El día comenzó sin pausas. Las botas golpeaban la piedra húmeda del patio de entrenamiento con la regularidad de un tambor de guerra. No llovía, pero el cielo estaba encapotado y el aire olía a hierro y sudor. A un lado, Caelia lanzaba una secuencia rápida de ataques contra un maniquí reforzado; al otro, Haysen practicaba control de ráfagas con una vara de viento. Eilan, empapada en sudor, repasaba una combinación defensiva con cuchillas dobles.
El Examen de Despertar era en cinco días.
Tarren no daba tregua. Cada fallo se marcaba con correcciones duras, y cada éxito, con más exigencia. No era el momento de relajar el cuerpo ni la mente.
—Seis pasos más rápido, Eilan, o no durarás diez segundos en terreno abierto —le gritó el instructor mientras ella contenía el impulso de contestar. Solo asentía y corregía.
No hablaron demasiado durante el almuerzo. El cansancio pesaba, pero bastó una mirada para ponerse de acuerdo.
—Vamos esta tarde —dijo Eilan en voz baja, mientras recogía sus cuchillas.
—¿Al callejón? —preguntó Caelia con cuidado.
—Sí, no tiene sentido que no haya quedado nada. Tenemos que comprobarlo.
*
El lugar donde ocurrió todo estaba vacío. Era una zona intermedia del nivel bajo, poco transitada y húmeda, con las paredes cubiertas de moho y residuos acumulados por la falta de limpieza. Pero lo extraño no era el abandono, era la pulcritud. Ni una mancha, ni una grieta reciente. Ni marcas de choque, de magia usada, de cuerpos al caer. El suelo estaba seco, el aire quieto. Ningún indicio de que algo violento hubiera pasado allí. Eilan se acercó con aparente calma. Se detuvo junto a la pared donde Ruvan se estrelló días atrás. Pasó la mano con naturalidad por la piedra, apoyándose apenas. Estaba limpia, demasiado perfecta; el tiempo no había dejado marca alguna.
—Esto no es normal —murmuró—. Aquí pasó algo fuerte.
—¿Limpiarían la zona? —susurró Haysen, examinando una ranura en el suelo, fingiendo observar una canaleta.
—O algo... lo deshizo. —dijo Eilan, manteniendo la vista baja, inspeccionando apenas una grieta superficial.
Caelia no decía nada. Solo miraba el lugar, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, reviviendo cada segundo. Eilan levantó ligeramente la cabeza y revisó el entorno. Desde su posición, notó una estructura metálica sujeta a una de las esquinas. Una cámara de vigilancia. Antigua, pero operativa. No apuntaba al punto exacto del incidente, pero estaba cerca. No reaccionó, no dijo nada. Solo giró despacio sobre sus talones, terminando con naturalidad un simple paseo.
—Voy a revisar los registros —dijo, en voz baja sin dejar espacio a preguntas—. Esa cámara debe pertenecer al distrito. Mis padres tienen acceso a los registros de vigilancia. Si hay algo, lo encontraré.
*
Esa noche, Eilan se encerró en el despacho de su casa. Su padre estaba de guardia, y su madre entraba en turno de mañana, dormía temprano. Era la oportunidad perfecta. El sistema no era complejo, pero sí estaba protegido por claves internas. Las conocía, las había aprendido a escondidas desde hacía años. Se movía con soltura entre los accesos y las carpetas del distrito tres. Localizó la cámara. La etiqueta era clara: Sector 3-LN, nivel bajo, zona de mantenimiento. Abrió el registro de video correspondiente al día en cuestión.
Nada.
Retrocedió. Avanzó. Buscó en todas las direcciones de la cámara. En el lugar exacto… vacío. Peor aún, ella misma no aparecía. Ni Caelia. Ni Haysen. La franja horaria estaba completa, sin cortes, pero lo que debería estar allí… no existía. El callejón aparecía vacío. A cualquier hora. Eilan tragó saliva, se frotó la cara. Volvió a intentarlo con filtros, fechas cercanas, análisis de respaldo. Nada. El sistema no reportaba errores, pero los tres sabían que habían estado allí, que Caelia había luchado, que algo había ocurrido. Y, sin embargo, no existía prueba alguna. El corazón le latía fuerte mientras cerraba la sesión, sin dejar rastro. Cerró la pantalla y apoyó los codos en la mesa. Había algo peor que no entender lo que pasaba, y era darse cuenta de que alguien, o algo, se estaba asegurando de que nunca lo supieran.
*
La noche había vaciado el granero casi por completo. Solo quedaban el crujido de la madera vieja, el rumor lejano del viento entre las velas plegadas y la respiración lenta de Nagal, extendido como una sombra viva entre la paja.
Haysen estaba sentado en el borde de la plataforma, con los codos apoyados en las rodillas, cuando escuchó pasos conocidos.
—Sabía que estarías aquí —dijo Eilan, sin alzar la voz.
Él no se giró.
—Siempre dices eso, como si fuera un misterio.
Ella se acercó despacio, apoyándose en una viga. La luna le marcaba el perfil afilado, los ojos más cansados de lo habitual.
—He revisado las cámaras del sector bajo —soltó, sin rodeos—. Las de la fábrica, las de acceso, las del callejón. No hay nada. Ni rastro de Ruvan, ningún registro extraño.
Haysen soltó una breve exhalación por la nariz.
—Y tengo que hacer como si no hubieras venido aquí a contarme esto, ¿verdad?
—Exacto.
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Editado: 26.01.2026