El corazón de la bruja

Capítulo XV: Elecciones

El corredor exterior del ala este desembocaba en la galería que daba al jardín norte. A esa hora, el espacio estaba oscuro, vacío y devorado por el frío de finales de otoño. Lyra lleguó hasta el borde de la barandilla de piedra, apoyando las manos en el parapeto helado, y miró hacia la oscuridad sin verla realmente.

No lloró. No hizo una escena en mitad del salón. Solo giró y caminó lo más rápido que sus piernas se lo permitieron.

Intentó ser práctica, la maldita sanadora lógica que se obligaba a ser siempre. Sabía que esto iba a pasar. Las advertencias de Elara, las insinuaciones de la reina... todo encajaba. Pero saber que una tormenta se acerca no hace que el rayo te duela menos cuando te golpea el cuerpo. Lo que había en los ojos de Kael cuando anunció su compromiso con Melinda no era crueldad. Para ella fue peor: vió la mirada de un estratega que acababa de hacer el movimiento más conveniente para salvar su trono, buscando en sus ojos amarillos un perdón que ella no tenía por qué darle.

La miró fijamente mientras el salón aplaudía. La miró con la capa del color del vino que él mismo le había regalado esa tarde sobre sus hombros. «Confía en mí», le había dicho.

Se llevó la mano al pecho con dedos temblorosos. El cristal de su colgante estaba tan congelado que le quemaba la piel a través de la tela. Estaba completamente transparente, liso, la señal física de que se estaba obligando a no sentir nada para no desatar una catástrofe mágica en el castillo.

Escuchó pasos pesados sobre la piedra. No necesitó girarme para saber quién era. Su presencia la envolvió antes de que su sombra tocara la de ella.

Ryker se detuvo a su lado, apoyando las manos en el parapeto. No llevaba la postura recta de un capitán haciendo su ronda. Tenía la tensión del hombre que acaba de abandonar su puesto oficial porque había algo más importante que proteger.

—Dejaste la puerta del salón —dijo, con la voz más plana que pude regular.

—Sí.

—Eso va contra el protocolo.

—Lo sé.

—¿Lo viste? —preguntó, forzando sus ojos a seguir fijos en el jardín oscuro.

—Vi todo. —Su tono era una línea de acero, frío y concentrado—. Kael supo el momento exacto del anuncio con el suficiente tiempo como para haberlo manejado de otra manera. No quiso.

Una punzada cruel le atravesó el pecho. Kael había preferido que se enterara así, rodeada de trescientas personas, usando su magia como su trampolín político mientras se aseguraba el apoyo de los nobles a través de Melinda.

—Me dijo que iba a ser una buena noche —susurró, y esta vez la compostura se le agrietó. Se le quebró algo a su voz, solo un poco, solo lo justo—. Sé cómo funciona la corte. Sé que tengo la información para no estar sorprendida... y aún así...

—Aun así, duele —completó Ryker.

Giró la cabeza para mirarlo. Él ya la estaba observando. Sus ojos azules, libres del filtro rígido de la guardia, le recorrieron la cara con una firmeza que la desarmó.

—¿Por qué saliste del salón, Ryker?

—Ya lo sabes.

—Quiero escucharlo.

Ryker dio un paso hacia ella, rompiendo la distancia protocolaria que los había separado durante meses. El olor a cuero, metal y al viento limpio de sus entrenamientos inundó sus sentidos, borrando el perfume asfixiante de la fiesta de Kael.

—Porque cuando cruzaste esa puerta, el salón entero dejó de importarme —dijo, con esa voz baja y precisa que usaba para las cosas que dictaban la vida o la muerte—. Solo necesitaba saber si estabas bien.

—No estoy bien —admitió, y fue una rendición absoluta. Las lágrimas que había retenido amenazaron con salir—. No estoy bien. ¿Y si la magia se descontrola? ¿Y si el miedo...?

—No va a pasar nada —interrumpió él, y su mano se alzó, deteniéndose a un milímetro de la mejilla de Lyra, respetando su espacio pero ofreciéndose como un anclaje—. Estás triste, Lyra. No asustada. Conozco la diferencia. No te vas a descontrolar.

Lo miró, parpadeando ante el hecho de que este hombre la conocía mejor de lo que ella misma se conocía.

—¿Cuándo decidiste esto? —preguntó en un hilo de voz—. ¿Cuándo decidiste estar aquí, conmigo, en lugar de ser leal a la corona?

—Fue gradual —confesó, y sus dedos finalmente acortaron la distancia, rozando el contorno de su mandíbula—. Y después fue de golpe. En Vel'Mur. Cuando te vi domar el agua del canal porque grité tu nombre. Supe que ya era demasiado tarde para fingir que solo era tu escolta.

El mundo exterior, las trescientas personas que celebraban el pacto de Kael y Melinda a tres pasillos de distancia, se borró por completo. Solo quedaba Ryker. Completamente presente.

No supo quién se movió primero. Cortaron la distancia con la naturalidad de las cosas que llevan meses queriendo ser más pequeñas. Apoyó su frente contra el hombro izquierdo de Ryker, y sus manos buscaron el borde de su uniforme con una torpeza desesperada.

El brazo de Ryker la rodeó de inmediato, firme, cerrándose alrededor de su cintura como si fuera el único lugar donde pertenecía. Su otra mano se hundió en su cabello azul, acariciándolo con un cuidado tan genuino, tan desprovisto de agendas políticas, que la hizo sentir un vuelco en el pecho. Bajo su oreja, oía cómo el latido de su corazón iba rápido, rompiendo su fachada de soldado imperturbable.

—Kael me miró —repetió contra su pecho—. Quería ver si su decisión me importaba.

El agarre de Ryker se tensó, volviéndose más protector.

—Sabe lo que hizo. Quería medir tu reacción para saber si aún te tiene bajo su control.

—¿Y me tiene?

Ryker la obligó a levantar la cabeza, sosteniendo su mentón con suavidad para que lo mirara a los ojos.

—Tú no eres su peón, Lyra. Las cosas que importan no piden permiso. Y tú me importas a mí.

Ella miró sus labios, a escasos centímetros de los suyos. Algo en su interior, una chispa que no pasó por su habitual necesidad de reprimirlo todo, tomó el control. Se puso de puntillas, le colocó la mano en la mandíbula y lo besó.




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