El corazón de la bruja

Capítulo VIII: El baile de las máscaras

Los días entre el anuncio de la cena y el baile pasaron con la calidad de algo que se aprieta despacio.

Melinda Voss se instaló en el ala sur del castillo con la eficiencia de quien ha planeado una mudanza sin llamarla mudanza, y su presencia se extendió por los corredores con la misma naturalidad con que el agua encuentra los espacios que puede llenar. Aparecía en los desayunos, en los jardines a media mañana, en las conversaciones de pasillo con los nobles que seguían frecuentando el castillo desde la cena. Siempre con la cortesía exacta. Siempre con la sonrisa bien distribuida.

Lyra la observaba con la atención que ponía en todo lo que no entendía del todo, y Ryker observaba a Lyra observar.

—¿La has estado tratando más? —preguntó Ryker una tarde en los jardines, mientras ella revisaba el estado de sus plantas con el gesto automático de quien necesita tener las manos ocupadas para pensar. Se había detenido a un par de pasos de ella, con una mano apoyada de manera informal en el pomo de su espada. Su postura era perfecta, la de un capitán impecable, pero sus ojos azules no se despegaban de las manos de Lyra.

Lyra destrozó una hoja plateada entre los dedos, dejando que la savia le manchara las yemas.

—Suficiente para saber que no me conviene conocerla más. —Lyra separó una hoja marchita del arbusto plateado sin mirarlo—. Hay personas que son amables de una manera que te hace sentir que te están haciendo un favor. Melinda es exactamente eso, una trampa envuelta en seda.

Ryker asimiló el golpe. Un brillo de aprobación cruzó por sus ojos.

—¿Se lo has dicho a Kael?

Lyra se giró de golpe, enfrentándolo. Sus ojos amarillos brillaron con una punzada de frustración

—¿Para qué? Melinda es su invitada. Y probablemente tenga razones que yo no entiendo para tenerla aquí. —Volvió a la planta—. No es mi lugar opinar sobre sus decisiones.

Ryker dio un paso hacia ella, acortando la distancia protocolaria. El aroma a cuero limpio y metal frío de su uniforme la envolvió de golpe. El collar en el cuello de Lyra dio un vuelco sutil, pasando de un azul pálido a un tono violáceo más cálido.

—¿Y si fuera tu lugar? —insistió él, con la voz un tono más baja, directa, obligándola a sostenerle la mirada.

A Lyra se le cortó la respiración por un segundo. Sintió la chispa de su propia magia elemental agitarse en la boca del estómago por culpa de la cercanía del capitán.

—Si fuera mi lugar —susurró ella, obligándose a retroceder para que él no notara el repentino cambio de temperatura en su cristal—, le diría que tenga cuidado. Las personas que usan máscaras perfectas suelen tener las garras más afiladas. Pero quizás estoy leyendo cosas que no están ahí.

Ryker no respondió.

Porque las cosas que ella estaba leyendo estaban ahí. Completamente.

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El vestido llegó dos días antes del baile.

Sela lo trajo a la habitación de Lyra un martes por la mañana, con la caja de madera lacada y el sobre encima con el sello de Kael, y Lyra lo abrió con la curiosidad práctica de quien no ha recibido muchos regalos y por eso los abre con cuidado en lugar de con prisa.

La nota dentro decía: "Para que esta noche nadie tenga dudas de que perteneces aquí. —K."

El vestido era azul medianoche.

No del azul vivo de su cabello sino de algo más profundo, como el cielo en el momento exacto entre la noche y el amanecer, con bordados en el corpino que seguían el patrón de las constelaciones del norte en hilo plateado tan fino que parecía tejido de luz. Las mangas caían desde los hombros en una tela que era casi traslúcida en los bordes, y la falda tenía ese movimiento de las cosas bien hechas, que no necesitan que uno las lleve sino que se llevan solas.

Lyra lo sostuvo frente a ella durante un momento largo.

Luego lo volvió a meter en la caja, se sentó en el borde de la cama, y se permitió un minuto de ser exactamente lo que era: una chica que creció en un bosque vendiendo remedios con la capucha puesta y que tenía en las manos la cosa más hermosa que nadie le había regalado jamás.

Después del minuto, se puso de pie y fue a buscar a Sela para preguntarle si sabía cómo se recogía el cabello para un baile de corte.

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Ryker la vio cuando bajaba la escalera.

Estaba en el corredor del primer piso haciendo la revisión vespertina cuando escuchó los pasos en la escalera principal y levantó la vista por rutina, porque era lo que hacía, y luego no la bajó.

Lyra bajaba con una mano en la barandilla y la otra sosteniendo levemente la falda del vestido para no pisarla, con el cabello recogido en algo que Sela había construido con paciencia durante dos horas y que dejaba libre el cuello largo y el colgante con el cristal, y los ojos amarillos con un toque de algo oscuro en los párpados que los hacía parecer todavía más imposibles de lo habitual.

El vestido azul medianoche hacía exactamente lo que Kael había calculado que haría: convertía lo que la gente miraba como extraño en algo que no podían apartar la vista.

Ryker no dijo nada durante un segundo más de lo razonable.

Lyra llegó al último escalón, lo vio parado en el corredor, y lo miró con una expresión entre nerviosa y desafiante que él ya sabía leer como "sé que estoy distinta pero no sé si bien distinta".

—¿Demasiado? —preguntó ella, que claramente había aprendido esa pregunta de Kael.

—No —dijo Ryker.

Lyra esperó más. Él no añadió nada. Ella frunció el ceño levemente. —Eso es todo lo que vas a decir.

—¿Qué más quiere que diga?

—Algo más útil que un monosílabo.

Ryker la miró un momento más. —Está bien —dijo—. Mucho más que bien. ¿Eso es suficientemente útil?

La expresión de Lyra hizo algo complicado que terminó en algo parecido a una sonrisa contenida. —Suficiente.

Fue en ese momento cuando apareció Kael.

Llegó desde el corredor este con el paso de siempre y se detuvo al ver a Lyra con la expresión de alguien que había calculado exactamente cómo quedaría el vestido y cuya previsión había resultado correcta. —Perfecta —dijo, con la satisfacción tranquila de tener razón.




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