El Corazón de los Ocho: bajo la sombra y la llama

Capítulo 12 (Parte II)

El aviso de final de la primera prueba llegó con un estruendo metálico que apagó poco a poco el rugido de las gradas. Los aprendices que habían cruzado la meta, junto con los que habían quedado fuera por escasos segundos, fueron conducidos a una zona de descanso junto al muro oriental, donde jarras de agua fría y cuencos con frutas esperaban sobre largas mesas. Caelia se dejó caer en el banco más cercano, sintiendo el pulso golpeando sus oídos.

—Podría acostumbrarme a este tipo de “entrenamiento” —masculló Eilan, dejándose caer a su lado con una jarra de agua en la mano. Bebió un trago largo y se limpió la boca con el dorso—. Aunque creo que he visto mi vida pasar al menos tres veces.

—¿Entrenamiento? —replicó Haysen, que se dejó caer en cuclillas frente a ellas—. Esto fue más bien una cacería.

Caelia sonrió de lado, todavía recuperando el aire:

—Si la primera prueba ha sido así… no me quiero imaginar la última.

—No la imagines —balbuceó Haysen, bebiendo a largos tragos—. Guarda energía para lo que viene.

—Habla por ti —se ofendió Eilan, ladeando la cabeza—. Yo funciono mejor bajo presión.

Caelia los miró a ambos, con una mezcla de cansancio y algo más hondo en el pecho.

—Pase lo que pase —afirmó al fin—, seguimos juntos. ¿Vale?

Haysen asintió sin dudar.

—Siempre.

—Siempre —repitió Eilan, alzando la jarra en un brindis improvisado.

El agua le supo a poco, pero lo suficiente para que la garganta dejara de arder. Mientras masajeaba sus gemelos, dejó que la vista recorriera la zona de descanso. Algunos aprendices permanecían en silencio, con la mirada perdida y las manos temblorosas; otros, encorvados sobre sí mismos, se presionaban heridas abiertas mientras un sanador improvisado les envolvía brazos y piernas con vendas rápidas.

Más allá, un pequeño grupo de Aeris se mantenía aparte, cabizbajos: no habían llegado a tiempo a la meta, y el rango bajo que recibirían tras el examen ya parecía grabado en sus rostros. El olor a cremas recuperadoras, alcohol y goma quemada se mezclaba con el agotamiento, frustración y miedo, dejando un gran peso en el aire.

Sus ojos se desviaron entonces hacia el otro extremo del patio, donde Edrien, todavía con el cabello pegado por el sudor, hablaba en voz baja con Senna. Ella estaba sentada en el suelo, ajustándose un vendaje nuevo en el antebrazo, y él le ofrecía una botella de agua con un gesto que no tenía nada de su habitual arrogancia. Caelia recordó su comentario de antes en la carrera y, por un instante, se preguntó si esa forma de cuidar de Senna era la que escondía bajo toda su fachada competitiva. Apartó la mirada antes de que el chico levantara la cabeza.

Quince minutos. Eso fue todo lo que les dieron antes de que Tarren volviera a aparecer en el centro, su voz cortando el murmullo.

—Segunda prueba —anunció—. Combate uno contra uno. No basta con derribar a vuestro oponente; la victoria se concede cuando demostréis estar en posición de eliminarlo de forma decisiva. No hay límites de magia, pero sí de cordura: si un ataque pone en riesgo real la vida del contrincante, la descalificación será inmediata.

El estómago de Caelia se tensó. Sabía lo que podía pasar si dejaba que su magia se desbordara; una ráfaga demasiado fuerte, un impulso mal controlado… y todo podría acabar mal.

Un ayudante desplegó un pergamino y comenzó a leer los emparejamientos. Los nombres se sucedían entre rumores y miradas tensas:

—Ravik contra Edrien.

—Gosh contra Faen.

—Eilan contra Senna.

—Jorvik contra Haysen.

—Caelia contra… Varien.

El nombre resonó en su cabeza mientras avanzaba hacia el círculo de combate asignado. Apenas conocía a Varien más allá de entrenamientos grupales: alto y delgado, pero con hombros rectos y la postura de alguien que nunca baja la guardia. Tenía el cabello castaño recogido en una trenza corta que dejaba al descubierto un tatuaje de líneas curvas que le recorría la sien. Sus manos, descubiertas, mostraban nudillos marcados y cicatrices recientes.

Sonrió con apenas un movimiento de labios, sin enseñar los dientes, y en sus ojos oscuros había un brillo difícil de leer, la pura cordialidad y la advertencia caminando juntas.

Se colocó frente a ella, inclinando apenas la cabeza antes de que Tarren diera la señal. Caelia inspiró hondo, sintiendo el ruido de las gradas difuminándose, y se preparó para medir cada paso, cada ráfaga y cada golpe, sabiendo que un error podía costarle algo más que la ronda. En un destello fugaz, entre el público, distinguió al chico del pañuelo rojo. No sonreía esta vez; solo asintió una vez, aprobando que estuviera allí, o como si esperase algo de ella. Esa mirada le dejó un peso extraño en el pecho antes de volver a fijarse en Varien.

El círculo de combate se cerró alrededor de ellos con un silencio que no era completo, pero sí distinto: el rumor de las gradas se transformó en un cuchicheo expectante. Varien dio un paso al frente, su silueta alta y angulosa proyectando una sombra que casi tocaba los pies de Caelia. Vestía una chaqueta ligera sin mangas, dejando a la vista brazos fibrosos marcados por cortes viejos, y sus dedos jugaban con la empuñadura de una vara corta, ligera como el papel. Tenía ojos de un ámbar inquieto, midiendo cada respiración que ella daba cual dragón acechante.




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