El Corazón de los Ocho: bajo la sombra y la llama

Capítulo 12 (Parte I)

Caelia permanecía tumbada boca arriba, con las manos entrelazadas en la nuca y la vista fija en el techo. Los días desde la llegada de los instructores habían pasado demasiado deprisa y, ahora que el examen era al amanecer, sentía que el tiempo se había encogido a unas pocas horas. Había entrenado para todo lo que podía esperar: carreras, combates, pruebas de resistencia… pero lo que realmente la inquietaba era la posibilidad de verse frente a Eilan o a Haysen. No era miedo a perder, sino a ganar de la forma equivocada; a que, en el impulso de un ataque, su magia se desbordara y lastimara a alguien que no debía.

Recordaba a los instructores observando desde la arena, evaluando cada gesto, y se imaginaba esa misma mirada mañana, clavada en ella. Entre esos pensamientos, también llevaba días martilleando su cabeza la idea sobre su futuro, la incertidumbre de no saber qué iba a ocurrir con su vida. Desde niña había soñado con ser libre, con dejar atrás los muros conocidos y recorrer el mundo, descubrir lugares que solo había visto en mapas y escuchar lenguas que no entendía. Pero ahora que esa posibilidad estaba tan cerca, la sentía más como un precipicio que como una promesa. Había opciones tentadoras, otras más seguras, pero ninguna terminaba de encajar del todo con la sensación de que, ocurriera lo que ocurriera mañana, algo cambiaría para siempre.

*

El amanecer sobre Kaerun llegó sin estridencias, con un cielo limpio en el que apenas quedaban restos de la neblina nocturna. El aire tenía un frescor áspero que olía a piedra húmeda y carbón apagado, los ecos de pasos sobre el adoquinado subían por las calles estrechas hasta morir en las alturas de las torres. La arena de examen estaba dispuesta en el mismo patio donde habían practicado tantas veces, pero ahora las gradas estaban repletas. Instructores, observadores y miembros de Alta Torre se habían acomodado en filas, intercambiando palabras breves, gran expectación y con miradas que parecían pesar más que sus voces.

Entre rostros conocidos y desconocidos, Caelia distinguió a sus padres, sentados juntos pero rígidos. Su madre con la pierna escayolada, observándola con una mezcla de orgullo y una preocupación que no intentaba disimular. Unos asientos más allá, la madre de Haysen la saludaba con una inclinación de cabeza, mientras que los padres de Eilan agitaban una mano, animándola con una sonrisa amplia que contrastaba con la tensión del momento. Caelia distinguió al chico alto de chaleco de cuero y pañuelo rojo en la muñeca, que le sostuvo la mirada un instante antes de sonreírle con un gesto ladeado y acompañarlo de un guiño.

Caelia, junto a Haysen y Eilan, aguardaba en la fila asignada a su grupo. Eilan, sin apartar la vista del graderío, se inclinó lo justo para murmurarle:

—Parece que le has gustado.

—¿Qué? —susurró Caelia, sin entender.

—El del pañuelo rojo, Cael. Te ha guiñado un ojo —añadió Eilan de forma picara, apenas moviendo los labios.

Caelia notó un calor repentino en las mejillas y apretó la mandíbula. Frunció el ceño y volvió la mirada al frente, intentando no pensar en ello. No estaba para distracciones.

La primera prueba daría comienzo de inmediato. No bastaba con llegar primero, cada error restaría puntos y un uso excesivo de energía en el momento equivocado podía dejarte fuera antes de cruzar la mitad del circuito.

El estruendo de las compuertas al abrirse reveló el recorrido entero: un circuito que ocupaba todo el perímetro de la arena y se extendía por pasarelas de madera y piedra suspendidas en las murallas interiores. Había tramos cubiertos por cortinas de agua que caían desde lo alto, zonas estrechas con columnas móviles, pendientes resbaladizas y aros flotantes que debían atravesarse sin tocarlos. No era una simple carrera; cada segmento obligaba a usar el elemento con precisión quirúrgica, ya fuera para impulsarse, mantener el equilibrio o atravesar obstáculos sin perder velocidad.

El cuerno de inicio rompió el murmullo de las gradas y, al mismo tiempo, una ráfaga de viento controlada por los jueces empujó a los aprendices hacia la línea de salida. Algunos salieron casi con fuego en los talones, otros, tensos, miraban de reojo buscando huecos para avanzar. Caelia avanzó con una zancada amplia, pero contuvo el impulso de vaciar toda su energía al principio.

—No ahora —se dijo—. No te precipites.

El murmullo de las gradas se volvió un ruido lejano.

—Tengo que ganar. Por Thennan. No puedo permitirme fallar otra vez —insistió su propia voz—. Y por mí. Tengo que salir de aquí, no pienso ser la sombra de nadie.

Ajustó el paso, el aire respondiendo a su llamada.

—Esta vez… no pienso soltarlo.

El primer obstáculo se alzaba apenas veinte metros después de la salida: una hilera de columnas giratorias, grabadas con runas que distorsionaban las corrientes de aire a su alrededor. El sonido que emitían al girar era un golpeteo grave, semejante al de engranajes ocultos, y el aire alrededor vibraba de forma irregular, arrancando mechones de cabello y capas de los que se acercaban demasiado.

Los más impacientes se lanzaron de cabeza sin medir el ritmo y quedaron atrapados entre giros bruscos que los empujaban de vuelta, escupidos por el propio engranaje. Otros, dominados por los nervios, peleaban y bloqueaban mutuamente, convirtiendo el paso en un atasco peligroso. Desde las gradas, el rugido de los espectadores subía en oleadas, celebrando cada caída y cada maniobra arriesgada.




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