El día siguiente, el mundo se sentía de una calidad extraña, estaba exactamente igual en la superficie y completamente diferente debajo.
Lyra bajó al desayuno antes de que el castillo terminara de despertar. Llevaba su ropa de siempre y el colgante imperturbable, transparente y helado contra su pecho; la coraza de quien se obliga a no sentir nada para evitar que el mundo estalle a su alrededor.
Ryker la esperaba en el corredor, apoyado contra la pared de piedra. Al verla, se incorporó con esa atención militar que, últimamente, solo reservaba para ella. Se miraron durante un segundo que tuvo el peso concreto de la noche anterior.
—Buenos días —dijo Lyra, con la voz atrapada en la garganta.
—Buenos días. ¿Dormiste?
—Algo.
—¿De verdad o lo suficiente para fingir que estás bien?
Un destello ámbar tenue iluminó el cristal de Lyra. Una calidez repentina le recorrió el pecho al notar que él le leía sus pequeños gestos sin esfuerzo.
—De verdad —mintió ella con suavidad—. ¿Tú?
—Mejor que en semanas.
No dijeron más. No hacía falta. Entraron al comedor manteniendo la distancia protocolaria exacta. Pero las cosas pequeñas estaban ahí: la manera en que el cuerpo de Ryker se tensaba para proteger su flanco, la forma en que ella buscaba el azul de sus ojos para respirar. En el rincón, Elara los vio entrar. La mujer esbozó una sonrisa diminuta y compasiva, bajando la vista hacia su plato con la decencia de quien tiene demasiada información y decide guardársela.
Kael llegó a buscarla al mediodía.
Lyra estaba en los jardines. Tenía las manos hundidas en la tierra húmeda, intentando dirigir el runrún de sus pensamientos. Escuchó sus pasos, pero no levantó la vista de inmediato. Antes, ese sonido la hacía girarse de golpe; ahora, algo en su interior se había apagado.
—Lyra —dijo él, sentándose en el banco de piedra con una naturalidad que se sentía extrañamente ensayada. —¿Cómo estás?
—Bien. ¿Tú?
—Bien. Anoche te fuiste antes de que pudiera hablar contigo. ¿Estás molesta?
Lyra lo miró directamente, sosteniéndole esos ojos cafés que tanto la habían cautivado.
—Estoy procesando, Kael. Hay una diferencia.
Por un instante, la máscara del príncipe heredero se agrietó. Apareció el Kael real, el muchacho paranoico presionado por su madre, el joven que temía que un hermano ilegítimo no descubierto le arrebatara el derecho al trono.
—Sé que fue difícil enterarte así —admitió él, y su voz sonó genuina—. Pero no había una manera fácil. Elegí la opción que era políticamente necesaria para asegurar el apoyo de los nobles a través de los Voss.
—¿Y qué soy yo en tu política, Kael?
—Eres la persona más importante en lo que estoy construyendo —respondió él sin vacilar, dando un paso hacia ella—. Eso no cambia por un compromiso por linajes.
En lo que estoy construyendo. No en mi vida. No para mí. Lyra guardó esa frase mientras sentía cómo el collar se le ponía sutilmente frío contra la piel; una molestia sorda, una decepción silenciosa.
—Necesito pedirte un último esfuerzo —continuó Kael, volviendo al tono práctico del estratega—. Hay un grupo en la aldea de Seldhar. Rebeldes que amenazan la estabilidad de la región sur. El Consejo los ignora, pero mis informes dicen que van a convertirse en un problema real antes del invierno. Quiero que vayas con Ryker. Usa tu presencia... tu magia si hace falta, para neutralizarlos. Si resuelvo esto antes de que el Consejo intervenga, le demostraré a mi padre que soy el único heredero capaz. Es la última pieza que necesito.
Siempre había una última pieza.
Y aún así. La deuda que Lyra sentía por los meses de hospitalidad y libros la empujó a ceder, pero también la curiosidad de ver hasta dónde llegaba el tablero de Kael.
—¿Ryker viene?
—Ryker siempre viene —Kael sonrió, recuperando su encanto—. Eso no lo negocio.
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Le contó a Ryker esa misma tarde.
Fue directamente a él, que era diferente a antes también, cuando habría procesado sola antes de hablar con alguien. Le contó la conversación completa, sin omitir nada.
Ryker escuchó. Sus ojos en ella mientras hablaba, con esa atención que no pedía ni interrumpía.
Cuando terminó, él no dijo nada durante un momento.
—¿Quieres ir? —preguntó al fin.
—No exactamente. —Lyra lo miró—. Pero tampoco puedo quedarme aquí sin hacer nada mientras todo se mueve alrededor de mí.
—Lo que no sé es si lo que planea para esta misión es bueno o malo para ti.
—¿Y si es malo?
—Entonces lo manejamos. —La miró directamente—. Pero voy contigo de cualquier manera.
Lyra asintió.
—Lo sé.
—Ryker. —Lo miró con algo que era entre exasperación y afecto—. A estas alturas ya sé que vas a ir conmigo a cualquier lugar.
Algo cruzó su expresión.
—Bien. Mientras quede claro.
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Esa noche Elara encontró a Ryker en el balcón del ala este, justo donde la sombra de las gárgolas ocultaba cualquier movimiento de los guardias del patio inferior. El capitán estaba de espaldas, con las manos apoyadas en la piedra fría y la mirada fija en el Bosque de Vel.
—Esa mirada te va a costar la cabeza, hermano —soltó Elara, emergiendo de la oscuridad sin que sus faldas de seda hicieran el menor ruido. Había aprendido en Aldenmoor que el silencio es la mejor prenda de vestir.
Ryker no se tensó, pero el crujido del cuero de sus guantes al cerrar los puños lo delató.
—Estoy de guardia, Elara. Vete a dormir.
—Estás de guardia de un cadáver político, aunque todavía no lo sepas —replicó ella, colocándose a su lado. Su voz era directa, sin adornos para hablar como en la corte—. Kael ya ha decidido qué hacer con su «recurso» de cabello azul. Y Melinda Voss no se instala en el castillo para tomar el té. Está aquí para limpiar el tablero, y tú eres una pieza que no encaja en su diseño.
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Editado: 02.06.2026