El corazón de la bruja

Capítulo XVIII: Escape

Ryker Ashvane había enfrentado situaciones imposibles antes.

Misiones fronterizas donde el margen de error era cero. Batallas campales donde el enemigo los superaba en diez a uno y la única diferencia entre respirar al día siguiente o ser alimento de los buitres era decidir un segundo antes que el adversario. En el campo de batalla aprendió que el miedo no era el problema; el problema era dejar que el miedo ocupara el espacio donde debía ir el pensamiento táctico.

Pero esto no era la frontera. Esto era una puñalada por la espalda en su propio hogar.

—Capitán Ashvane —dijo el guardia, y Ryker notó el temblor en su mano cuando apoyó los dedos en el pomo de la espada.

Era uno de sus propios hombres. Alguien a quien Ryker había entrenado. El muchacho recitaba los cargos con la formalidad rígida de quien ejecuta una orden que le revuelve el estómago, pero que tiene el sello del rey y, por lo tanto, no se cuestiona: conspiración contra la corona, obstrucción de la justicia real, lealtades divididas.

Traición. La palabra flotó en el aire del pasillo como un veneno.

Ryker no pestañeó. No ofreció resistencia física, pero dio un paso al frente, usando su imponente estatura para acorralar visualmente al guardia. Si lo encerraban en los calabozos subterráneos, Kael tendría el camino libre. Si lo encadenaban, Melinda destruiría a Lyra y nadie estaría allí para detenerlo.

No voy a dejarla sola. El pensamiento fue un golpe de adrenalina directo a sus venas.

—Conozco el protocolo de arresto de la primera orden mejor que tú, Tyron —dijo Ryker, su voz cayendo como una losa de piedra—. Según el código real, tengo derecho a diez minutos privados en el almacén de suministros para sellar el inventario de mi cargo antes de entregar la espada. ¿Vas a negarle el código a tu capitán?

El guardia dudó. El respeto y el miedo a la jerarquía de los Ashvane pesaron más que la orden de arresto.

—Diez minutos, Capitán —cedió el muchacho, dando un paso atrás—. Lo espero en la puerta del ala baja. No me haga arrepentirme de esto.

—No lo harás.

No necesitó diez minutos. Le bastaron cuatro.

Ryker escurrió el bulto por el corredor de servicio norte, un punto ciego que él mismo había mapeado en su primera semana como capitán. Un cruce maldito que ningún plano oficial registraba. Pero cuando dobló la esquina del almacén de suministros, no encontró cajas vacías.

Encontró a Elara.

Su hermana estaba apoyada contra la pared, sosteniendo una lámpara pequeña de aceite. No tenía la postura de la aristócrata perfecta que fingía ser en los salones; tenía la mirada afilada de una Ashvane que sabe que el barco se está hundiendo.

—Tienes menos de tres minutos antes de que Tyron se dé cuenta de que utilizaste el código real para tomarle el pelo —dijo ella, sin preámbulos. Le extendió un bulto pesado—. Ropa de civil, provisiones para tres días y tu espada personal. La de la familia, no la de la guardia.

Ryker tomó el bulto, asombrado a pesar de la urgencia. —¿Cómo sabías que vendrían por mí?

—Porque tengo ojos, hermano. Y porque llevo tres días esperando que Kael se volviera lo suficientemente paranoico como para limpiar el tablero. —Elara señaló con la barbilla una estantería de madera—. Detrás de la tercera fila hay un pasadizo que da al jardín exterior norte. Hay una grieta en el muro del ángulo noroeste. Salta hacia la arboleda y no mires atrás.

Ryker dejó caer la pesada capa de la guardia real al suelo, sintiendo que con ella se desprendían generaciones de honor familiar. Se puso la ropa de civil con la velocidad ciega de un soldado en campaña.

—Elara, te estás arriesgando demasiado. Si Kael se entera de que me ayudaste...

—Kael está demasiado ocupado saboreando su condenado compromiso como para fijarse en mí —lo interrumpió ella con una firmeza suave, idéntica a la de su hermano—. Lo hago porque eres mi hermano, porque el calabozo real es un camino de ida y... —Elara hizo una pausa, y su mirada se volvió más pesada—. Porque Lyra necesita que alguien quede libre afuera. Alguien que esté dispuesto a romper las reglas por ella.

El nombre de Lyra golpeó a Ryker en el centro del pecho.

—Melinda está bien instalada en el castillo —dijo Ryker, apretando los dientes mientras se ceñía el cinturón de la espada familiar—. Va a ir a por ella. Kael la usará y Melinda la destruirá.

—Melinda hará lo que le convenga a Melinda —replicó Elara con frialdad—. Esta noche les conviene fingir que Lyra es una invitada de honor. Mañana, quién sabe. No cuentes con su piedad. Sal del castillo, escóndete en el bosque y espera. Cuando sea el momento, regresa por ella.

—¿Cómo sabré cuándo volver?

Elara le presionó un objeto frío en la mano. Un silbato pequeño de metal, de los que usaban los exploradores en la frontera para dar señales de ataque.

—Espera al cambio de turno. Si en tres horas no escuchas la alarma general del castillo, es que logré cubrir tu huida. Ese será tu momento.

Ryker la miró fijamente durante un segundo. Luego la atrajo hacia sí y la abrazó. Fue un gesto brevísimo, torpe, el clásico abrazo de los Ashvane que odiaban demostrar que se les estaba partiendo el corazón. Pero Elara lo apretó con una fuerza desesperada, recordándole todo lo que estaba dejando atrás.

—Ve —susurró ella, con la voz a punto de quebrarse—. Sálvala.

Ryker no volvió a hablar. Se deslizó detrás de la estantería y se hundió en la oscuridad del pasadizo. El capitán de la guardia había muerto esa noche; ahora solo quedaba un hombre con una espada familiar y una sola promesa en la mente: regresar a por la sanadora del cabello azul, aunque tuviera que prenderle fuego al reino entero para sacarla de allí.

____________

La arboleda al norte del muro no era un refugio; era una cárcel de sombras y barro que olía a tierra húmeda y a traición. Ryker Ashvane estaba acostumbrado a esperar en el campo de batalla, pero esta noche la paciencia se le resbalaba entre los dedos como sangre.




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