El Corazón de los Ocho: bajo la sombra y la llama

Capítulo 6

Caelia corría y esquivaba como podía, sintiendo sus pulsaciones intentando salir por el cuello, pero el suelo bajo sus pies crujía igual que huesos retorciéndose, abriéndose en fisuras que proyectaban luces tétricas. Fragmentos del mundo ascendían hacia un cielo rojizo, donde las nubes se dispersaban salpicando el firmamento. El humo que salía del suelo no solo le quemaba los ojos, le escarbaba dentro. Y frente a ella, al final del pasillo quebrado, Ruvan la esperaba. No quedaba nada humano dentro.

Su cuello colgaba torcido y dejado mal ajustado. De su boca goteaba un líquido negro espeso, algo que parecía pudrir el aire a su paso. Los ojos no estaban allí, eran pozos y algo parecía mirar desde dentro. Y sonreía.

—Ella… ya no duerme —dijo él, o algo que usaba su voz.

Intentó gritar, pero el aire se le trabó en la garganta. Sus manos temblaban, y con ese temblor llegó el estallido: la magia brotó como un latigazo invisible, viento y oscuridad mezclándose, rompiendo lo que quedaba de las paredes, de la calle, de su mundo. Ruvan voló hacia atrás, un títere roto, sin hilos que lo sostuvieran. Y, aun así, seguía sonriendo. Sangre y hollín, un destello carmesí donde no debía haber luz.

Thennan.

El nombre surgió sin contexto, sin forma. El rostro de su hermano, brumoso y lejano, parpadeó entre la niebla. No debía estar allí, no podía.

¿Dónde estás? ¿Por qué no vuelves? ¿Por qué todos me dejan?

Caelia empezó a sentir que estaba bajo agua y se estaba ahogando lentamente. El suelo ya no era suelo, sino una gran superficie de cristal agrietado, y al otro lado, una figura se desdibujaba en el humo. Rostro oculto. Brazos abiertos.

—Vuelve a mí —dijo la silueta—. Siempre has sido mía.

Caelia trató de retroceder, pero sus pies no respondían. La figura avanzaba sin moverse, arrastrando el mundo hacia ella. Y entonces, un sonido: algo rompiéndose, una grieta expandiéndose desde sus pies hacia el cielo. Un ojo se abría en el aire, una pupila hecha de niebla. Y en el último instante, justo antes de caer…

Su cuerpo se incorporó con violencia, tenía la respiración entrecortada y los brazos agarrando fuertemente las sábanas, aun peleando por su vida. El cuarto estaba oscuro y apenas iluminado por el resplandor tenue de los cristales de energía de la lámpara cercana. Fuera, se oía la amenaza de lluvia en los tejados. Dentro, solo el martilleo de su propio corazón contra las costillas.

¿Un sueño? ¿Una visión? ¿Un aviso?

Pero Caelia no podía decir cuál de las tres cosas era. Ni por qué, al cerrar los ojos de nuevo, la voz de Ruvan aún susurraba: Ella ya no duerme.




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