Caelia despertó envuelta en un sudor frío, con la sensación de haber dormido sobre los adoquines de la calle. La luz de la mañana se filtraba a través de los paneles de tela de su habitación, teñida por la neblina azulada que aún colgaba en el aire. Por un instante, no supo dónde estaba ni por qué el peso en su pecho era tan denso, casi insoportable. Solo sabía que respiraba. Y que dolía.
Se incorporó con lentitud, la cabeza aún tambaleante, un trueno parecía retumbar en su cabeza y no terminaba de apagarse. Al moverse, sintió el roce de una capa doblada a sus pies, y al alzar la vista, distinguió las figuras familiares de Eilan y Haysen, dormidos en sillas improvisadas junto a su cama. Eilan tenía la trenza deshecha y las botas mal puestas, como si se hubiese dejado caer allí sin pensarlo. Haysen, por su parte, dormitaba con la cabeza apoyada en el brazo, una ceja fruncida incluso en sueños, incapaz de relajarse del todo ni cuando su cuerpo lo exigía. Cuántas veces habían terminado en su cuarto, pensó. Era un refugio improvisado cuando la ciudad dormía, su refugio, un caos de risas y confidencias susurradas. A Eilan le encantaba quedarse hasta tarde contando cotilleos absurdos, exagerando sus historias con aprendices y guardias, mientras Haysen fingía no escuchar desde la ventana, solo para acabar interviniendo con un comentario seco que las hacia reír a las dos. Recordó cómo le robaba las mantas a sus padres y llevaban dulces debajo de su cama para atiborrarse después. Discusiones inútiles sobre quién volaría primero o quién acabaría metido en problemas antes. Ahora, en cambio, el ambiente del cuarto era distinto. Sus amigos seguían allí igual de fieles y presentes, pero no estaban burlando el cansancio. Habían burlado a la muerte, a algo que no encajaba entre sus bromas y desvelos. Caelia se sintió vacía al comprenderlo: estaban creciendo sin darse cuenta.
Al moverse, el sonido leve de los tablones hizo que ambos se despertaran al unísono.
—Cael... —susurró Eilan, acercándose de inmediato—. Ey, estás despierta. ¿Cómo te sientes?
Cael. Así la llamaba desde niñas cuando Eilan no sabía qué hacer salvo quedarse cerca y hablarle bajito, con el fin de que las palabras la envolvieran cuando los brazos no alcanzaban. Caelia parpadeó varias veces antes de responder, su voz ronca, rasgada por el peso del día anterior.
—¿Qué... qué pasó? No recuerdo bien. Solo... Ruvan. Y después...
—Sí —intervino Haysen, adelantándose mientras estiraba los hombros—. Ruvan. Estaba... distinto. No era él... Parecía que alguien más estuviera dentro. No hablaba, no reaccionaba. Nos atacó...
—Y luego —continuó Eilan, intercambiando una mirada fugaz con Haysen antes de bajar la voz—, tú... hiciste algo. No sabríamos explicarlo, Caelia. No era como tu magia de siempre. Fue... enorme. Todo el aire de la calle te obedecía y tu alrededor se quebraba solo para apartarse de ti.
Caelia sintió que el estómago se le encogía con una presión que no tenía que ver con el hambre. Tragó saliva, mirando sus propias manos, esperando verlas marcadas, chamuscadas, cambiadas de algún modo.
—¿Está... muerto?
La pregunta flotó cual polvo suspendido entre ellos. Nadie contestó al instante.
—No lo sabemos —dijo Eilan, al fin—. No había cuerpo cuando fuimos a buscarlo. Solo... una marca en el suelo. Y un olor, como de ozono y ceniza. Y luego nada. Nada.
Haysen se sentó al borde de la cama, los codos sobre las rodillas, mirándola de lado.
—No vimos sangre. Ni restos. Técnicamente, no podemos decir que esté muerto. Solo... desapareció. De una forma rara, muy rara.
—Eso no me hace sentir mejor —susurró Caelia, encogiéndose—. Si le hice daño, si fui yo... ¿Qué significa eso? ¿Qué soy ahora?
Asesina. La palabra apareció sin permiso, áspera e imposible de apartar. Si su magia había cruzado esa línea, ¿cómo se volvía atrás después de algo así? Pensó en sus padres, en la fábrica, en si Ruvan había ido ya a informar a alguien de lo sucedido. El nombre de su familia manchado, la vida de sus padres reducida a susurros y señalamientos, cargando con una culpa que no les pertenecía. El futuro que siempre había imaginado más allá del cielo, se le cerró de golpe. Ya no había caminos que seguir, solo consecuencias.
—Ey —dijo Haysen de inmediato, tocándole el brazo con suavidad—. No eres nada distinto, sigues siendo tú. Fue una reacción, Caelia, te protegiste, nos protegiste y eso no te hace un monstruo.
Eilan asintió, aunque su gesto estaba teñido de duda.
—Igual... no podemos contarlo. Pensándolo mejor... ni siquiera a mis padres. No si no sabemos lo que pasó en realidad. Podrías estar en peligro si alguien malinterpreta lo que ocurrió.
Caelia bajó la mirada, los pensamientos enredándose en espirales imposibles. ¿Qué había hecho? ¿Qué había dentro de ella? Y si eso volvía a salir... ¿podría detenerlo?
—¿Y si no es la última vez? ¿Y si algo se ha roto? —sollozó Caelia.
—Entonces estaremos contigo —dijo Eilan con firmeza, acercándose más—. Siempre. Pero ahora, lo primero es mantener la calma. Tenemos que entender lo que pasó. Y... tal vez... fingir que no ocurrió. Al menos por hoy.
No sonó tan segura como quería. Bajó su voz y entrelazó los dedos nerviosamente. Sabía que, si Ruvan había salido con vida, no haría como si nada. Podía estar buscándolos ya, o peor: haber ido a las autoridades. Conocía demasiado bien cómo funcionaba todo aquello en esta ciudad. A veces no ganaba quién decía la verdad, sino quien llegaba primero y hablaba más alto.
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Editado: 18.01.2026