable, el agua bajando pero todavía presente, y cada vez que la barca se mecía con más fuerza de lo esperado Ryker ajustaba su posición sin pensarlo para equilibrar.
Lyra lo notó en algún momento de la tarde. Lo miró desde donde estaba revisando a una niña de unos cuatro años que tenía la tos que ella ya había diagnosticado como bronquitis leve, y él vio en su expresión el reconocimiento de algo que no había estado antes.
No dijo nada. Volvió a la niña.
Fue después, cuando estaban revisando la última casa del canal oeste, cuando las cosas cambiaron.
La casa tenía el agua hasta la mitad del primer piso y la familia que vivía ahí, un hombre, su esposa con ocho meses de embarazo que Gareth había mencionado al llegar, y un niño de unos seis años, llevaban dos semanas subidos al segundo piso. El hombre los recibió con el alivio de quien ha estado conteniendo el pánico durante demasiado tiempo y ya no puede seguir haciéndolo bien.
Lyra subió primero. Ryker amarró la barca y la siguió.
La mujer estaba bien en los términos en que podía estar alguien en su situación: el embarazo avanzaba sin complicaciones aparentes, pero el estrés de las semanas y la humedad habían empezado a cobrar su precio. Lyra le revisó la presión, le palpó el abdomen con manos expertas, le hizo preguntas específicas con una calma que Ryker observó y catalogó: la misma calma que tenía cuando algo le importaba mucho y lo canalizaba hacia la concentración en vez de hacia el miedo.
—Está bien —le dijo a la mujer—. El bebé está bien. Pero tiene que salir de aquí hoy.
—¿Hoy? —El hombre miró por la ventana el agua que todavía cubría el primer piso.
—Puedo despejar el acceso suficiente para que la barca llegue hasta la escalera. —Lyra miró a Ryker—. Si alguien la ayuda a bajar.
—Yo la bajo —dijo Ryker.
Mientras él preparaba la bajada, Lyra volvió al canal para despejar los últimos escombros que bloqueaban el acceso a la casa. Ryker la veía desde la ventana del segundo piso mientras la ayudaba a la mujer a ponerse de pie.
Fue entonces cuando el niño, que había estado quieto en el rincón todo el tiempo, decidió asomarse a la ventana para ver qué hacía Lyra, y perdió el pie en el borde de la ventana y, con un grito ahogado, desapareció en el agua turbia del primer piso.
El cerebro de Ryker no procesó el peligro; su cuerpo se movió solo. Saltó por el hueco. El impacto del agua helada le cortó la respiración al llegarle al pecho. La corriente dentro de la vivienda era un remolino de muebles flotantes y vigas astilladas. Chapoteó a ciegas, estiró los brazos entre la corriente oscura y sus dedos cerraron alrededor de la tela empapada de una camisa pequeña. Tiró hacia arriba con fuerza salvaje, sacando al niño a la superficie. El pequeño estalló en un llanto histérico, aferrándose a su cuello.
—¡Ryker!
El grito llegó desde la barca de rescate que acababa de aproximarse. No era la voz contenida de una sanadora; era el grito desgarrado de Lyra.
Ryker alzó la vista hacia la ventana rota. Lyra estaba de pie en el bote, con los nudillos blancos de tanto apretar la borda. Tenía los ojos amarillos desorbitados por el terror de haber causado la muerte de ambos, y bajo su ropa, el collar catalizador emitía pulsos de una luz cegadora, tan intensa que quemaba el tejido de su camisa.
La casa comenzó a temblar.
Los frascos y escombros que flotaban en el agua empezaron a vibrar con una estática violenta. El agua alrededor del pecho de Ryker no solo ondulaba; comenzó a girar en círculos concéntricos cada vez más rápidos, creando remolinos que amenazaban con arrastrarlo hacia el fondo junto al niño. Era la energía de Lyra, su pánico destructivo desatándose sin control ante la idea de perderlo.
—¡Lyra! —llamó Ryker. Su voz sonó con la autoridad implacable de un capitán, pero sus ojos fijos en ella eran suplicantes—. ¡Mírame! El niño está bien. Yo estoy bien. Estamos a salvo.
El agua crujió, elevándose unos centímetros por las paredes de madera, desafiando la gravedad.
—Lyra, mírame solo a mí —insistió Ryker, dando un paso difícil contra la corriente hacia la ventana—. Respira. Suéltalo. Confía en mí.
Los ojos amarillos de ella se enfocaron finalmente en el rostro de Ryker, fijos en su azul intenso, buscando un ancla en medio de su tormenta interna. Él vio el momento exacto en que la voluntad de Lyra luchó contra su propio pánico. Ella obligó a sus pulmones a llenarse de aire. Exhaló despacio.
El cristal de su pecho dio un último destello azul violento y se apagó, quedando en un tono opaco y frío. El agua se aplastó contra el suelo. El temblor cesó de golpe.
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Editado: 02.06.2026