El corazón de la bruja

Capítulo XVII: Versiones

Los aposentos del ala este eran la definición exacta de una jaula de oro.

La misma cama con dosel de seda, la misma ventana con vistas a los jardines secundarios que ahora odiaba, y el mismo armario gigante que podría haber albergado la mitad de su cabaña del bosque. Todo permanecía idéntico, con una sutil y violenta diferencia: había un guardia de la guardia real apostado fuera y el pomo de la puerta no giraba desde adentro.

Lyra lo había comprobado la primera noche, con los dientes apretados y el cristal del colgante completamente transparente y tan frío entre sus dedos que casi le congelaba la piel. No sentir nada. Cero emociones. Era el mecanismo de defensa que había perfeccionado en el bosque para evitar que su magia destructiva hiciera estallar las paredes del castillo.

Sentada en el banco junto a la ventana, Lyra forzó a su mente a trabajar con la metodología rígida de una sanadora. Catalogar para sobrevivir.

Lo que sabía era que Kael la había enviado a la trampa de Seldhar a sabiendas. La herida en el brazo de Melinda era parte de un montaje perfecto. El príncipe ahora tenía la espada resonante y Ryker enfrentaba una acusación de conspiración tan falsa como letal. Kael había movido las piezas exactamente como necesitaba para ganarse el favor de los nobles y asegurar su derecho al trono frente a los fantasmas de los hijos ilegítimos que su madre usaba para alimentarle la paranoia.

La traición de Kael tenía un dolor específico, diferente al rechazo temeroso de sus propios padres cuando era niña. Aquello había sido un abandono por miedo; esto era una demolición calculada por un hombre que le había dado momentos reales desde su encuentro en el bosque.

Cerró los ojos, apretando el colgante.

Él no me entregó, se repitió mil veces, como un mantra. Lo sabía con la misma certeza con la que recordaba las proporciones exactas para potenciar un brebaje sanador. Ryker Ashvane no la había vendido a la corona. Lo sabía en los huesos. El capitán que había puesto su propia vida en peligro varias veces por protegerla no era un traidor.

El problema era averiguar si seguía vivo.

___

Kael apareció a la mañana siguiente.

Entró con el paso ligero de la realeza que está acostumbrado a que el mundo se reorganice a su alrededor. Traía dos tazas de té humeante, un gesto que semanas atrás habría hecho que el collar de Lyra brillara con un azul tenue y cálido. Hoy, el cristal permaneció como un trozo de hielo incoloro.

Lyra lo observó desde el banco de la ventana. No hizo el menor ademán de levantarse.

—¿Cómo estás? —preguntó Kael, dejando una de las tazas cerca de ella.

—Encerrada.

—Es temporal, Lyra. —Kael se sentó en la silla de roble con una parsimonia ensayada—. Necesito que el ruido del Consejo y de los nobles se asiente antes de que pueda sacarte de aquí. Si actúo demasiado rápido, parecerá que el príncipe heredero protege a una culpable.

—Y si actúas demasiado lento, me ejecutarán siendo inocente.

—Lyra...

—No uses ese tono conmigo —lo cortó ella, sosteniéndole la mirada amarilla con una firmeza que hizo al príncipe parpadear—. Usas esa voz de cordero herido cuando quieres que olvide que eres el lobo.

Por menos de un segundo, la máscara de Kael se agrietó. Lyra vió al muchacho paranoico y presionado por su madre, al joven que entendía que el costo de ser práctico era mucho más amargo de lo que había calculado en sus planes. El afecto que sentía por ella estaba ahí, atrapado bajo capas de ambición política.

—¿Sabes qué es lo que más me molesta, Kael? —dijo Lyra, manteniendo una calma artificial mientras tomaba la taza solo para calentar sus dedos—. No que te aliaras con los Voss. Sabía que necesitabas a los nobles. Lo que me quema es que ese día por la tarde viniste a buscarme con esa capa del color del vino, me sonreíste y me dijiste que sería una buena noche. Y luego me mandaste al matadero en Seldhar. Las dos cosas al mismo tiempo.

Kael bajó la vista hacia su té, la mandíbula tensa.

—¿Eran verdad? —insistió Lyra con un hilo de voz—. Las horas en la biblioteca. Los manuscritos. Las conversaciones. Los paseos en los jardines. ¿O todo era un ensayo?

Kael se levantó lentamente de la silla.

—Eran verdad —respondió él, y por primera vez su voz no sonó como la de un príncipe, sino como la de un chico asustado—. Todo fue real.

Lyra no retrocedió cuando él se acercó. Tal vez porque una parte agotada de sí misma todavía reconocía demasiado bien aquella presencia. El olor tenue a cedro y vino especiado. La suavidad calculada con la que él siempre invadía su espacio como si tuviera derecho a estar ahí.

Los dedos de Kael rozaron su mandíbula con una delicadeza devastadora.

Comprobó que su toque ya no tenía el mismo efecto.

Ahora, el colgante permaneció frío.

—No quería perderte —murmuró él, apenas a unos centímetros de su boca, como si la confesión hubiese escapado antes de poder detenerla.

Lo peor fue que, por un instante, Lyra vio al muchacho de la biblioteca. Al joven que le llevaba té mientras discutían manuscritos antiguos y sonreía como si ella fuera algo raro y precioso en lugar de útil.

Pero entonces recordó las cadenas invisibles de la habitación. El guardia afuera. El cerrojo.

Recordó a Ryker.

—¿Y también eran convenientes para encontrar la espada y ganar reputación?—Lyra apartó el rostro lentamente, rompiendo el contacto.—Ya me perdiste, Kael.

Una pausa densa, eterna.

—Las dos cosas pueden coexistir, Lyra. El mundo real funciona así.

—El tuyo, tal vez. —Ella dejó la taza a un lado—. ¿Y Ryker?

El nombre del capitán actuó como un latigazo en los hombros de Kael. Sus ojos oscuros se volvieron fríos y distantes.

—El capitán Ashvane tomó sus propias decisiones. Sus lealtades estaban divididas desde hace tiempo, y un soldado con dudas es un peligro para la guardia real. No era confiable.




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