La lluvia caía sin interrupción. No era la típica cortina fina ni una tormenta salvaje: era esa clase de lluvia persistente que parecía no tener intención de detenerse, la que empapa los muros y se cuela por los tejados hasta que todo huele a humedad, a piedra mojada y a cobre envejecido. El agua se deslizaba por las canaletas talladas entre la roca, bajaba por los techos inclinados y se acumulaba en los niveles más bajos, formando cascadas delgadas que caían hacia el corazón oculto de la ciudad. Las escaleras se volvían resbaladizas, los pasajes retumbaban con el eco del agua, y el centro inferior de Kaerun, aquel que rara vez recibía luz solar directa, olía a hojas podridas mezcladas con madera hinchada y metal oxidado.
A esas horas, las luces de los faroles mágicos, protegidas por cristales brumosos, parpadeaban con un resplandor tenue. Las casas excavadas en la roca apenas se distinguían entre la neblina que subía desde los abismos. Incluso los dirigibles del turno nocturno cruzaban a lo lejos como luciérnagas silenciosas.
Caelia seguía sentada en su cama. Tenía las rodillas encogidas, el cuerpo enredado en una manta delgada y la espalda apoyada contra la pared fría. Las sábanas seguían húmedas, no por el clima, sino por el sudor que le había dejado la pesadilla. Aún podía sentir el temblor sordo en las manos, una tensión clavada en los músculos de la espalda, el martilleo del corazón en su cuello. Había despertado hacía rato, pero no se había movido. Una parte de ella seguía atrapada en aquel sueño, sin haber despertado del todo y continuando allí abajo, entre cristales rotos y ojos imposibles.
Cuando sonó el golpe suave en la puerta, no se sobresaltó. Sus padres seguían durmiendo, ajenos a todo.
—Caelia... ¿puedo...? — La voz de Haysen llegó en un susurro cauteloso.
—Estoy despierta —alegó ella, se levantó y abrió la puerta con cuidado.
Ambos estaban empapados. Las capas chorreaban agua sobre el umbral y sus ropas se pegaban al cuerpo. Eilan vestía su abrigo de vuelo azul oscuro, abrochado hasta el cuello, pero calado hasta las costuras; los mechones sueltos de su trenza estaban pegados a sus mofletes, y sus botas dejaban marcas húmedas por todo el suelo. Tenía expresión cansada, con los ojos oscuros y las mejillas algo rojas por el viento. Haysen llevaba su chaqueta gruesa, con el borde cubierto de barro y agua. Su cabello mojado le caía sobre los ojos, pero, aun así, la miraba con esa expresión que Caelia conocía demasiado bien.
—¿Estás bien? —murmuró él, acercándose hasta quedar a un brazo de distancia.
Caelia asintió, aunque no era del todo cierto. Quiso decir algo, una frase simple, cualquier excusa que hiciera parecer que estaba entera, pero no encontró palabras. Solo lo miró, y durante un segundo, el silencio entre ambos fue más elocuente que cualquier respuesta. Siempre había sido así, desde que eran apenas niños corriendo por los callejones del distrito norte y compartían almuerzos sentados sobre tejados calientes. Desde que ella falló su primer hechizo en clase y él hizo explotar el suyo a propósito para que nadie la mirara. Siempre estaba como un reflejo real, sin pedir nada a cambio.
—Vinimos porque hay cosas que necesitas saber —lamentó Eilan, quitándose la capa mojada y sentándose sin ceremonia a los pies de la cama—. La mujer de Ruvan fue a Alta Torre esta mañana. Mis padres estaban allí. Asegura que su marido desapareció sin dejar rastro. Suuth la atendió... o fingió hacerlo.
—También estaban los del consejo —añadió entre susurros Haysen, cerrando la puerta con cuidado tras ellos—. Hablaban de rutas, de comercio, de los precios de los filtros para la próxima temporada, política en general... pero ni una sola palabra sobre Ruvan.
Caelia bajó la vista. No sabía si eso la aliviaba o le provocaba náuseas.
—Tenemos que ir con mucho cuidado —dijo Eilan, bajando la voz—. Lo que vimos esa noche... si eso no era Ruvan, si era otra cosa, entonces puede que alguien esté intentando encubrirlo. O, incluso, que esté ocurriendo algo más grande. Y si nos equivocamos, si damos un paso en falso...
—...la que pagará serás tú —completó Haysen, girándose hacia Caelia.
No sonó como una amenaza. Era advertencia de quien quiere proteger y no sabe cómo. Sus palabras guardaban ternura que no se disolvía en la sospecha ni en el miedo. Caelia tragó saliva. Agradecía que estuvieran allí, aunque no lo dijera y la rodearan con ese silencio sólido que no pedía explicaciones. No tenía respuestas, solo una espiral de miedo y culpa que se apretaba cada día un poco más.
Eilan sacó algo de su bolso de viaje. Una bolsita de tela manchada de humedad, de la que emergió el olor dulzón del pan recién horneado.
—Pan dulce. Lo compré del puesto de Elkar justo antes de que cerraran. Pensé que nos merecíamos al menos un buen bocado.
Haysen sonrió por primera vez en la noche. Caelia también, que sostuvo el pan con las manos temblorosas. Haysen rompió un trozo. Y por un momento, mientras comían en silencio, el cuarto dejó de ser una cárcel y volvió a ser lo que una vez fue. El pan estaba tibio, el azúcar derretido se pegaba a los dedos, y rieron. Una risa corta, tímida, pero suficiente. Una risa que no curaba nada, pero decía: estamos vivos.
—Mañana —dijo Eilan, masticando aún—, propongo algo. Vamos a hablar con tu madre —miró a Haysen—Ella conoce historias antiguas, cosas que casi nadie más recuerda. Quizá pueda ayudarnos.
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Editado: 26.01.2026