La sala común estaba en penumbra, iluminada solo por el parpadeo de unas lámparas de aceite que proyectaban sombras largas sobre las paredes de piedra. Caelia, Haysen y Eilan habían arrastrado tres catres hasta colocarlos juntos, formando una isla improvisada en mitad del cuarto. El olor a ungüentos y hierbas llenaba el aire; los sanadores habían pasado hace poco, dejando vendajes limpios y frascos con tónicos amargos que ninguno de ellos tenía prisa por beber.
—Si Faen hubiera pensado un pelín más... Gosh no le habría ganado —comentó bajito Haysen, estirando las piernas mientras Eilan le palpaba el costado para comprobar que no hubiera costillas rotas.
—O si Jorvik hubiera tenido menos ganas de matarte —replicó Eilan con media sonrisa, sentada al borde del catre, girando entre los dedos una venda sobrante—. ¿Qué demonios le dijiste?
—Nada que no supiera ya —respondió Haysen, encogiéndose de hombros, aunque una mueca le delató cuando el Eilan le apretó un punto sensible.
Caelia, tumbada boca arriba con el brazo izquierdo vendado desde el hombro hasta la muñeca, escuchaba más que hablaba. La conversación iba saltando de un combate a otro, pero siempre regresaba al mismo punto: la última prueba.
—Fuera de las murallas… —divagó Eilan finalmente, rompiendo el silencio que había caído por unos segundos—. Ni siquiera sabemos qué hay más allá de las primeras colinas.
—Y cerca de la Grieta —añadió Haysen, bajando la voz, convencido de que el simple nombre podría atraer algo indeseado.
Caelia giró la cabeza hacia ellos, lanzando una frase que ni ella se creía:
—No vamos a llegar a la zona crítica. Lo dijo Tarren.
—Sí, pero… —Eilan frunció el ceño—. “Cerca” no me suena tranquilizador.
Pasaron un rato compartiendo teorías y estrategias. Que si ir en grupo o separarse para cubrir más terreno, atacar rápido a quien encontrara una insignia o centrarse en buscar sin meterse en peleas. Cada propuesta chocaba con otra, y al final, ninguna parecía perfecta.
Caelia apenas intervino, atrapada en la imagen del chico del pañuelo rojo y en sus palabras: “No guardes lo que tienes dentro”. No sabía si era un consejo, una advertencia o una provocación, pero llevaba horas repitiéndose en su cabeza. ¿Y si en medio de la prueba perdía el control? ¿Y si lo que tenía dentro no solo salía… sino que no podía volver a meterlo? Y si la Herida lo alteraba, lo despertaba de alguna forma, amplificando su magia más allá de lo que pudiera controlar… ¿No sería más seguro dejarlo salir allí, donde no habría límites, o era precisamente el peor lugar para hacerlo?
Un par de bancos más allá, Edrien y Senna conversaban en voz baja. Él, recostado con aparente paz, giraba un trozo de cuerda entre los dedos; ella, sentada con la espalda recta, escuchaba sin dejar de revisar el filo de su vara. Hubo un momento en que Edrien sonrió pícaramente, le dijo algo que Caelia no alcanzó a oír, y Senna le devolvió una mirada que no era ni aceptación ni rechazo, sino un silencio medido, un pacto no dicho entre ambos.
En cambio, Gosh no encontraba paz en ningún sitio. Caminaba de un lado a otro, sollozando la misma frase una y otra vez: “No voy a fallar, no voy a fallar, no voy a fallar…”. Tenía los nudillos blancos de apretar la vara y la mirada perdida, intentando convencerse a sí mismo antes que a cualquiera que pudiera escucharlo.
Finalmente, las conversaciones se apagaron poco a poco. Algunos se recostaron, otros se quedaron mirando el techo sin parpadear, atrapados en pensamientos que no se atrevían a decir en voz alta. La tensión de la jornada aún pesaba en el aire, mezclada con la ansiedad por lo que les esperaba. El cansancio terminó por vencerles uno a uno, aunque ninguno durmió del todo tranquilo. Afuera, la noche avanzaba en calma, paciente ante la llegada del amanecer.
*
El cielo, aún teñido de gris, no trajo alivio y parecía arrastrar el peso de lo que estaba por venir. El patio central estaba casi en silencio, roto solo por el roce de botas contra la piedra y el murmullo grave de los instructores preparando las monturas y los equipos.
Caelia, Haysen y Eilan se reunieron junto al punto de salida, cada uno ajustando vendajes y comprobando el estado de sus armas. El aire frío de la mañana les mordía la piel, y el olor a metal y cuero recién engrasado se mezclaba con el de la humedad.
Uno a uno, los nombres de los participantes fueron llamados para formar la fila. Pero cuando llegó el turno de Gosh, nadie se movió. Un murmullo recorrió a los presentes; Tarren esperó un par de segundos más antes de anotar algo en su tablilla.
—Gosh queda descalificado—anunció, su voz sin concesiones.
Caelia buscó entre los rostros de la multitud, pero no lo vio. Edrien soltó un breve bufido, ya que aquello parecía no sorprenderle en absoluto. Algunos aprendices intercambiaron miradas tensas; uno menos en la partida no significaba más seguridad, solo un recordatorio de que no todos tenían el valor, o la temeridad, de dar ese paso.
—Preferiría que estuviera —murmuró Haysen, ajustándose la correa de la vara—. Cuantos más seamos, más fácil será cubrirnos las espaldas.
Edrien, que había escuchado, se giró con una sonrisa cargada de desdén.
—Mejor así. Ese cobarde solo habría estorbado. Y cuando alguien lo hace ahí fuera… no vuelve.
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Editado: 22.03.2026