Caelia se dejó caer en el banco, sintiendo cómo los vendajes del combate contra Varien tiraban un poco al rozar la madera. El calor que había quedado atrapado bajo la tela le escocía, y la ligera presión de las vendas por su cuerpo le recordaba los golpes recibidos. Haysen se dejó caer a su lado con un bufido breve, mientras un sanador inclinaba la cabeza para evaluar la zona amoratada de su costado y comenzaba a canalizar un hechizo de curación.
—Casi te parte en dos —comentó Caelia, con una media sonrisa cansada.
—Casi —replicó él, encogiéndose de hombros mientras el sanador apretaba—. Pero ya sabes que mi astucia siempre gana.
Eilan llegó poco después, sacudiéndose el sudor de la frente con la manga.
—Vaya espectáculo el tuyo, Haysen. Has confiado mucho en Tarren, imagína que no llega a tiempo.
—Era eso o que me recogieran en pedazos —dijo él, soltando un resoplido.
No hubo tiempo para mucha charla; en el círculo central, Tarren ya anunciaba el siguiente combate: Edrien contra Ravik. El murmullo se elevó, pero no por emoción: todos sabían que Ravik tenía pocas posibilidades.
El enfrentamiento duró menos de un minuto. Edrien avanzó con una agresividad quirúrgica, abriendo hueco con descargas rápidas y precisas. Ravik apenas tuvo ocasión de contraatacar; en un descuido, su vara salió volando y una corriente lateral lo derribó. El público apenas reaccionó antes de que Tarren proclamara la victoria. Edrien ni siquiera celebró. Caminó hacia el borde del círculo y, al pasar junto a Eilan, se detuvo lo justo para inclinar la cabeza con un gesto cortante.
—No te esfuerces demasiado, no te servirá de nada. Estoy deseando verte aplastada por Senna.
Eilan apretó la mandíbula, pero no respondió. Edrien siguió su camino hasta donde Senna esperaba su turno. Se agachó, le comentó algo al oído que nadie alcanzó a escuchar y le rozó la comisura de los labios con un beso breve, seguro, marcando territorio antes del combate. Senna sonrió apenas, sin apartar la vista del círculo.
*
Eilan giró sus cuchillas entre los dedos mientras cruzaba el círculo, sintiendo el peso familiar asentarse en su mano. El rugido de las gradas se apagaba en su cabeza, reducido a un rumor distante. Frente a ella, Senna avanzaba con la misma cadencia felina de siempre, la capucha echada hacia atrás, dejando que la luz perfilara un rostro pálido de facciones afiladas, ojos claros e intensos, y una belleza fría que parecía hecha para incomodar. Incluso ahora, con la tensión flotando como una cuerda tensa entre ambas, Eilan no pudo evitar reconocer que era jodidamente atractiva… aunque esa atracción se disolvía rápido al recordar lo peligrosa que podía ser.
Habían compartido entrenamientos, sí, pero sabía que aquello no tenía nada que ver. Aquí no habría pausas para corregir posturas ni advertencias amables de los instructores.
—No te contengas —indicó Senna, con un tono tan plano que no se sabía si era una orden o una burla.
El pitido sonó, y Eilan cargó primero. Un ataque alto, directo, buscando obligar a Senna a retroceder.
—¡Eres tú la que tiene que darlo todo! —espetó Eilan, descargando el golpe con fuerza.
Lo esquivó ladeándose apenas unos centímetros, y Eilan sintió el roce de la túnica al pasar.
—Sigues siendo demasiado lenta —susurró Senna, casi con aburrimiento.
Eilan contraatacó con una barrida baja, pero el filo chocó con algo que no estaba ahí: la silueta de Senna se disolvió humeando ante sus ojos.
—¿Pero qué…? —alcanzó a decir Eilan.
Un latigazo de dolor en el hombro le hizo girar bruscamente; Senna estaba a su flanco, retirando la vara con la que había dejado un corte limpio que ardía bajo la tela rasgada.
—Primer aviso —dijo Senna con calma—. No persigas lo que quieres ver.
Eilan apretó los dientes.
—Deja de esconderte.
Respondió con una ráfaga frontal, pero Senna la bloqueó con un muro de aire tan compacto que devolvió parte del impacto, haciéndole retroceder un paso.
—¿De verdad que eso es todo? —preguntó Senna, ladeando la cabeza—. Esperaba más de ti.
Senna no atacaba sin más: jugaba con ella, apareciendo y desapareciendo, dejando que Eilan la sintiera cerca solo para atacarla desde otro ángulo.
—¡Da la cara! —gruñó Eilan, girando sobre sí misma, frustrada.
—La estoy dando —canturreó Senna desde su espalda—. Solo que tú no sabes dónde mirar.
Cada golpe que recibía era como una invitación envenenada a perder la paciencia.
Eilan entendió que no podía seguir persiguiendo sombras. Plantó los pies, anclando su posición, y abrió sus sentidos al flujo del viento a su alrededor.
—Bien… —murmuró para sí—. Entonces juguemos a esto en serio.
Cada vez que Senna se desplazaba, un cambio imperceptible en la presión, una vibración mínima en el aire, la delataba. Cuando el siguiente ataque llegó, ya estaba preparada. Bloqueó con ambas cuchillas, impactando el metal con la vara haciéndole vibrar los huesos.
—Ahí estás —declaró Eilan entre dientes.
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Editado: 22.03.2026