Reanudaron la marcha, pero el terreno parecía cambiar a cada pocos pasos. El cielo, antes gris pálido, adoptó un tinte verdoso, y una ráfaga cálida les azotó el rostro, seguida apenas unos segundos después por un viento helado que les caló hasta los huesos.
—¡Mierda! Es imposible adaptarse a este terreno —gritó Haysen, frotándose los brazos.
—Estamos acercándonos —dijo Senna sin volverse, con un tono más serio que de costumbre.
Caelia notó algo extraño: el suelo bajo sus botas era de grava un instante, y al siguiente, de hierba húmeda; habían cambiado de lugar sin moverse. Un murmullo llegó a sus oídos, voces lejanas que no podía entender, pero que parecían llamarla por su nombre. Tragó saliva y parpadeó, y la visión se deshizo, devolviéndole el paisaje de antes.
—¿Alguien más… ha oído eso? —preguntó.
—No pares —fue lo único que dijo Edrien, caminando más rápido.
Entonces la niebla se espesó, y en ella aparecieron sombras que no tenían forma fija. Caelia parpadeó… y vio a Eilan y Haysen, desplomados en el suelo, inmóviles, con la arena de Kaerun manchada de sangre bajo ellos. El corazón le dio un vuelco. Cuando intentó correr hacia ellos, las figuras se disolvieron como humo.
—¡Caelia! —la voz real de Haysen rompió el hechizo, y al girarse lo vio intacto, mirándola con extrañeza.
Más adelante, Edrien se había detenido en seco. Tenía los puños cerrados y la respiración agitada, como si luchara contra algo que solo él veía.
—Es un truco, joder… no es real —gruñó, sin dejar de mirar un punto vacío.
Pero no todos podían apartar la vista. Eilan quedó clavada en el sitio, la expresión endurecida, y Senna tuvo que sacudirla del hombro para que reaccionara.
Consiguieron reagruparse, arrastrados por un hilo invisible de conciencia compartida. Nadie habló al principio; el silencio pesaba, cargado de una mezcla de asombro y temor. Cada uno procesaba lo que había visto, las imágenes fragmentadas que parecían susurrar verdades que no estaban preparados para escuchar.
Un nuevo sonido cruzó la niebla, más claro esta vez. De pronto, las siluetas de dos figuras comenzaron a materializarse entre los jirones grises. La primera era alta y delgada, pero lo que más heló la sangre de Caelia fue su rostro… o, mejor dicho, la ausencia de él. Un vacío liso, sin ojos ni boca, apenas interrumpido por leves ondulaciones que parecían moverse al ritmo de una respiración descoordinada. Sus movimientos eran lentos, casi perezosos, pero cada paso dejaba un rastro de vacío en el aire, un silencio absoluto en el que incluso el viento se apagaba. Caelia sintió un tirón invisible en su interior.
El segundo caminaba a su lado, y a simple vista podía pasar por un humano… hasta que fijabas la mirada demasiado. Sus facciones eran correctas, pero cambiaban con cada parpadeo, ajustándose, probando formas distintas buscando la que más les inquietara. Sus ojos, demasiado oscuros, no parpadeaban. Una sonrisa fina le partía el rostro, pero no transmitía alegría, sino un hambre fría y calculadora.
Ninguno de los dos llevaba armas visibles. El aire a su alrededor se sentía más pesado, y deformaban la realidad con cada paso.
—¿Qué demonios…? —exhaló Haysen, apretando más fuerte la vara.
Caelia no respondió. Tenía la sensación de que, si se movía demasiado rápido, esas cosas fijarían toda su atención en ella.
Edrien volvió a ser el primero en dar un paso al frente, los vórtices aéreos chisporroteando entre sus manos, lanzando una descarga que iluminó la niebla. El relámpago impactó de lleno en la criatura alta… y se desvaneció antes de atravesarle, absorbido por un vacío invisible.
—¡¿Pero qué hos…?! —escupió, retrocediendo un paso. Notaba el peso en los brazos, la energía drenándose sin que pudiera evitarlo.
El pequeño permanecía inmóvil a pocos metros, inclinado apenas hacia ellos. No atacaba, pero cada segundo que pasaba cerca de ellos más costaba respirar y más flojas se volvían las piernas. Fue el humanoide quien se lanzó a matar, moviéndose con una velocidad que hacía imposible seguirle el rastro. Caelia apenas pudo alzar un escudo antes de que su garras chocaran contra Haysen, que devolvió el golpe con una ráfaga violenta. Eilan trató de rodearlo por un flanco, pero la criatura se giró con un ángulo antinatural y la obligó a retroceder.
El aire se llenó de chispas, ráfagas y golpes secos, cada impacto vibrando en los huesos. El enemigo no tanteaba terreno: cada embestida buscaba una apertura mortal. Haysen lanzó una corriente en espiral para ganar espacio, pero la criatura la cortó con un giro seco de su mano negra, la magia disipándose como humo. Senna intentó un contraataque desde su flanco, bajando la vara en un arco que habría partido en dos a cualquier humano, pero la criatura atrapó el golpe con una mano y la empujó hacia atrás con fuerza inhumana.
Caelia apenas podía seguir el movimiento, sus ojos saltando de un punto a otro mientras el enemigo parecía multiplicarse con cada cambio de dirección.
Haysen se colocó delante de Senna, bloqueando un tajo descendente que lo empujó hasta hincar una rodilla en el suelo. Eilan intentó cubrir el hueco desde la derecha, lanzando una ráfaga cortante, pero el monstruo esquivó con un salto y aterrizó frente a ella en un latido. El corte bajaba como un trueno, destinado a abrirle el pecho. Edrien lo vio y no dudó: un rugido, un paso al frente, y su vara interpuesta entre la hoja y Eilan. El golpe atravesó la defensa, hundiéndose en su pecho y lanzándolo varios metros hacia atrás. Se estrelló con un golpe seco contra la roca, el aire expulsado de sus pulmones en un jadeo doloroso.
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Editado: 22.03.2026