El Corazón de los Ocho: bajo la sombra y la llama

Capítulo 9

El sol había trepado lo suficiente para colarse entre los edificios que bordeaban el patio de entrenamiento. En el campo, los tres se alineaban junto a otros aprendices mientras el instructor caminaba entre ellos, con las manos tras la espalda y la mirada afilada. El sudor empapaba las camisetas, y el olor a cuero, metal y piel saturaba el aire. Haysen lanzó un golpe con la lanza de madera, que Caelia esquivó por poco. Eilan observaba desde el borde del círculo, con los brazos cruzados, respirando con dificultad tras su propia ronda. A pesar del esfuerzo, nadie hablaba. Lo que empezó siendo rutina pronto cambió a exigencia. Ataques, defensas, transiciones, la magia se acumulada en las palmas de las manos, liberada con precisión. Caelia estaba rápida, pero su magia... algo vibraba diferente. No respondía, se anticipaba. Haysen lo notó durante una maniobra conjunta: una barrida de viento que salió con demasiada fuerza y lo obligó a retroceder. Ella se disculpó con una mueca. El instructor no dijo nada, pero la miró con atención.

Haysen se secó la frente con la manga.

—Te estás moviendo mejor —gritó a Caelia, mientras recogía su equipo.

—Y tú golpeas con menos ganas —replicó ella, cansada pero sonriente.

—Piedad. Es mi virtud secreta. —le guiñó el chico.

El instructor golpeó dos veces la piedra del centro, señal de que la sesión había terminado. Poco a poco, los aprendices fueron dejando sus armas de práctica y se alejaron para refrescarse.

—Yo me quedo a otra ronda. Van a repasar maniobras en terrenos irregulares, y no pienso fallarlas —añadió Eilan uniéndose a sus amigos, feliz por terminar victoriosa su combate con Edrien.

—Nos vemos esta noche, entonces—respondió Caelia.

—Queda una semana para el Examen del Despertar —voceó Tarren al final—. Espero que ninguno se presente si no está preparado. El Éter no perdona la arrogancia.

*

Tras el almuerzo, Caelia y Haysen fueron juntos al trabajo. El aviario estaba en los niveles altos del taller, al borde de los acantilados. Allí, Haysen ayudaba a mantener el entorno de criaturas vinculadas al viento: halcones de bruma, dragones cargueros, y por supuesto, Nagal, su viejo dragón. Este estaba dormitando sobre una plataforma de piedra templada. Su cuerpo largo, alado y cubierto de escamas pálidas subía y bajaba con lentitud. Ya no volaba, pero su vínculo con el viento seguía intacto. Cuando Caelia se acercó, una de su cuernos se movió levemente, reconociendo su presencia.

Caelia se ató el cabello y se arremangó la túnica. Trabajó en silencio, recogiendo plumas y mezclando alimento. Nagal la observó desde su plataforma elevada, con los ojos rasgados brillando bajo la luz filtrada.

—Tienes que hablarle con voz firme, pero tranquila —explicó Haysen, mientras le ofrecía a Caelia un puñado de hierbas que usaban para alimentarlo—. Le gusta que lo peinen por detrás de la cabeza, pero sólo si está de buen humor.

Caelia obedeció, sin miedo. El dragón la dejó acercarse, y pronto estuvo comiendo con calma.

Haysen sonrió.

—No se fía de muchos, pero a ti parece que te tolera.

—A lo mejor prefiere que no le hablen tanto —se regodeó Caelia.

*

La casa de Haysen estaba construida sobre una ladera escarpada, en uno de los niveles medios donde las viviendas se incrustaban en la roca como costras antiguas. Desde fuera no llamaba la atención: muros grises, tejado bajo, sin banderas ni adornos. Pero por dentro era otra cosa: silenciosa, impecable, y cargada de símbolos que hablaban de otra época. Mientras subían por el sendero, Haysen caminaba un poco por delante, con los brazos cruzados. Caelia y Eilan hablaban bajo, sin saber si debían hacerlo en voz alta. Él no dijo nada, su mente estaba ocupada. No debí traerlas. No era miedo, ni vergüenza. Conocía a su madre, sabía que escarbar en el pasado traía consecuencias. Para ella, todo lo anterior a la Grieta debía quedarse en su sitio: enterrado.

La puerta se abrió antes de que pudieran llamar.

—Llegas tarde —rechistó la mujer, de pie en el umbral, con la misma calma helada de siempre.

Tenía el cabello recogido en un moño firme, vestido largo hasta los tobillos, de un gris que no tenía intención de agradar a nadie. En el cuello llevaba un colgante de piedra tallada: el símbolo del Éter en equilibrio. Su rostro era anguloso, y aunque la edad le marcaba algunas líneas, sus ojos, del color de su vestido, camuflados, eran duros y no estaban dispuestos a ceder nada.

—Buenas noches, madre —saludó Haysen, con un gesto respetuoso. Se hizo a un lado—. Eilan y Caelia saludaron con un gesto agradable.

La mujer asintió, sin inclinarse. No sonrió.

—Pasad.

Dentro, la casa olía a incienso seco e infusiones de hinojo. Las paredes estaban forradas con estanterías repletas de textos antiguos, algunos encuadernados en cuero agrietado, otros protegidos con paños bordados. Había tapices en tonos apagados, estatuillas de bronce alineadas con precisión y figuras ceremoniales colocadas sobre repisas estrechas. Todo estaba ordenado con pulcritud casi militar. La única fuente de luz era un brasero de piedra en el centro, con llamas suaves que no desprendían calor.

—¿Qué queréis saber?




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