El Corazón De La Sirena

Cap. 1 La última hija del mar.

El océano murió gritando.
No fue en un solo día… ni en una sola batalla. Fue una agonía lenta, brutal, que se extendió por mil años. Cinco reinos, cinco coronas, cinco ejércitos que alguna vez gobernaron las profundidades, se alzaron unos contra otros hasta que no quedó nada.

Ni tronos.
Ni ciudades.
Ni vida.
Solo silencio.

Mi nombre es Elira Miriel… y soy la única que quedó para recordarlo. Aún puedo ver el fuego bajo el agua, sentir la sangre mezclándose con la sal, escuchar los cantos de guerra convertidos en lamentos. Yo era apenas una niña cuando todo terminó… demasiado pequeña para entender la guerra, pero lo suficientemente grande para perderlo todo.
Mi madre no lloró cuando me llevó lejos del océano.

La Reina Lena, heredera de la antigua corona del reino de Nethiren, caminó conmigo durante días, cruzando tierras prohibidas hasta llegar al bosque Vaelmyr, en el reino de Valkeryon. Un lugar que jamás debió tocarnos… un mundo que no nos pertenecía.

El océano ya no era seguro y yo… era lo último que quedaba de él. Recuerdo el momento exacto en que llegamos a la fosa.

Era profunda, oculta entre raíces antiguas y magia antigua. Un refugio sellado, protegido por hechizos que ni siquiera los humanos conocían. Allí, según ella, estaría a salvo.
Pero a salvo… no significaba no estar sola.

—Mamá… no quiero estar sola aquí —mi voz temblaba, pequeña, rota—. No me dejes, por favor…

Ella se arrodilló frente a mí.
Por primera vez, vi algo quebrarse en su mirada.
—Miriel, escúchame bien —dijo, sosteniendo mi rostro entre sus manos—. Tú eres la princesa del reino de Nethiren… la única heredera… y posiblemente la única sobreviviente.

Negué con la cabeza, aferrándome a ella.
—No… no…

—Recuerda siempre quién eres —continuó, firme, aunque su voz se quebraba—. Debes permanecer oculta por un tiempo. No salgas de la fosa. Este bosque será tu refugio… está lleno de criaturas mágicas. Ningún humano entrará aquí. Estás protegida.

Sus palabras eran fuertes… pero sus manos temblaban.

—Y sobre todo, Miriel —susurró, apoyando su frente contra la mía—, siempre… pero siempre recuerda el poder de tu corazón.

Sentí su calor por última vez.
—Te amo, hija. Debo volver.

—¡No, madre, por favor! —grité, aferrándome a ella con todas mis fuerzas—. ¡No te vayas!

Hubo un instante de silencio.
Un instante donde el mundo pudo haber cambiado.
Pero no lo hizo.

—Miriel —dijo ella, separándose.
Me obligué a recomponerme, aunque mi pecho ardía como si se estuviera rompiendo desde dentro.

—S… sí, mi reina…

Ella sonrió.
No como una reina.
Como una madre.

—Te amo, hija.
Y entonces se fue.

El bosque se cerró tras ella y con su partida… el mundo quedó en silencio.

Yo esperé.
Un día.
Dos.
Una eternidad.
Pero nunca regresó y así fue como entendí la verdad que nadie me dijo: yo no estaba escondida, yo había sido dejada atrás.

El bosque no me devoró.
No como creí aquella primera noche, temblando en la fosa, esperando que algo —lo que fuera— viniera por mí, pero nada vino o al menos… nada que quisiera hacerme daño.

Con el tiempo entendí que las criaturas de Vaelmyr no eran monstruos, eran sobrevivientes, como yo. Al principio, solo las veía desde la distancia: ojos brillando entre la oscuridad, sombras que se movían entre las raíces, susurros que el viento traía y se llevaba.

Pensé que me vigilaban, después comprendí la verdad, no me vigilaban, me temían y aunque yo no era completamente una de ellos… tampoco era como ellos.

Algo tenía claro, yo le temia a los humanos, había escuchado historias, historias de cómo los humanos arrasaban bosques enteros, cazaban por placer, destruían todo lo que no entendían. Criaturas mágicas convertidas en trofeos… en cenizas… en nada.

El océano no había sido el único mundo en guerra...

Con el tiempo conocí a los habitantes del bosque, que se fueron convirtiendo en amigos. Fue Sherkan quien se acercó primero.

No tenía una forma fija. A veces era un lobo de ojos plateados, otras una figura humana de mirada salvaje. Un cambiaformas. Libre… pero marcado por algo que nunca me contó del todo.

No habló al inicio, solo se sentó a una distancia prudente, observándome.
Día tras día.

Hasta que dejó de parecer un extraño… y empezó a sentirse como un hogar.
—No deberías estar sola —me dijo una vez, con voz grave.

—No lo estoy —respondí, alzando la barbilla—. Soy la princesa de Nethiren.

Él sonrió… apenas.
—Entonces aprende a sobrevivir como tal.

Lucilel llegó después.
Un destello de luz entre las hojas. Pequeña, etérea… pero con un poder que hacía vibrar el aire mismo. Era el hada guardiana de Vaelmyr. No protegía el bosque, protegía a quienes se escondían en él.

—Este lugar no es una prisión, niña del océano —me dijo, revoloteando a mi alrededor—. Es un refugio.

Y así lo entendí.
Vaelmyr no era un simple bosque.
Era un santuario.
Para los olvidados.
Para los perseguidos.
Para los que el mundo ya había condenado.
Y yo… era una de ellos.

Fui criada como heredera de un reino. Como guerrera del océano. Sabía nadar antes de caminar, luchar antes de hablar… pero la tierra firme era otro mundo.

El suelo era inestable, pesado, ajeno. Caía, una y otra vez, pero Sherkan no me dejaba rendirme.

—Otra vez —ordenaba y yo me levantaba.

Lucilel afinaba mis sentidos, me enseñaba a escuchar la magia, a sentirla bajo mis pies, en el aire, en mi propia sangre.

Aprendí a caminar.
A correr.
A cazar.
A pelear… como una guerrera que ya no pertenecía al mar.

Entrené dentro de la fosa y fuera de ella.

Día tras día, año tras año.

El dolor se volvió rutina.
La soledad, disciplina.
La memoria… un arma.
Hasta que dejé de ser una niña y me convertí en algo más, algo peligroso, algo implacable.




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