El corazón de la bruja

Capítulo XII: La torre y el fuego

La Torre de Valdris estaba en el corazón del Bosque de Vel, como una puñalada de piedra negra.

Era el mismo bosque donde Lyra había pasado cinco años escondiéndose del mundo. El mismo donde Kael la había encontrado una noche con la espada desenvainada y una sonrisa que ella, por pura supervivencia emocional, había decidido creer real. Caminar por esos senderos ocultos con Ryker a su lado se sentía extrañamente diferente; el espacio entre ellos ya no estaba lleno de formalidades rígidas, sino de un silencio espeso, cargado de cosas que ninguno se atrevía a nombrar.

—¿Por aquí? —preguntó Ryker. Sus ojos azules escaneaban la maleza, fijos en las sombras, con la mano derecha descansando de forma natural sobre el pomo de su espada.

—Por aquí. Conozco este bosque. Cada raíz. Aunque es la primera vez que me adentraré tanto—respondió Lyra, dando un paso firme sobre la tierra húmeda. El cristal en su cuello se mantenía transparente y frío, una coraza perfecta que le recordaba que no debía sentir nada para no perder el control.

Caminaron durante dos horas. Dejaron los caballos atrás cuando el terreno se volvió un laberinto de fango y espinos.

—Pasamos cerca de la cabaña que fue mía —soltó ella en un susurro, rompiendo la monotonía de sus pasos—. A unos veinte minutos al oeste.

Ryker se detuvo un segundo. Sus cejas se juntaron sutilmente. —¿Quieres que vayamos?

—No —atajó ella, sintiendo un repentino pinchazo en el pecho. El collar emitió un destello azul tenue, helándose un poco más al recordar el aislamiento—. Todavía no.

El capitán asintió, respetando el límite sin pedir explicaciones, y esa falta de presión hizo que el cristal en el pecho de Lyra recuperara su neutralidad.

La torre apareció de golpe cuando el sol alcanzó el punto más alto y la luz del mediodía bajaba en columnas estre las copas de los árboles. Era imponente, construida con bloques de obsidiana mística que vibraban con una frecuencia sorda que Lyra sintió en los dientes. La estructura no estaba muerta. Estaba alerta, como un depredador agazapado entre los árboles. Muy diferente a Aelveth.

—Hay un guardián —advirtió ella, deteniéndose en seco.

Ryker desenvainó la espada con un chasquido limpio que rompió el silencio del bosque. —¿Qué clase de guardián?

—Uno antiguo. Siente que estamos aquí.

Avanzaron hacia la enorme sección de pared que hacía de entrada. Los grabados formaban un sello concéntrico, una cerradura de magia de sangre. Lyra metió la mano en el bolso bandolera que llevaba sujeto con correas de cuero a su cintura y sacó el pequeño vial de vidrio que el príncipe le había entregado esa mañana.

—Necesito la sangre de Kael —explicó ella—. El sello exterior solo responde al linaje real. Él lo previó.

Ryker clavó la mirada en el frasco. Lyra escuchó el crujido tenso del cuero de sus guantes cuando apretó el puño. El ambiente se enfrió de golpe, y el colgante de Lyra, reaccionando a la repentina oleada de hostilidad defensiva que emanaba del capitán, cobró un tono azul más oscuro, vibrando con una ligera estática.

—Práctico como siempre —masulló Ryker, con una amargura que no se molestó en ocultar—. Te envía a la boca del lobo con un frasco en lugar de dar la cara.

Lyra prefirió ignorar el veneno implícito en sus palabras. No podía permitirse analizar el egoísmo de Kael ahora. Vertió tres gotas sobre el relieve de piedra. La obsidiana absorbió el fluido como si fuera arena sedienta y una grieta de luz carmesí rasgó el centro del sello.

—Ese fue el primero —murmuró Lyra, apoyando ambas palmas directamente sobre la roca para encarar el segundo sello—. Ahora viene la parte difícil.

—Tarda lo que necesite —dijo Ryker, desde su posición a sus espaldas.

Conectarse con la torre fue como tirarse de cabeza a un pozo de agua helada. La magia del lugar no era un mecanismo; era la voluntad fosilizada de un mago de hace doscientos años. Tenía decenas de capas imbricadas, nudos energéticos que debía deshacer uno a uno con una paciencia quirúrgica.

Pasaron quince minutos. Veinte. Treinta.

El esfuerzo empezó a pasarle factura. Los músculos de sus piernas temblaban por la tensión de no moverse y un sudor frío le empapó la nuca, pegándole los mechones de cabello azul a la frente. El colgante en su cuello ardía, tiñéndose de un azul eléctrico e inestable que amenazaba con desbocarse.

—Lyra —la voz de Ryker sonó baja, pero alerta—. No te muevas. Mira arriba.

Ella obligó a sus ojos a enfocarse y miró de reojo.

En las ramas altas de los árboles circundantes, cientos de ojos los observaban. Criaturas híbridas, zorros con alas de búho, felinos con pelajes que brillaban con tonalidades místicas extintas en el resto de Vaeldris. Los últimos reductos de la fauna mágica del continente se agolpaban en silencio, esperando ver si la humana lograba romper un candado de dos siglos.

—No van a atacar —articuló ella con dificultad, con los dientes castañeando por el desgaste de energía—. Quieren ver... si soy capaz.

El último nodo del sello se materializó en su mente no como un acertijo, sino como una presión que exigía una verdad desnuda. ¿Por qué quieres entrar?

Lyra apretó los dientes, sintiendo que la magia de la torre empezaba a succionar su propia fuerza vital. No podía mentirle a la piedra. Pensó en Kael, en su desesperación por el trono, pero la torre rechazó el pensamiento. Entonces, buscó más profundo. Pensó en sí misma, en el terror que le tenía a sus propias manos destructivas, en la necesidad de demostrarse que su existencia no era un error de la naturaleza.

Porque quiero elegir mi propio propósito.

El sello cedió con el crujido ensordecedor del metal doblándose. La pared de obsidiana se deslizó hacia los lados, liberando una ráfaga de aire que olía a polvo, ozono y tormentas antiguas.

En el centro de la cámara, sobre un pedestal, reposaba la Espada Resonante.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.