El corazón de la bruja

Capítulo IX: Un arma especial

Habían pasado muchos días después del baile, antes que el príncipe volviera a convocar a Lyra y Ryker a su oficina para otorgarles una misión.

Kael cerró la puerta del despacho con llave.

Era la primera vez que Lyra lo veía hacer eso. El clic metálico de la cerradura resonó en el silencio de la habitación, haciendo que un escalofrío de advertencia le recorriera la nuca. Contra su pecho, el cristal de su colgante destelló en un tono azul pálido, enfriándose ligeramente en respuesta a su súbita alerta.

Ryker, de pie junto a la ventana en su posición habitual de guardia, también lo notó. Lyra lo supo porque se había acostumbrado a leer los sutiles cambios en su postura: el ajuste casi imperceptible de sus hombros anchos bajo el uniforme de capitán, la forma en que su mano izquierda bajó un centímetro hacia la empuñadura de su espada. Ryker estaba incómodo. Odiaba que Kael lo tratara como un simple escolta de lujo, pero odiaba todavía más no tener el control de la habitación.

Kael avanzó hacia el escritorio de caoba. Su habitual sonrisa ligera y despreocupada había desaparecido por completo. En su lugar, sus ojos oscuros reflejaban una fijeza casi febril.

Sacó una pequeña llave dorada de su chaleco, abrió el cajón inferior del escritorio y extrajo un libro antiguo. Tenía la cubierta de cuero desgastada por los bordes y el lomo reforzado con un metal oscuro y opaco, de esos volúmenes prohibidos que jamás se registrarían en la biblioteca pública del castillo.

Lo dejó caer sobre la mesa y los miró a los dos.

—Necesito contarles algo que no puede salir de estas cuatro paredes —dijo Kael, bajando la voz lo suficiente para obligarlos a inclinarse hacia él.

Lyra guardó silencio, apretando los dedos alrededor de las telas de su falda. Ryker ni siquiera parpadeó, manteniendo la vista fija en el príncipe con una neutralidad profesional que ocultaba una tensión letal.

—La Espada Resonante —soltó Kael, rompiendo el aire con el nombre de la leyenda—. No es un mito.

El silencio que siguió se volvió denso. Para Lyra, que había crecido escuchando nombrar historias sobre el arma definitiva capaz de doblegar reinos enteros en voz baja, escucharla en boca del heredero en voz alta con la puerta cerrada se sintió extrañamente real, y peligroso.

—Existe —continuó Kael, abriendo el libro por una página marcada con una cinta de seda negra—. O al menos, su rastro sigue vivo. Llevo meses investigando los diarios de los antiguos monarcas a espaldas de mi padre. Hay razones para creer que sigue sellada en algún lugar del reino, atrapada en un sitio que lleva doscientos años protegido por un bloqueo que ningún caballero ha podido quebrar.

Lyra se acercó a ver, fascinada a su pesar. En la página del libro había una ilustración a tinta: una espada con la empuñadura grabada en patrones que ella reconoció vagamente como los sellos mágicos que había visto en los manuscritos más antiguos de la biblioteca. Alrededor de la hoja había símbolos que no era lenguaje común sino algo más parecido al antiguo herbal de sus tratados, aunque todavía más arcaico con variaciones que no conocía.

—¿Qué hace? —preguntó.

—Amplifica el poder de quien la porta. —Kael pasó la página a un mapa antiguo con anotaciones—. El primer rey que la forjó hizo un pacto con los últimos seres mágicos del reino. La espada se activa con sangre de sus descendientes directos y canaliza la magia del portador multiplicándola. En manos del rey correcto, con el poder correcto detrás, es militarmente invencible.

—Y tú eres descendiente directo de ese rey —dijo Lyra. No era una pregunta.

—Todos los de la línea real lo son. —Kael la miró—. Pero hay una complicación. Los sellos que la guardan no responden a la sangre real. Los construyeron para que requirieran magia. La sangre activa la espada. La magia abre dónde está sellada.

Lyra procesó eso despacio.

—Por eso yo —dijo.

—Por eso tú.

Ryker no había dicho nada. Lyra lo miró brevemente. Él tenía los ojos en Kael con una expresión que era la de siempre, calibrada y quieta, aunque algo en el fondo era más frío que de costumbre.

—¿Dónde está? —preguntó ella.

—Las ruinas de Aelveth —murmuró Kael, señalando un mapa antiguo intercalado entre las páginas—. Los registros dicen que el templo subterráneo de ese lugar fue el último santuario del portador original. Si logramos acceder allí, tendré el poder que el Consejo y mi padre no podrán ignorar.

Kael levantó la mirada y la fijó directamente en Lyra. Sus ojos brillaron con una mezcla de afecto genuino y un pragmatismo frío que a ella siempre le costaba procesar.

—Necesito que vayan a las coordenadas de Aelveth, registren el templo y traigan esa espada. Con tu sensibilidad mágica, Lyra, podrás detectar el flujo del sello donde los demás fracasaron. Eres mi única oportunidad de demostrarle a la corte lo que valgo antes de que sea tarde.

Lyra tragó saliva. El cristal de su cuello vibró con un destello violeta cálido, reflejando la presión en su pecho y la gratitud que aún sentía hacia Kael por haberla sacado del aislamiento del bosque. Sin embargo, el miedo de que su poder se descontrolara y causara una tragedia seguía latente en su mente.

—¿Por qué me lo cuentas ahora?

—Porque confío en ti —dijo Kael, sin vacilar.

—¿Y por qué no me lo dijiste antes?

Una pausa. La pausa correcta, del tamaño justo.

—Porque necesitaba saber primero que podías manejarlo. Ashfen, Vel'Mur. Vi lo que puedes hacer cuando confías en tus habilidades. —La miró—. Ahora lo sé.

A Lyra se le heló la sangre. Instintivamente, sus dedos volaron hacia el cristal de su cuello. El colgante, soltó un destello índigo, inestable y opaco, que empezó a calentarse contra su piel.

Ryker, que seguía de pie junto a la ventana con una mano apoyada en el pomo de su espada, se tensó de inmediato. El sutil crujido del cuero de su uniforme rompió el silencio del despacho. Sus ojos azules se clavaron en los dedos temblorosos de Lyra.




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