Elara apareció entre las sombras de los robles apenas unos minutos después de que Lyra y Ryker cruzaran el límite del muro. Venía jadeando, con la capa enganchada en una rama y la mirada clavada en la silueta de su hermano. Había abandonado su posición en el arco del jardín en cuanto vio a Kael retener a su guardia; sabía que la tregua del príncipe duraría lo que tardara en enfriarse el aire.
—Por aquí —siseó Elara, señalando un sendero cubierto de maleza—. Los caballos están a doscientos metros, en la quebrada trasera.
Ryker intentó asentir, pero un espasmo de dolor le recorrió el costado y tuvo que apoyarse en el tronco de un árbol. Tenía heridas en su cuerpo producto de los choques de la espada mágica con su acero, aparte del gran corte en el brazo. La sangre empapaba la tela de su ropa, brillando bajo la luz de la luna.
—Ryker —Lyra se acercó a él de inmediato. En su pecho, el cristal del colgante emitía un azul tenue y errático, reflejando su agotamiento físico absoluto tras la fusión con la espada—. Tienes que sentarte. Ahora.
—No hay tiempo —gruñó Ryker, aunque su voz sonaba pastosa—. La guardia...
—La guardia no se va a mover hasta que Kael termine de inventar una mentira que salve su orgullo —le cortó Elara, ayudando a Lyra a bajarlo hacia las raíces del roble más grueso—. Pero en cuanto amanezca, serán los fugitivos más buscados de Vaeldris. Así que cállate y deja que la sanadora haga su trabajo.
Ryker se desplomó contra la madera, con los nudillos blancos apretando la empuñadura de la Espada Resonante, que ahora descansaba inerte a su lado. Elara sostuvo la lámpara pequeña, cubriendo la mayor parte de la luz con su capa para no atraer miradas indeseadas desde las torres.
—Esto va a doler —advirtió Lyra, rasgando la tela de la camisa de Ryker con dedos expertos pero temblorosos.
—Ya duele —respondió él, apretando los dientes.
—Más.
—Lo s...
—Como digas que lo sabes, te doy el golpe yo misma —soltó Elara desde arriba, con esa brusquedad que era su única forma de ocultar que tenía el corazón en la garganta—. Es irritante, Ryker. Deja de ser un mártir por cinco minutos.
Ryker la miró. Bajo la luz naranja de la lámpara, hubo un segundo de conexión pura entre los hermanos, la comprensión de que todo lo que conocía —su linaje, su honor, su hogar— se había quedado atrás, en ese patio manchado de sangre.
Lyra trabajó con una concentración feroz. Sus manos, que esa noche habían manejado una magia legendaria, ahora se movían con la delicadeza de la medicina herbal. La herida del brazo era profunda, un recordatorio del filo de Kael, pero la sangre empezaba a ceder ante el brebaje de caléndula que Lyra aplicó. El collar de Lyra soltó un pulso ámbar, breve y cálido, cuando sus dedos rozaron la piel de Ryker para ajustar el vendaje.
—Necesitas descansar —murmuró Ryker, viendo la palidez en el rostro de Lyra.
—Necesitamos movernos —replicó ella, poniéndose de pie con un esfuerzo visible en los hombros.
Elara apagó la lámpara, sumiéndolos de nuevo en la penumbra protectora del bosque.
—La casa de campo de los Voss está a tres días al norte, siguiendo el cauce del río —dijo la estratega, entregándoles la bolsa de provisiones—. Si montan ahora, llegarán antes de que el primer explorador de Kael les pueda seguir la pista.
Lyra frunció el ceño. —¿Cómo sabes lo de la casa de campo?
—Porque Melinda es una jugadora excepcional —respondió Elara con una sonrisa fría—. Cuando salió de tus aposentos esta noche, se aseguró de "pensar en voz alta" en el pasillo, justo cuando yo pasaba. Sabía que yo te sacaría de aquí, Lyra. Melinda realmente quería tu ausencia. Y nos dio el mapa para asegurarla.
—Es muy buena en lo que hace —admitió Lyra, recordando la mirada de Melinda en la habitación.
—Lo es —asintió Elara—. Pero ahora el tablero es nuestro.
Ryker se puso de pie, usando el tronco como apoyo. Evaluó su cuerpo con la frialdad de un soldado catalogando una herramienta dañada, pero cuando sus ojos encontraron los de Lyra, su expresión se suavizó de una manera que hizo que el collar de ella brillara con un ámbar dorado y constante.
—Voy a asegurar el sendero —dijo Lyra, entendiendo que los hermanos Ashvane necesitaban un segundo de verdad antes de la huida definitiva.
Se alejó unos metros, hacia donde el Bosque de Vel empezaba a susurrarles su bienvenida. Los dos hermanos se quedaron solos bajo la sombra del roble.
_____
Ryker miró a Elara y, por primera vez, no vio a la niña ruidosa que lo perseguía por los campos de entrenamiento. Vio a una mujer que acababa de decidir cargar sola con el peso de una traición familiar. El aire de la arboleda olía a tierra húmeda y a un final definitivo.
—Puedes volver —dijo Elara. Su voz era un susurro que el viento de la madrugada casi se lleva—. Kael es un paranoico, pero no es estúpido. Si vuelves ahora y entregas la espada, inventará una excusa para la guardia. Podrías salvar tu cuello.
—No voy a volver, Elara —respondió Ryker. Lo dijo con la calma de quien ya ha saltado al abismo y solo espera el impacto—. Ya no hay lugar para mí en ese tablero.
Elara apretó los puños, y en sus ojos celestes brilló una vulnerabilidad que Ryker nunca le había visto.
—Papá se va a volver loco. Aldenmoor le enseñó muchas cosas a la familia, pero no a perdonar a un desertor.
—Lo sé.
—Aldren dirá que manchaste el escudo.
—Lo sé.
—El apellido Ashvane...
—Elara —Ryker dio un paso, rompiendo la distancia de seguridad—. Lo sé todo. He tenido cada una de esas consecuencias quemándome la nuca desde que entramos en la Torre de Valdris. —La miró con una fijeza que la obligó a guardar silencio—. Y sigo aquí.
Elara se mordió el labio, conteniendo una rabia que no era odio, sino miedo. —Eres un idiota, Ryker. Un idiota completo que deja su honor de ocho generaciones por una chica que conoces desde hace meses.
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Editado: 02.06.2026