El viento arremetía con más fuerza a medida que descendían por los puentes colgantes, decidido a impedirles el paso. Caelia no hablaba. No porque no pudiera, sino porque tenía miedo de lo que diría si lo hacía. Cada paso hacia la fábrica era una batalla contra el torbellino de pensamientos que se le acumulaban en el pecho: su madre, la caída, el tono de Eilan, ese tono que sólo usaba cuando algo se había torcido y no sabía si lo podrían arreglar.
Haysen iba a su lado, sin intentar invadir su silencio, pero tampoco alejándose. Se limitaba a hablar de cosas sin importancia —las alas de entrenamiento que habían quedado maltrechas tras el último vuelo, la torpeza de Edrien, la cena que probablemente ya se habrían comido en el Bastión—, con esa voz suave y constante que no buscaba respuestas, solo recordarle que no estaba sola. Su amiga cerraba el grupo, caminando un paso por detrás, con los puños apretados dentro de su capa, la misma expresión decidida de cuando estaban a punto de hacer algo estúpido pero necesario. Aunque no hablaba, sus ojos iban atentos a cada sombra, cada gesto en el aire. Conocía a Caelia demasiado bien como para no saber lo que se cocía dentro.
El camino hacia la fábrica descendía por los niveles más densos de Kaerun, donde la roca comenzaba a dominar sobre la madera y el metal. Pasaron por túneles encantados con brumas estabilizadoras, por compuertas de control de presión, por canales donde se enfriaban los residuos del propulsor a base de magia de viento y agua. El olor a metal caliente y aceites conductores se les pegaba a la ropa, y las voces del nivel superior ya llegaban antes de que alcanzaran la entrada.
La entrada estaba llena de operarios detenidos, herramientas colgando a medio uso, murmullos más densos que el humo. Un círculo se había formado cerca del módulo principal de energía. Y, en el centro, como el núcleo de una tormenta, su madre —Thalia Venir— sentada en el suelo, con la pierna torcida en un ángulo que no debiera existir. A su lado, un sanador improvisado intentaba estabilizarle la pierna con vendas de contención, y más allá, de pie, con los brazos cruzados y una expresión de superioridad apenas disimulada, estaba Ruvan Elor, el operario más antiguo del módulo de presión, y uno de los más ambiciosos. Su túnica de trabajo estaba limpia, demasiado limpia para alguien que afirmaba haber estado "justo allí" cuando ocurrió todo.
—¡No me resbalé! —la voz de Thalia era el filo de una hélice rota—. ¡Él me empujó! Lo escuché. Dijo que, si me daban el puesto, lo lamentaría. Que esta fábrica no podía tener a una vieja como supervisora.
Ruvan bufó, con esa sonrisa diabólica que se clavaba más que cualquier cuchillo.
—¿De verdad crees que alguien necesita empujarte para que te caigas, Thalia? Llevas años aquí abajo. Todos sabíamos que tu cuerpo no aguantaría otra temporada.
Los murmullos se alzaron. Algunos trabajadores miraban al suelo, otros a ella. Uno incluso asintió, sin atreverse a hablar. Caelia sintió que algo dentro de su pecho se doblaba.
—¡Mentiroso! —voceó ella, avanzando antes de que Haysen pudiera detenerla—. No te atrevas a hablar así de mi madre. ¡Tú la amenazaste! ¡Lo dijiste!
Ruvan ladeó la cabeza, su lengua juró que era viperina.
—¿Tú estabas allí, Caelia? —replicó él, sin retroceder—. ¿O solo vienes a jugar a ser valiente cuando ya ha pasado todo?
Abrió la boca para responder, pero no le salían nada más que palabras huecas. La rabia seguía ardiendo, sí, pero debajo de ella se abría la duda, la culpa, la sensación de que siempre llegaba tarde cuando sus seres queridos la necesitaban.
—¡Basta! —rugió una nueva voz.
El jefe de la fábrica, Maelron Suuth, irrumpió cual tormenta tardía. Alto, de rostro pétreo, túnica gris con bordes azules, y el sello del Consejo del Viento en la pechera. Su sola presencia hizo que todos retrocedieran un paso. Incluso Ruvan.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
La explicación vino atropellada, en voces cruzadas, pero Maelron no necesitaba escuchar cada palabra. Observaba, medía y calculaba.
—Ruvan Elor, por historial conflictivo y por denuncias reiteradas, quedas despedido de esta instalación —dijo al fin, con tono implacable—. Y tú, Thalia, tendrás una baja disciplinaria mientras se investiga lo ocurrido. No daré ascensos hasta que esto se aclare.
—¡¿Qué?! ¡No puede hacerle esto! —clamó Caelia.
Pero su padre, que había estado callado hasta entonces, le puso una mano en el brazo y dijo mirando al suelo:
—No, hija.
Ruvan, sin embargo, no se fue sin más. Dio un paso adelante, los ojos ardiendo, la rabia acumulada rompiendo la máscara de contención.
—No he terminado con vosotros. Ni tú, Thalia, ni tu hija. Esto no acaba aquí.
Y con un ademán rápido, invocó una corriente de aire malformada que casi tiró una mesa cercana. Pero Haysen reaccionó primero. Con una palabra de sellado y una ráfaga compacta, le desvió la energía y lo hizo tambalearse.
—Fuera —exclamó el joven, ahora firme como una torre. Su voz era baja, pero tenía peso.
Ruvan escupió al suelo y, con una última mirada de odio, se giró y se fue, la túnica ondeando tras él como una amenaza sin forma.
Los trabajadores quedaron inmóviles con los ojos abiertos de par en par. Algunos fingían volver a lo suyo, otros no disimulaban el miedo.
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Editado: 18.01.2026