El silencio desapareció.
Una vibración recorrió la cámara subterránea, haciendo temblar el suelo bajo los pies de Elara. El resplandor que envolvía el enorme huevo plateado se volvió más intenso, hasta obligarla a cubrirse los ojos con el brazo.
Las grietas seguían extendiéndose.
Una.
Dos.
Tres.
Cada una dibujaba líneas luminosas sobre la superficie lisa de la cáscara, como si un río de luz corriera por su interior.
El corazón de la joven latía con fuerza.
Sabía que debía marcharse.
Todo en aquel lugar desafiaba la lógica.
Aquello no era un simple huevo.
Era magia antigua.
La misma magia que había desaparecido siglos atrás.
Sin embargo, sus piernas se negaban a obedecer.
Una fuerza invisible parecía mantenerla allí.
Como si el destino hubiera esperado demasiado tiempo para permitirle escapar.
Un sonido seco quebró el silencio.
Crack.
Un pequeño fragmento de la cáscara cayó sobre el pedestal.
Después otro.
Y otro más.
Elara dio un paso hacia atrás.
Respiró hondo.
—¿Qué eres...? —susurró.
Como respuesta, el huevo emitió un brillo tan intenso que la cámara quedó completamente iluminada.
Entonces ocurrió.
La parte superior de la cáscara comenzó a desprenderse lentamente.
Un pequeño hocico cubierto de diminutas escamas negras apareció entre los restos del cascarón.
Elara contuvo el aliento.
No podía creer lo que estaba viendo.
Dos ojos enormes, de un color dorado imposible, se abrieron lentamente.
No había agresividad en ellos.
Solo curiosidad.
La pequeña criatura parpadeó varias veces, como si la luz del mundo le resultara desconocida.
Luego levantó la cabeza.
Sus pupilas se encontraron con las de Elara.
Durante un instante el tiempo pareció detenerse.
La joven sintió un calor recorrer todo su cuerpo.
No era un calor físico.
Era una sensación que nacía en el pecho y se extendía hasta la punta de los dedos.
Una energía antigua.
Familiar.
Como si acabara de reencontrarse con alguien a quien había conocido toda la vida.
El pequeño dragón inclinó la cabeza.
La observó durante unos segundos.
Y emitió un sonido suave, parecido al ronroneo de un gato.
Elara soltó el aire que llevaba conteniendo.
—Eres... un dragón...
Las historias eran ciertas.
No estaban extinguidos.
Al menos uno había sobrevivido.
La criatura terminó de romper la cáscara y salió tambaleándose.
No medía más de medio metro.
Sus alas eran demasiado pequeñas para volar y aún permanecían plegadas contra el cuerpo.
Las escamas negras brillaban con reflejos azulados bajo la luz de la cámara.
Era, sin duda, la criatura más hermosa que Elara había visto jamás.
El pequeño dio un par de pasos inseguros.
Resbaló.
Volvió a levantarse.
Y caminó directamente hacia ella.
—Espera...
La joven retrocedió instintivamente.
Pero el dragón continuó avanzando.
Cuando llegó frente a ella, levantó la cabeza y apoyó el hocico sobre la palma de su mano.
En ese preciso instante, una intensa luz azul envolvió a ambos.
Elara sintió un dolor agudo en la mano derecha.
Ahogó un grito.
Retrocedió.
El dragón también dio un pequeño salto hacia atrás.
La luz desapareció tan rápido como había surgido.
Confundida, observó su mano.
Sobre la piel había aparecido una marca.
Un símbolo circular formado por delicadas líneas plateadas.
En su centro destacaba la silueta de un dragón con las alas abiertas.
La marca parecía estar viva.
Brilló una vez.
Después se apagó lentamente.
Elara levantó la vista hacia la pequeña criatura.
Ésta observaba exactamente la misma marca... pero grabada sobre una de sus patas delanteras.
Las dos eran idénticas.
—¿Qué significa esto?
El dragón respondió acercándose nuevamente.
Esta vez rozó su pierna con la cabeza.
Como si buscara protección.
Como si acabara de encontrar su hogar.
Elara sonrió sin darse cuenta.
A pesar del miedo.
A pesar de todas las preguntas.
Algo dentro de ella le decía que aquella criatura jamás le haría daño.
Se arrodilló lentamente.
—Hola...
El dragón volvió a emitir aquel curioso sonido.
Después bostezó.
Y, para sorpresa de la joven, comenzó a trepar por su vestido con una torpeza adorable.
—¡Eh! ¡Cuidado!
La criatura ignoró la protesta.
Continuó escalando hasta acomodarse entre sus brazos.
Allí dio un par de vueltas sobre sí mismo.
Cerró los ojos.
Y se quedó profundamente dormido.
Elara no pudo evitar reír en voz baja.
—Supongo que todo ese esfuerzo te dejó agotado.
Mientras observaba al pequeño dragón, una sensación de paz invadió la cámara.
Por un instante olvidó a los soldados.
Olvidó la persecución.
Incluso olvidó el dolor de haber dejado atrás a su abuela.
Solo existían ella... y aquella diminuta vida que descansaba confiada entre sus brazos.
Pero la tranquilidad duró muy poco.
Desde el exterior llegaron ecos apagados.
Voces.
Varias voces.
Y el inconfundible sonido del metal chocando contra las piedras.
Elara levantó la cabeza de golpe.
No estaba sola.
Alguien más había llegado a las ruinas.
Sintió un nudo en el estómago.
Los soldados.
Los habían seguido.
Apretó al pequeño dragón contra su pecho mientras buscaba desesperadamente un lugar donde esconderse.
En ese momento, el dragón abrió nuevamente los ojos.
Miró fijamente una de las paredes de la cámara.
Sin previo aviso, una serie de antiguos símbolos comenzaron a iluminarse sobre la roca.
Un profundo estruendo sacudió el templo.