El corazón de la bruja

Capítulo XI: Nido de víboras

El castillo de Eryndal tenía una temperatura diferente cuando regresaron de Aelveth. No era el clima de las montañas; era algo más sutil, una corriente helada que corría por los pasillos de piedra.

Lyra lo notó desde el primer día en la mirada de los sirvientes. El respeto superficial seguía intacto, pero el radio de comodidad se había reducido. Cuando se cruzaba con ellos, se pegaban a las paredes de piedra un segundo antes de lo habitual, dándole un espacio excesivo, como si temieran rozar el borde de sus faldas.

En los jardines, su rincón de plantas plateadas ya no era un refugio. Esa tarde, con una regularidad calculada, dos o tres damas de la corte aparecieron paseando por el sendero con la cadencia de quien no tiene prisa, pero con los ojos fijos en sus movimientos. En su cuello, el cristal del collar se mantenía en un azul tenue y parpadeante, una vibración constante que le recordaba a Lyra la necesidad de respirar hondo y reprimir cualquier chispa de molestia. Tenía que ignorar el lado malo de la corte. Su estabilidad mágica dependía de ello.

Pero mantener la máscara fue mucho más difícil a la hora de la cena, sobretodo porque estando sin su escolta. Sentía que le faltaba un ancla en ese lugar.

Melinda presidía la mesa con su habitual compostura impecable. Con su cabello rojo violeta perfectamente recogido y esos ojos grandes y oscuros como de ciervo que proyectaban una inocencia absoluta, manejaba la conversación como una directora de orquesta.

—Es fascinante cómo cambian las prioridades fuera de los muros —comentó Melinda, apoyando los dedos sobre la copa de cristal con una elegancia que hacía que Lyra se sintiera tosca—. Por supuesto, nuestra querida Lyra ha estado tan ocupada con sus brebajes y tareas de sanadora en los terrenos más... rústicos del reino, que no podemos pretender que siga el tempo de la política de la capital. Sería injusto pedirle que entienda estos sutiles giros en tan pocas semanas.

Las damas de honor soltaron risitas ahogadas tras sus pañuelos. Kael, sentado en la cabecera, ofreció una sonrisa diplomática, una línea perfecta que no defendía a Lyra pero tampoco la atacaba. Él necesitaba el apoyo de los nobles que Melinda traía consigo, y un conflicto en la mesa no era eficiente.

Debajo de la tela de su vestido, el collar de Lyra dio un vuelco térmico. El cristal se puso intensamente frío contra su piel, un destello azul turbio que amenazó con expandirse. Frío oscuro. Molestia pura. Lyra apretó las manos bajo la mesa, obligándose a contar mentalmente hasta diez para congelar el sentimiento antes de que se convirtiera en una respuesta destructiva.

Durante toda la cena, el ambiente vibró con una tensión invisible. Melinda manejaba la conversación con comentarios de doble sentido, elogiando la "utilidad" de Lyra para los planes de la corona, mientras Kael asentía, alternando su atención entre el pragmatismo político que le exigía la alianza con los nobles y las miradas de auténtico afecto que le dedicaba a Lyra. El príncipe era un estratega gris; la quería, sí, pero el trono le urgía más.

A la salida del salón, el frío de la noche en los pasillos de piedra fue un alivio para Lyra. Su collar seguía latiendo en un tono azul helado debido a la contención emocional. Necesitaba aire. Necesitaba alejarse de las máscaras.

Caminó hacia el ala este, pero al doblar la esquina del pasillo que conectaba con los cuarteles de la guardia, una silueta alta y acorazada bloqueó su camino.

Ryker.

El capitán estaba apoyado contra la pared de piedra, con el casco bajo el brazo y los ojos fijos en el suelo, pero levantó la cabeza en cuanto escuchó sus pasos. Al verla con el rostro contrariado, sus ojos azules intensos se oscurecieron y el sutil músculo de su mandíbula se tensó con una rigidez absoluta.

Lyra se detuvo a un par de pasos de él. El aroma a metal frío, cuero y pino limpio que siempre lo acompañaba la envolvió al instante, disipando el rancio olor a perfume caro de la cena.

—Capitán —murmuró ella.

—Lyra —respondió él. Su voz era baja, profunda, desprovista de las etiquetas y la rigidez de la corte—. No deberías estar caminando sola a estas horas. El castillo está... revuelto esta noche.

Lyra bajó la mirada hacia el pecho de él, donde las placas de la armadura brillaban bajo la luz de las antorchas. Recordó el tacto de Ryker sobre su piel en las ruinas, el cómo elegía protegerla aún sabiendo el peligro que la rodeaba. Él lo sabía todo y, aun así, permanecía allí, como una roca en mitad de su tormenta.

—Estaba con Kael. Y con Melinda. —dijo ella, dando un paso imperceptible hacia él, buscando instintivamente su seguridad.

Ryker cerró el puño libre con tanta fuerza que el cuero de su guante crujió en el silencio del pasillo. Sus ojos descendieron un milisegundo hacia el cuello de ella, detectando el azul oscuro y frío que empañaba el catalizador.

—Te están asfixiando —sentenció él, acortando la distancia entre ambos. Ahora estaba tan cerca que Lyra podía sentir el calor corporal que emanaba de su uniforme de alto rango—. Puedo ver el cristal, Lyra. Sé lo que esa gente te hace sentir.

—Estoy bien, de verdad. Solo tengo que mantener el control...

—No deberías tener que controlarte siempre —la interrumpió Ryker, y por primera vez, su voz vaciló, cargada de una frustración visceral que desafiaba todos sus juramentos a la corona. Dio otro paso, atrapándola sutilmente entre su cuerpo y la pared de piedra, sin llegar a tocarla, pero rompiendo cualquier distancia protocolaria—. No con ellos. No conmigo.

Lyra contuvo el aliento. La cercanía física de Ryker provocó un vuelco violento en su estómago que no tenía absolutamente nada que ver con ningún tipo de magia. De pronto, el azul oscuro del collar se disipó por completo, y en su lugar, un destello ámbar brillante y espeso comenzó a emanar del cristal. El colgante se volvió cálido al tacto, irradiando un calor reconfortante directamente contra el pecho de Lyra.




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