Allí lo encontró.
Pero no era a Lyra a quien vio.
Ryker Ashvane estaba de pie en mitad de la plaza de piedra, con la espada de su familia desenvainada. Ya no era el capitán impecable; tenía la postura de un hombre que acababa de quemar todos sus puentes y estaba disfrutando del incendio.
Se miraron en silencio. El aire entre ellos olía a ozono y a una traición largamente cocinada. Kael desenvainó la Espada Resonante, y la hoja oscura soltó un pulso de luz rítmica, respondiendo a la sangre real y a la furia paranoica que le recorría las venas.
—Ya sé lo que puede hacer esa maldita cosa —dijo Ryker, levantando su propio acero con una calma que a Kael le resultó insultante.
—Entonces sabes que este es el final de tu linaje, capitán —replicó Kael. Su voz recuperó esa superficie plana y estratégica, pero sus ojos estaban inyectados en sangre.
Kael lo observó un segundo más. Ya no veía al caballero rebelde. Veía al hombre que había hecho lo que él nunca se atrevió, elegir a Lyra por encima del sistema. Y eso, para el príncipe que lo había sacrificado todo por una corona, era la bofetada final.
—Ella ya no está, Ryker —dijo Kael, intentando recuperar el control del tablero. Su voz era esa que Lyra había aprendido a odiar—. Melinda la liberó. Ya no hay nada que ganar aquí. Vete antes de que llame a la guardia completa.
—¿Dónde está? —rugió Ryker, ignorando la amenaza.
—Lejos —soltó Kael con la neutralidad de un dato muerto—. Melinda la sacó del castillo por razones que a ti no te incumben.
Ryker procesó la información con la velocidad del campo de batalla. Miró la Espada Resonante, luego los ojos oscuros de Kael, y una sonrisa fría y peligrosa curvó sus labios. —Bien —sentenció Ryker—. Entonces ya no tengo que preocuparme por no manchar el jardín. Esta noche, Alteza, vas a pagar por cada vez que la trataste como una maldita herramienta.
Kael no respondió. Atacó.
La Espada Resonante barrió el aire con un silbido magnético. Ryker bloqueó el golpe, pero el impacto de la energía mágica lo lanzó un metro hacia atrás, obligándolo a hincar una rodilla en el suelo.
—No eres más que un segundo hijo, Ryker —siseó Kael, empujando el pomo de la espada hacia abajo, manteniéndolo de rodillas—. Un capitán reemplazable. Ella es mi pase de salida de la sombra de mi padre. No te la vas a llevar.
La fuerza del arma mágica era injusta frente al acero común.
Ryker escupió sangre, pero no apartó la mirada. Su lealtad a la corona se había podrido semanas atrás; ahora solo le importaba la chica de los ojos amarillos.
—Ya no soy tu capitán, Kael —respondió Ryker, devolviendo el empuje con todas sus fuerzas, zafando hacia atrás con una maniobra.
—Ríndete —instó Kael, jadeando, con la paranoia de perderlo todo brillando en sus ojos marrones—. No puedes vencer a la leyenda.
—Esto no es por ganar —rugió Ryker, y el sonido fue un choque de acero y furia contenida—. Esto es por cada vez que la enviaste al peligro sabiendo lo que podía pasar. Por el hombro en Aelveth. Por el miedo en Vel'Mur. Por intentar manipularla y retenerla.
Se lanzó de nuevo. El duelo fue una danza de sombras y chispas. Ryker era el mejor caballero del reino, y se notaba en la precisión de sus estocadas, buscando los puntos débiles de un príncipe que solo dependía de su arma. Pero cada vez que sus hojas chocaban, la Resonante drenaba la vitalidad de Ryker.
El estruendo del acero contra la magia resonó en las paredes del patio como un trueno despertando al castillo entero. Al segundo impacto, las luces empezaron a encenderse en las torres altas.
______
Había escuchado el ruido desde el camino.
El sonido lejano de un trueno, y algo que el cristal del colgante había registrado antes que sus oídos. Una señal que había aprendido a asociar con la espada resonante activa.
Había girado.
Había corrido.
El jardín interior este olía a tierra mojada y a un ozono metálico que Lyra reconoció antes de cruzar el umbral. En su pecho, el cristal de su cuello vibraba con un azul eléctrico y violento, enviando punzadas de calor que le quemaban la piel. Sus emociones empezaban a desbordarse.
Al entrar, la imagen la congeló.
Kael y Ryker estaban en el centro de la plaza de piedra. Kael empuñaba la Espada Resonante, cuya hoja oscura pulsaba con una luz rítmica de la sangre real. Ryker, frente a él, sostenía su espada de familia con los nudillos blancos. Su capa de civil estaba rasgada, lucía debilitado, y el sudor le pegaba el cabello rubio a la frente.
Se detuvo.
Se escucharon gritos de alerta y el eco metálico de docenas de botas corriendo por los corredores de piedra.
En la entrada interior del jardín este, Elara Ashvane se interpuso en el camino del sargento de guardia, con la espalda recta y una frialdad que helaba la sangre.—El príncipe está terminando un asunto de estado —sentenció ella, sin que le temblara la voz—. El que cruce ese umbral sin su permiso será acusado de interrumpir una orden directa de la corona. ¡Esperen aquí!
El suelo estaba frío, pero el aire del jardín quemaba.
El acero de nuevo chocó contra la hoja oscura de la espada resonante y el impacto vibró directamente en los huesos de Ryker. La fuerza viva empujaba a Ryker hacia atrás, consumiendo su energía con cada bloqueo.
Ryker lanzó una estocada baja. Kael la paró, pero el contraataque del príncipe fue cegador.
Ocurrió en un parpadeo.
La hoja oscura rasgó el antebrazo derecho de Ryker haciendo un tajo ascendente que el no pudo esquivar del todo. El dolor ardió como fuego líquido. Ryker trastabilló. La sangre saltó, caliente y roja, directamente sobre el metal oscuro de la espada mágica.
Y el jardín enmudeció.
El metal oscuro absorbió la sangre. La espada emitió un pulso violento, un latido sónico que sacudió los cimientos del castillo, acompañado de una luz tan blanca y cegadora que Lyra tuvo que cubrirse los ojos. El arma ya no respondía a Kael; se inclinaba, hambrienta, hacia Ryker.
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Editado: 02.06.2026