El Corazón de la Hechicera y el Dragón

Prólogo: La Maldición del Príncipe Dragón

La noche en que el cielo se rompió, los dragones rugieron por última vez.

Las llamas consumían las torres de Arkanor mientras una lluvia de cenizas descendía sobre el reino. El aire olía a humo, sangre y magia antigua. Desde los balcones del castillo, los nobles observaban el caos con terror, incapaces de comprender cómo una guerra que había durado siglos llegaba a su fin en una sola noche.

O al menos eso creían.

En la cima de la Torre Celestial, un joven de cabello oscuro permanecía de pie frente a una mujer envuelta en una capa de plata. El viento agitaba sus ropas mientras relámpagos violetas cruzaban el firmamento.

El príncipe Aiden Valerius, heredero del Reino de los Dragones, sostenía una espada manchada de sangre. Tenía el rostro cubierto de heridas, pero sus ojos conservaban la misma determinación que había guiado a su pueblo durante la guerra.

Frente a él, la Gran Hechicera Lyssandra levantó su báculo.

—Ya no queda tiempo —dijo con voz grave—. Las Sombras han despertado.

Un estruendo sacudió la torre.

A lo lejos, una grieta negra se abría en el cielo como una herida imposible. De ella emergían criaturas deformes, seres nacidos de una oscuridad tan antigua que incluso los dragones temían pronunciar su nombre.

Aiden apretó los dientes.

—Entonces lucharé.

—No puedes vencerlas.

—Alguien debe intentarlo.

Los ojos de la hechicera se llenaron de tristeza.

—Precisamente por eso te elegí.

El príncipe no entendió aquellas palabras hasta que vio los símbolos de magia aparecer alrededor de la torre.

Runas antiguas.

Runas prohibidas.

El suelo comenzó a brillar bajo sus pies.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó.

Lyssandra respiró profundamente.

—Salvando el futuro.

El viento se volvió feroz.

La magia estalló.

Miles de luces doradas giraron alrededor del príncipe mientras una fuerza invisible lo elevaba del suelo.

Aiden intentó moverse, pero no pudo.

—¡Detente!

—Escúchame con atención —ordenó la hechicera—. Esta guerra está perdida. El enemigo no puede ser derrotado hoy.

—¡Entonces encontraremos otra manera!

—La encontraremos.

Por primera vez, la voz de Lyssandra tembló.

—Pero no serás tú quien la encuentre.

Las runas comenzaron a girar más rápido.

—¿Qué significa eso?

—Que el destino del mundo ya no pertenece a esta era.

El corazón de Aiden se aceleró.

Entonces comprendió.

La hechicera no intentaba protegerlo.

Intentaba sacrificarlo.

—¡Lyssandra!

Una lágrima descendió por la mejilla de la mujer.

—Perdóname.

La torre explotó en una tormenta de luz.

El grito del príncipe quedó ahogado por el rugido de la magia.

Sus huesos se quebraron.

Su piel ardió.

Su cuerpo cambió.

Las alas surgieron de su espalda.

Escamas negras cubrieron cada centímetro de su piel.

Un rugido monstruoso sacudió los cielos.

Donde antes había un hombre, ahora existía un dragón.

El último dragón.

Aiden intentó resistirse, pero la transformación continuó.

Su conciencia comenzó a desvanecerse.

—Escúchame —dijo Lyssandra mientras la luz envolvía a la criatura—. Dentro de muchos años nacerá una joven capaz de romper esta maldición.

El dragón la observó.

—Cuando ella llegue...

La oscuridad avanzaba hacia la torre.

Los monstruos se acercaban.

El tiempo se agotaba.

—... deberás protegerla.

Las lágrimas de la hechicera brillaron bajo la tormenta.

—Porque solo ella podrá salvar este mundo.

La magia alcanzó su punto máximo.

Entonces el dragón desapareció.

Y con él, toda huella de los antiguos reinos.

La guerra terminó aquella misma noche.

Los dragones fueron declarados extintos.

La magia fue prohibida.

Y la historia del príncipe Aiden Valerius quedó reducida a una simple leyenda.

Una leyenda destinada a permanecer dormida durante siglos.

Hasta que una joven hechicera encontrara un misterioso huevo de plata oculto entre las ruinas de un templo olvidado.

Y despertara aquello que jamás debió volver a existir.



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Editado: 19.06.2026

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