Kael eligió el salón pequeño del ala sur para la cena, el que tenía la chimenea y las ventanas hacia el jardín interior. Un espacio diseñado para ocho personas que esa noche solo usarían tres.
Lo había decorado él mismo, o había dado instrucciones tan específicas que el resultado era lo mismo: velas en lugar de las lámparas de araña, la mesa puesta con una intimidad calculada que no correspondía a una cena oficial, sino a algo mucho más personal.
Lyra lo notó en cuanto cruzó el umbral.
Notó también el peso del vestido verde oscuro que Sela había dejado esa tarde sobre su cama con una nota de puño y letra de Kael: Para esta noche. No es tan formal como el del baile, pero creo que te va a gustar más. El corte era simple pero la tela caía con una fluidez pesada que delataba su costo, y el cuello dejaba el espacio exacto para que el colgante quedara completamente visible sobre su piel.
En este momento, el cristal estaba transparente y plano. Frío. Lyra se obligaba a mantenerlo así. No quería sentir. No podía permitirse analizar la advertencia de la reina, ni lo que Ryker había escuchado, ni la forma en que Kael había mirado la espada resonante en el patio. Eran demasiadas verdades conviviendo en su cabeza.
Ryker llegó al salón unos minutos más tarde. Seguía usando el uniforme, aunque se había despojado de la capa de ceremonia. Su hombro derecho caía en un ángulo rígido, una secuela física de la última batalla que intentaba ocultar sin éxito.
Sus ojos oscuros la encontraron de inmediato. No miró las velas, no miró la mesa; la miró a ella. Primero. Siempre.
El collar de Lyra dio un vuelco térmico, desprendiendo una ráfaga de calor repentino que amenazó con teñir el cristal de un tono ámbar. Asustada de que Kael pudiera notar el cambio de temperatura en su "corazón externo", Lyra forzó a su mente a enfriarse, obligando al colgante a regresar a un estado transparente y helado. Bajó la vista hacia los cubiertos de plata. Estar allí era una tortura.
Kael llegó al último, sosteniendo una botella de vino que él mismo había seleccionado. En otro contexto, el gesto habría resultado puramente encantador.
—Te ves perfecta, Lyra —dijo Kael, levantándose de su silla con una sonrisa impecable. Se acercó y le tomó la mano, besándole el dorso. El contacto hizo que un hilo de azul tenue se encendiera en el centro del cristal, pero ella lo contuvo de inmediato—. El verde resalta tus ojos.
—Gracias, Kael —respondió ella, forzando una sonrisa ligera.
—Esta noche no hay protocolo —anunció el príncipe, sirviéndoles a los dos antes de llenar su propia copa—. Esta noche somos tres personas que acaban de lograr lo que nadie ha podido en doscientos años.
Lyra apretó los dedos alrededor del cristal de su copa, buscando un ancla. —La espada siempre estuvo ahí, Kael. Solo había que ir a buscarla.
—Había que ser capaz de abrir la maldita cámara —corrigió Kael, clavando en ella una mirada cargada de un orgullo que se sentía extrañamente corporativo—. Que son dos cosas muy diferentes, Lyra.
—Ryker hizo la mitad del trabajo —intervino ella, desviando la atención hacia el capitán—. Sin él, ninguno de los dos habría salido vivo de esas ruinas.
Ryker no pestañeó. Se limitó a sostenerle la mirada a Kael con la mandíbula tensa. El príncipe, sin perder la sonrisa, asintió con la generosidad indulgente de quien concede un costo menor.
—Sin duda. El capitán siempre cumple con su deber.
Sirvieron la cena y, durante la primera media hora, Kael desplegó su mejor versión: inteligente, magnético, peligrosamente divertido. Tenía esa jodida habilidad de hacer que la conversación fluyera como el agua, encontrando el ángulo perfecto para cada anécdota y riéndose de sí mismo con una gracia que parecía cien por ciento genuina.
Y lo era. Eso era lo que destrozaba la cabeza de Lyra. Su carisma era real, pero también era una herramienta diseñada para obtener resultados.
—¿En qué piensas? —le preguntó Kael de pronto, inclinándose un poco hacia ella.
Había notado su silencio con esa precisión milimétrica que usaba para leer los tableros de la corte.
—En la torre —mintió Lyra a medias, tratando de mantener el collar bajo un control estricto.
—¿Qué parte de ella?
—Los seres mágicos que encontramos en los niveles inferiores. Siguen ahí encerrados. Nadie en el castillo parece recordar que existen —dijo ella, haciendo girar el vino en su copa—. Los trataron como recursos políticos durante generaciones hasta que casi los extinguen. Los pocos que sobrevivieron aprendieron que desaparecer era la única forma de seguir vivos.
Kael la escuchó con una fijeza analítica.
—¿Cuántos calculas que quedan?
—Docenas. Quizás más en las zonas profundas del bosque que no pudimos mapear. —Lyra levantó la barbilla—. Se mostraron ante mí porque reconocieron la magia. No como una amenaza, sino como algo que pertenece a su mismo mundo.
El príncipe asintió despacio. Sus ojos negros brillaron con una chispa fría, la misma expresión de un prestamista que acaba de descubrir un cofre lleno de oro olvidado.
—Interesante. Muy interesante.
El collar en el pecho de Lyra se volvió repentinamente frío. Un frío ártico y pesado que le mordió la piel. Conocía a Kael lo suficiente como para saber que, en su vocabulario, "interesante" nunca significaba empatía; significaba utilidad.
Significaba una nueva carta que jugar ante el Consejo.
Buscando una tregua, Lyra levantó la vista y se encontró con los ojos de Ryker por encima de la copa. El capitán la estaba observando con esa intensidad silenciosa que la hacía temblar. No estaba mirando el salón, ni calculando los movimientos de Kael. La miraba a ella, con el puño cerrado sobre la mesa con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos, furioso por no poder saltar el protocolo y sacarla de ese nido de víboras envuelto en seda.
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Editado: 02.06.2026