El Corazón de la Hechicera y el Dragón

Capítulo 1: La Hechicera Oculta

El bosque de Elderglen despertaba lentamente bajo la luz dorada del amanecer.

La niebla se deslizaba entre los árboles centenarios como un río de plata, cubriendo el suelo de musgo y raíces retorcidas. Los pájaros comenzaban sus cantos matutinos y el viento agitaba las hojas con suavidad, como si susurrara antiguos secretos que solo el bosque era capaz de comprender.

Elara conocía cada sendero de aquel lugar.

Había crecido entre aquellos árboles.

Había aprendido a correr sobre las raíces sin tropezar y a distinguir el canto de cada ave.

Pero, sobre todo, había aprendido a ocultarse.

Se arrodilló junto a un pequeño arroyo cristalino y llenó una cesta con las hierbas medicinales que su abuela le había pedido recoger.

—Lavanda silvestre, raíz de luna y flores de sol... —murmuró mientras revisaba el contenido de la cesta—. Creo que eso es todo.

Se levantó y acomodó un mechón de cabello oscuro detrás de la oreja.

A simple vista parecía una muchacha común.

Tenía diecinueve años, ojos verdes y una belleza sencilla que pasaba desapercibida entre los habitantes del pequeño pueblo de Ravenwood.

Sin embargo, no era una muchacha común.

Y aquel era precisamente el problema.

Un leve cosquilleo recorrió la palma de su mano.

Elara suspiró.

Otra vez.

Miró a ambos lados para asegurarse de que nadie la observaba.

Cuando comprobó que estaba sola, abrió lentamente los dedos.

Una pequeña esfera de luz azul apareció sobre su piel.

Flotó unos centímetros en el aire.

Brillante.

Hermosa.

Peligrosa.

La joven observó el diminuto hechizo con una mezcla de fascinación y temor.

Nunca se cansaba de verlo.

Era magia.

Magia auténtica.

Algo que no debería existir.

Algo por lo que podían ejecutarla.

—Desaparece —susurró.

La esfera se extinguió inmediatamente.

Elara cerró la mano con fuerza.

La prohibición de la magia llevaba más de trescientos años vigente en todos los reinos conocidos.

Los libros antiguos habían sido quemados.

Los hechiceros perseguidos.

Los niños nacidos con poderes eran entregados a la Corona.

Nadie sabía exactamente qué ocurría después.

Solo que jamás regresaban.

Por eso guardaba su secreto.

Por eso vivía fingiendo ser una simple aldeana.

Y por eso jamás debía perder el control.

Un crujido entre los arbustos la hizo girar sobresaltada.

—¡Elara!

Reconoció aquella voz al instante.

—Por todos los cielos, Tomas, ¿quieres dejar de aparecer así?

Un joven rubio salió de entre los árboles con una sonrisa divertida.

—Algún día te dará un ataque.

—Algún día te golpearé con una rama.

—Eso también.

Tomas era su mejor amigo desde la infancia.

Alto, amable y tremendamente curioso.

Demasiado curioso para su tranquilidad.

—Tu abuela te está buscando —dijo él.

—¿Ya?

—Dice que llevas toda la mañana aquí.

—Porque llevo toda la mañana trabajando.

—Yo diría que llevas toda la mañana hablando con plantas.

Elara rodó los ojos.

—Las plantas no hablan.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que habla con plantas.

Ella soltó una pequeña carcajada.

Agradecía aquellos momentos.

Momentos normales.

Momentos en los que podía fingir que no tenía nada que esconder.

Comenzaron a caminar de regreso al pueblo.

Ravenwood era una aldea pequeña situada en los límites del reino.

La mayoría de sus habitantes eran agricultores, cazadores o comerciantes.

Las casas de piedra y madera se distribuían alrededor de una plaza central donde los niños jugaban y los ancianos intercambiaban historias.

Era un lugar tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Y precisamente por eso Elara lo amaba.

Cuando atravesaron la plaza, algunas personas los saludaron.

La joven respondió con una sonrisa.

Todo parecía normal.

Hasta que escuchó las campanas.

Una.

Dos.

Tres veces.

Elara se detuvo.

Aquellas campanas no anunciaban celebraciones.

Anunciaban problemas.

Los aldeanos comenzaron a reunirse en la plaza.

El murmullo creció rápidamente.

Tomas frunció el ceño.

—¿Qué sucede?

Entonces los vieron.

Jinetes.

Una docena de ellos avanzaba por el camino principal.

Vestían armaduras negras adornadas con el símbolo del Reino de Aeris.

Un sol atravesado por una espada.

Los soldados reales.

El corazón de Elara se aceleró.

Instintivamente dio un paso atrás.

Los soldados rara vez visitaban Ravenwood.

Y cuando lo hacían, nunca traían buenas noticias.

El capitán desmontó de su caballo.

Era un hombre de rostro severo y cabello gris.

Observó a los aldeanos como si estuviera evaluando mercancía.

—Por orden de Su Majestad —anunció con voz firme—, realizaremos una inspección en la región.

El silencio cayó sobre la plaza.

—Hemos recibido informes sobre actividades sospechosas relacionadas con magia prohibida.

Elara sintió que el mundo se detenía.

Magia.

La palabra resonó en su mente como un trueno.

Nadie pareció notarlo.

Pero ella sí.

Porque conocía la verdad.

Porque llevaba años escondiéndola.

Y porque sabía exactamente lo que ocurría cuando los soldados buscaban magos.

Tomas la observó.

—¿Estás bien?

—Sí.

Era mentira.

El capitán continuó hablando.

—Cualquier ciudadano que posea información deberá comunicarla inmediatamente.

La ocultación de magia será considerada traición a la Corona.

Un murmullo nervioso recorrió la multitud.

Finalmente los soldados comenzaron a dispersarse por la aldea.

Elara sintió un escalofrío.

Algo no estaba bien.

Muy dentro de ella, una voz insistía en que aquello no era una simple inspección.



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Editado: 19.06.2026

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