El Corazón de los Ocho: bajo la sombra y la llama

Capítulo 14

Un altar resquebrajado erguido entre ruinas. Tierra teñida de rojo y un cielo cargado de cenizas que caían formando lluvia espesa, gotas negras que arrastraban brasas y polvo. Todo estaba envuelto en llamas anaranjadas y sombras que absorbían la luz. Se alzaban rostros difusos marcados con odio y lágrimas. Caelia sintió su dolor, su determinación. Quiso gritar, advertirles, pedirles que se detuvieran, pero su voz no salió. De repente, dos se giraron hacia ella al mismo tiempo. Sus labios se movieron en silencio, pronunciando una palabra que no pudo entender. La visión se quebró en un estallido blanco.

*

Las campanas de Alta Torre no sonaban con tal violencia desde la antigua Guerra. Nadie tenía respuestas claras; instructores corrían de un extremo a otro, mensajeros entregaban ordenes contradictorias y los sonidos de alerta repicaban sin descanso, convocando al consejo de Pilares. Darek Riven lo supo incluso antes de escuchar las señales de viento. Avanzó entre el tumulto hacia el balcón, observando a la Guardia de Corriente, soldados del Ejército del Viento, Rastreadores, instructores veteranos y personal del departamento de Rutas, Defensa y Vigilancia intercambiar reportes con rostros marcados por un miedo que trataban de disimular.

Desde la terraza circular superior, la ciudad se extendía sobre la reciente niebla en una red de plataformas brillantes y puentes suspendidos, que vibraban con cada ráfaga de viento. Los cristales de anclaje parpadeaban con un titileo irregular: señal inequívoca de que incluso los cimientos de Kaerun estaban perdiendo el compás. A su alrededor, los miembros del Consejo de Instructores discutían en un hervidero de voces, y cada palabra parecía más frágil que la anterior.

—No son magias comunes —advirtió Arenya, con la mirada clavada en la Grieta distante—. Lo que hemos visto hoy no pertenece a ninguna Era registrada.

Darek inclinó la cabeza hacia ella. Había pasado años perfeccionando la costumbre de escuchar sin interrumpir, de dejar que los demás se contradijeran antes de soltar su propia verdad. Sus compañeros intercambiaban información con rapidez: mapas, listas de alumnos, posibles rutas de escape. La tensión era palpable porque un solo error podía costarles la mejor generación de aprendices.

—¿Cuántos? —preguntó finalmente, ajustándose el chaleco de cuero y cruzando los brazos.

—Dos…tal vez tres al sur de la Grieta, ambos en la zona de pruebas —respondió Lyra, aún pálida—. Y no eran meras sombras. Tenían… forma.

El cuchicheo recorrió la sala y las palabras quedaron suspendidas, cargadas de significado. Forma. Humanos que no eran humanos. Cáscaras con gesto, hueso y brillo extraño en los ojos, criaturas que imitaban a los vivos, hechos de carne y éter. Recordó las viejas historias de los Parásitos, Asimilados y... los Devastadores. Había pensado que eran mitos para asustar aprendices, fábulas sobre los horrores que aguardaban más allá de la Grieta. Ahora, al ver los rostros asustados de los instructores, comprendió que los mitos habían sido un recuerdo esperando su momento.

La voz del instructor Tarren se alzó, grave y metálica:

—Localicen a los alumnos. ¡Todos! Que nadie se quede fuera.

La orden bastó para romper el ultimo hilo de contención y el consejo se puso en marcha. Cada maestro tomó rumbo hacia su unidad. Darek no necesitó escuchar más, descendió por las escaleras de piedra hacia la plataforma inferior, donde su dragón lo esperaba con las alas recogidas, atado con cadenas mágicas que vibraban con cada rugido. Era un leviatán de escamas negras y filos plateados, con los ojos color a brasas recién avivadas. Al verlo, sintió ese golpe familiar en el pecho de que montar a un dragón era lo más cercano que un hombre podía estar de la muerte y seguir sonriendo.

—Trystan —susurró, acariciando la línea áspera de su cuello—. No vamos a llegar tarde, ¿verdad?

Se montó de un salto, el chaleco agitando sus bolsillos cargados de trampas y armas arcanas. El viento rugió cuando las alas se desplegaron, golpeando las nubes con un sonido de trueno. Desde el aire, la extensión de la ciudad se reveló: terrazas suspendidas, puentes que temblaban con el tráfico de caballos y monturas menores, dirigibles encendiendo sus velas de viento para unirse a la misión, guerreros montados en wyvern siguiendo rutas paralelas. El Valle del Eco brillaba con un resplandor antinatural, el cielo y tierra eran un enjambre de figuras movilizándose hacia el sur.

Atravesaron la línea superior de nubes, ganando altitud para observar la zona cero. Desde esa altura, alcanzó a distinguir la línea de combate. Las figuras endemoniadas ganaban terreno rápidamente y los aprendices retrocedían a duras penas. Estaban a segundos de ser aniquilados.

—¡Joder! Aprieta Trystan —rechistó nervioso—. ¡Los vamos a perder!

Un resplandor comenzó a crecer. Primero fue un parpadeo, luego, un impulso que deformó el horizonte. El estallido llegó emulando un estruendo mudo. El suelo y cielo vibraron, y una columna de luz blanca brotó cerca de la Grieta, arrasando estructuras y terreno, borrando todo lo que estaba a su alcance como si fuera polvo. La onda expansiva sacudió al animal en pleno vuelo, obligando a Darek a aferrarse a las riendas y clavar las botas en la montura. Cerca suya, otros jinetes daban giros bruscos para no perder el control, mientras los dirigibles eran sacudidos como hojas en un vendaval. Los caballos luchaban por mantense en pie y corrían erráticos. Por unos segundos, la brisa no arrastró sonido y los objetos no proyectaron sombra.




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