Castillos.
Dragones surcando el cielo junto a hombres y mujeres.
—Hace quinientos años, humanos y dragones protegían juntos este mundo.
La imagen cambió.
El cielo se oscureció.
Una grieta negra atravesó el firmamento.
Monstruos surgieron de ella.
Fuego.
Destrucción.
Guerra.
Elara reconoció aquella escena.
Era la misma que había visto en sueños desde que era niña.
La misma del prólogo que el lector ya conocía.
—Para evitar la extinción de ambos pueblos, el último príncipe dragón fue ocultado dentro de un huevo encantado.
Elara miró a la pequeña criatura.
—¿Él...?
—Sí.
—Pero solo es un cachorro.
La guardiana bajó la mirada.
—Por ahora.
Un silencio se instaló entre ambas.
—¿Qué quieres decir?
—No permanecerá así para siempre.
—¿Va a crecer?
—Mucho más que eso.
La figura parecía buscar las palabras adecuadas.
Finalmente habló.
—Ese dragón no es un animal cualquiera.
Es un alma antigua.
Una destinada a despertar cuando apareciera la única persona capaz de romper la maldición que pesa sobre él.
Elara sintió un nudo en el estómago.
—¿La única persona?
La guardiana la observó fijamente.
—Tú.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, toda la sala comenzó a temblar.
Las luces se apagaron de golpe.
El pequeño dragón levantó la cabeza y emitió un rugido sorprendentemente potente para su tamaño.
Un rugido que hizo vibrar las paredes.
Desde el exterior llegó un sonido escalofriante.
El muro que ocultaba el santuario estaba siendo derribado.
Los soldados habían encontrado la entrada.
Y esta vez, no venían solos.