La mañana comenzó con un aire más templado que los días anteriores, lo suficiente para que Caelia pudiera abrir las ventanas sin que el viento le mordiera los dedos. En la pequeña sala, su madre estaba sentada junto a la mesa baja, con la pierna estirada sobre un banco y vendada con varias capas de lino limpio; el tono de su piel había recuperado algo de color y los gestos de dolor ya no eran tan constantes. Pasaron unos minutos en silencio, mientras Caelia recogía platos y doblaba una manta, hasta que la mujer levantó la mirada y le indicó con un leve movimiento de cabeza que se acercara.
—Hoy caminaré un poco más—dijo con esa voz firme que no pedía permiso.
Caelia le sonrió antes de despedirse, recordándole que volvería al anochecer.
El camino hasta la arena de entrenamiento estaba más concurrido de lo habitual; faltaban apenas cuatro días para el Examen del Despertar y cada aprendiz buscaba exprimir cada minuto de práctica. Cuando llegó, Haysen ya estaba repasando secuencias aéreas con la lanza y Eilan calentaba con ejercicios de desplazamiento con sus cuchillas dobles. No tardaron en unirse Edrien y Senna, que aguardaban a un lado con calma. Y, con ellos, el entrenamiento adquirió otro peso.
El instructor Tarren no perdió tiempo en dar órdenes. Formaron dos parejas para los combates de práctica, con rotaciones rápidas para simular la presión del examen.
Caelia entró al círculo y se enfrentó primero a Edrien. Él avanzó con una sonrisa breve, la electricidad chisporroteando entre sus dedos antes de canalizarla hacia la lanza de entrenamiento.
—¿Lista, viento? —murmuró, ladeando el arma—. Prometo no freírte… mucho.
—Siempre tan hablador —replicó Caelia, centrando el peso—. No eres el centro de todo como crees.
No era un relámpago completo, pero sí lo bastante intenso para que cada golpe contra su arma dejara un cosquilleo ardiente en las palmas. Caelia respondió con ráfagas cortas de viento para desviar el alcance de sus ataques y forzar aperturas, empujando el aire justo cuando Edrien avanzaba.
—Sigues entrando tarde —le soltó él, girando la muñeca.
—Y tú te confías demasiado —respondió ella, tensando una corriente lateral.
Un barrido bajo, electrificado, la obligó a saltar y retroceder dos pasos. Al caer, el impacto le subió por las piernas como un latigazo.
—Eso me ha dolido —admitió, sin perder el equilibrio.
—Es la idea —dijo Edrien, divertido, con alardes de superioridad.
Caelia contraatacó con una corriente ascendente para romperle el centro de gravedad, pero él la ancló en seco descargando energía contra el suelo. La piedra vibró bajo sus pies, áspera y traicionera.
—Sigues subestimando el suelo —añadió él entre dientes.
—Y tú olvidas que el viento puede venir desde cualquier lado, truenitos —replicó ella, apretando la mandíbula y levantando la mano para darle un golpe de gracia.
El sudor empezó a correrle por la frente justo cuando el instructor alzó la mano, señalando el cambio. Caelia exhaló despacio, sin apartar la mirada de Edrien.
—La próxima no te salvará el instructor—le advirtió.
—Entonces seguiré esperándote, viento —respondió él, aún sonriendo.
Senna entró sin un sonido, la capucha bordada cubriéndole el rostro salvo por el destello afilado de sus ojos.
—No mires donde aparezco —susurró su voz, demasiado cerca para ser cómoda—. Mira donde ya no estoy.
Caelia no tuvo tiempo de ajustar la respiración. La ilusión gaseosa llegó primero: un duplicado de Senna avanzó desde la izquierda mientras la verdadera se escurría por el ángulo contrario.
—Trucos —murmuró Caelia, extendiendo el brazo.
Giró y lanzó una ráfaga amplia para disipar la figura falsa, pero la distracción le costó un rasguño en el hombro cuando el filo de la vara real le rozó la piel. El impacto ardió más por el susto que por el daño.
—Uno —dijo Senna, tranquila, apareciendo a su espalda—. Respira menos deprisa.
Senna no buscaba fuerza directa, sino desgaste. Aparecer, desaparecer, atacar desde un ángulo inesperado. Cada movimiento obligaba a Caelia a girar sobre sí misma, a mantener la guardia alta, a sostener el viento incluso cuando sus brazos empezaban a pesar. El aire en sus pulmones se volvió áspero.
—¿Ya está? —provocó Caelia entre dientes, forzando una corriente defensiva—. Pensé que ibas a intentarlo con todo.
—Lo estoy haciendo —respondió Senna, ya en otro punto—. Tú eres la que huye de mí.
Al otro extremo de la arena, Haysen chocaba contra Edrien en un intercambio brutal.
—Sigues entrando de frente —le gritó Edrien, la electricidad zumbando alrededor de su vara—. ¿No te cansas?
—Cuando tú dejes de esconderte detrás de tus rayitos —contradijo Haysen, empujando con una ráfaga para ganar alcance.
Cada vez que Haysen intentaba una embestida frontal, Edrien giraba bajo, descargando energía contra la piedra para cortar el avance.
—Eso te va a explotar en la cara algún día —advirtió Haysen, envolviendo su vara en una corriente continua de aire.
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Editado: 23.02.2026