El Corazón de los Ocho: bajo la sombra y la llama

Capítulo 8

Después de la lluvia, el aire tenía un olor limpio y la ciudad parecía haber exhalado hondo tras una larga noche. Las calles aún estaban húmedas, y los charcos reflejaban los tonos dorados y azules de las linternas flotantes que bordeaban el mercado central. A esa hora, el bullicio era leve, pero constante: comerciantes barriendo sus puestos, niños correteando entre cajas, los guardias de patrulla intercambiando turnos, con las capas aún húmedas de niebla y la mirada cansada, y el vapor de los puestos de comida trepando por entre las telas de los toldos. A un lado, una anciana regaba plantas medicinales que colgaban de un enrejado; a otro, un grupo de aprendices discutía sobre qué máscara llevar al festival. Todo parecía recobrar su ritmo tras la lluvia.

Eilan caminaba con las manos en los bolsillos del abrigo y la mirada a medias en los escaparates, a medias en Caelia.

—No puedes ir a ver a los Artesanos vestida como si fueras a una ceremonia de baile —advirtió, con una ceja alzada, mientras Caelia se detenía frente a un puesto de túnicas ligeras de tela color humo y bordes de hilo metálico.

—Solo estoy mirando —le guiñó Caelia, sin dejar de pasar los dedos por el tejido—. No me compraré nada con lo que no pueda correr.

—Correr, dice —Eilan se rio entre dientes—. Si nos hacen correr, tú eres la última con esos cordones interminables.

—Son decorativos —replicó Caelia, sacándole la lengua.

—Son trampas —dijo Eilan poniendo los ojos en blanco.

Ambas rieron, y el sonido fue una hebra que aliviaba la tensión, aunque solo por momentos. La risa, pensó Eilan, era algo valioso, más aún cuando sabías que no duraría mucho.

Pasaron por un puesto de frutas escarchadas. Caelia eligió un puñado de ciruelas dulces cubiertas de azúcar especiada, mientras Eilan pidió uno de los bocados de masa rellenos de fresa, envuelto en hoja de vapor.

—¿No vas a probar esto? —preguntó Eilan, masticando ya—. Esto cura hasta las pesadillas.

Caelia negó con una sonrisa cansada. Eilan captó el leve tirón en sus hombros, ese microgesto que conocía desde niñas.

—No sé si hay algo que cure eso —respondió mustiamente Caelia.

Eilan no insistió. Se lo guardó, como tantas otras veces. Pero por dentro, algo le arañaba el pecho. Le dolía que su amiga no confiase en ella, y no era la primera vez ¿Cuánto más iba a seguir guardándose las cosas? ¿Y hasta cuándo iba a tener que fingir que eso no dolía entre ambas? Desde que eran pequeñas, Caelia se cerraba cuando más necesitaba hablar. Siempre lo disfrazaba con fuerza, pero Eilan conocía ese silencio, el que no pide ayuda porque teme que al hablar, algo cambie.

Caminaron bordeando uno de los balcones del nivel medio, desde donde podían verse los canales de agua corriendo por debajo, y más allá, las torres en espiral que marcaban los puntos cardinales de la ciudad. A lo lejos, Alta Torre dominaba el horizonte. "No deberíamos estar paseando", pensó Eilan, mientras Caelia se detenía a mirar unos pendientes de obsidiana. Pero, sin embargo, ella también lo necesitaba, aunque su rostro rara vez lo mostrara.

—¿Te gustan? —preguntó Eilan, señalando los pendientes que Caelia observaba.

—No. Bueno, sí. Pero no los necesito —dijo Caelia, con una mueca traicionera.

—Desde cuándo necesitas justificar un gusto —dijo Eilan, cruzándose de brazos, conociendo las intenciones de su amiga—. Vamos, una de las dos lo comprará igualmente.

Caelia rio otra vez, con esa risa breve, que no llegaba del todo a sus ojos. Eilan no era buena con palabras dulces, pero sí sabía observar, y desde la pelea con Ruvan, había aprendido a leer las grietas bajo la superficie. Lo que veía en Caelia era una grieta que aún no cicatrizaba.

A medida que caminaban, Eilan se dejó llevar por la costumbre de las rutas: mapa mental de zonas seguras, puntos de vigilancia, posibles salidas rápidas. Así pensaba siempre. Incluso cuando intentaba fingir que estaba de compras con una amiga.

—¿Te fijaste en el aprendiz del puesto de máscaras? —bromeó de pronto, con tono ligero.

Caelia la miró de reojo, con una sonrisa escéptica.

—¿Ese con la túnica tres tallas más grande?

—Tenía buena sonrisa. Y buenos brazos.

—También tenía mostaza en la frente.

—Detalles —dijo Eilan, encogiéndose de hombros con una sonrisilla—. Seguro que hace unos bocadillos geniales.

—¿Desde cuándo te fijas en eso?

—Desde que descubrí que mis gustos son más amplios que mi paciencia.

Caelia soltó una risa más abierta, genuina, y negó con la cabeza.

—Nunca te imaginé tan sugerente, en serio —dijo Caelia con la cara divertida.

—Yo tampoco. Pero oye, después de la semana que llevamos, un poco de ligereza no nos va a matar —suspiró Eilan.

—Bueno, si tú miras brazos, yo diré que el de la pastelería tenía una voz muy sensual. Y pestañas absurdamente largas —soltó Caelia, mordiéndose el labio mientras se aguantaba la risa.

—Te lo cambio por el aprendiz de máscaras —rió Eilan.

—Ni loca —reafirmó Caelia haciendo el amago de salir corriendo.




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