Las Ruinas de Aelveth estaban a tres días de camino.
Salieron al amanecer con provisiones para una semana, porque Kael había insistido en el margen, y porque Ryker había añadido otro día de sus propios cálculos sin explicar las razones, y porque Lyra había metido en las alforjas el doble de lo que pensaba que necesitaría en remedios.
El primer día de camino fue por ruta conocida, con el paisaje abierto de los valles del centro. El segundo día el terreno empezó a cambiar: más elevado, más pedregoso, con una vegetación diferente que Lyra identificó como propia de las tierras altas del noreste con la misma satisfacción de quien verifica una hipótesis.
—¿Siempre haces eso? —preguntó Ryker el segundo día, cuando la vio detenerse para examinar un arbusto de bayas que no había visto antes.
—¿Qué cosa?
—Catalogar todo.
—¿Es un problema?
—No. —Una pausa—. Es eficiente.
Lyra arrancó una pequeña muestra de la planta, la envolvió en el pañuelo que siempre llevaba para eso, y volvió al caballo. —En el bosque era lo único que tenía que hacer. Y resulta que es un hábito muy útil cuando uno empieza a ir a lugares que no conoce.
—¿Cuántas plantas llevas catalogadas?
—En el cuaderno de campo, trescientas cuarenta y dos. —Lo miró—. Aunque diecisiete son variantes de la misma especie que todavía no sé si cuentan como independientes.
Ryker la miró un momento. —¿Hay un cuaderno de campo?
—Hay cuatro. Empecé el primero a los doce años. —Ante su expresión—: Tenía mucho tiempo libre. Ya lo establecimos.
—¿Los tienes aquí?
Lyra señaló la alforja izquierda con la cabeza. —El cuarto está en progreso. Los otros tres están en la cabaña del bosque. O estaban. —Una pausa pequeña—. No he vuelto desde que llegué al castillo.
Ryker procesó eso sin comentarlo. Pero Lyra notó algo en su silencio que era diferente al silencio habitual, más cargado, como el de alguien que ha descubierto una pieza y lo está colocando en el rompecabezas.
—¿Quieres volver? —preguntó él al fin.
—A veces. —Lyra miró el camino—. Es complicado querer volver a un lugar que elegiste principalmente porque no había ningún otro.
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La tercera noche acamparon en una hondonada protegida del viento donde los árboles formaban un techo irregular sobre sus cabezas. Ryker armó el campamento con la eficiencia de alguien que lo ha hecho en condiciones mucho peores, y Lyra preparó la cena con lo que llevaban, que no era elaborado pero sí caliente. Los dos comieron junto al fuego pequeño que Ryker había decidido que era el máximo seguro dadas las circunstancias.
—Mañana llegamos —dijo Ryker, mirando el mapa con la lámpara pequeña.
—¿Has estado en ruinas antiguas antes?
—En misiones fronterizas. Las que quedan al sur de Irenvast son viejas también, aunque no con magia. —Dobló el mapa—. ¿Sabes qué esperar?
—En términos mágicos, no exactamente. —Lyra miró el fuego—. Los sellos mágicos antiguos son estables si nadie los ha tocado. El problema es cuando alguien ya intentó abrirlos antes. Si hay sellos dañados pueden comportarse de manera impredecible.
—¿Cuánto impredecible?
—Eso es lo impredecible de lo impredecible. No lo sabré hasta que llegue.
Ryker la miró. —¿Y eso no te preocupa?
—Me preocupa. —Lo dijo con honestidad directa—. Pero preocuparse sin información es inútil. Mejor esperar a tenerla.
Ryker asintió con algo que era casi aprobación. Luego miró el fuego durante un momento antes de decir:
—Lo que contaste en el despacho.
Lyra esperó.
—No tienes que demostrar nada —dijo él, sin levantar la vista del fuego—. Kael te lo dijo de una manera, así que te lo digo de otra. No porque sea lo que quieres escuchar. Sino porque es cierto independientemente de lo que quieras escuchar.
Lyra lo miró durante un momento.
—¿Y si quiero hacerlo de todas formas? Demostrar algo, quiero decir.
—Entonces hazlo por las razones correctas.
—¿Cuáles son las correctas?
Ryker la miró por fin, directamente.
—Las que todavía funcionan cuando nadie está mirando.
Lyra sostuvo esa mirada. El fuego jugaba con las siluetas como suele hacerlo, y a ella le parecía que le daba a Ryker un efecto más dramático a su rostro y casi mortal por algún motivo.
—¿Las tuyas funcionan? —preguntó ella.
—Generalmente —dijo él—. Esta semana, menos de lo habitual.
Era más de lo que Ryker normalmente decía. Lyra lo supo y no preguntó más, porque ya había aprendido que con él los momentos simplemente llegan.
—Gracias —dijo.
—¿Otra vez?
—Otra vez.
Algo cruzó su expresión que no llegó a sonrisa pero que se le aproximó más que de costumbre. —Duerme. Mañana va a ser largo.
Lyra se acomodó en el saco de dormir con el sonido del bosque alrededor y el calor residual del fuego todavía en las mejillas, y pensó que había algo muy específico en la manera en que Ryker decía las cosas. No las decía para que uno se sintiera mejor. Las decía para que uno tuviera algo real con qué trabajar.
Era diferente. Y más difícil de ignorar que si fueran simplemente amables.
Las Ruinas de Aelveth llegaron al mediodía del cuarto día como una promesa cumplida de la peor manera posible.
Desde la distancia eran imponentes: columnas de piedra negra que habían sobrevivido siglos de abandono con la obstinación de las cosas construidas para durar, llenas de advertencias silenciosas, rodeadas de vegetación que había crecido sobre y entre y a través de ellas durante tanto tiempo que ya era difícil distinguir dónde terminaba la piedra y empezaba el árbol. El aire tenía un sabor diferente allí, más denso, cargado de estática, con algo que Lyra reconoció como energía mágica residual de la misma manera en que reconocía el olor del agua antes de verla.
—¿Sientes eso? —preguntó Ryker, deteniendo a su caballo. Sus ojos oscuros escudriñaban cada rincón del perímetro con la paranoia de un soldado veterano.
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Editado: 02.06.2026