—No podemos ignorarlo. Dos criaturas surgieron de la Grieta y cinco de nuestros mejores aprendices casi pierden la vida. El suelo aún está caliente en la zona cero y nuestros exploradores no saben qué diablos enfrentamos.
La voz de Iren Halvek retumbó en la sala, grave y sin necesidad de elevarse. Permanecía de pie, los brazos cruzados sobre su pecho ancho, como un comandante que aún se encontraba en medio de la batalla. La cicatriz en su mentón brillaba bajo la luz que entraba por los ventanales altos de la cámara del Concilio, y la postura rígida no admitía réplica. El viento silbaba entre las columnas, un murmullo constante que parecía escuchar cada palabra pronunciada en la sala circular. En el centro, una mesa de piedra pulida reflejaba la luz con un brillo metálico.
Velesa, a su derecha, se mantuvo erguida, con la espalda recta y la mirada inalterable. Sus dedos entrelazados descansaban sobre la mesa, tensos pero firmes.
—Lo peor no es que aparecieran, lo peor es que nadie lo anticipó. —Su voz no tembló, pero dejó que el reproche flotara en el aire—. ¿Dónde estaban nuestras predicciones? ¿Nuestros vigías? Nadie nos advirtió que la Grieta estaba tan debilitada.
En el extremo opuesto, Arven parecía ajeno a la tensión. Bajo, de hombros anchos y vientre redondo, desmigaba un pedazo de pan con la calma de quien no tiene nada que temer, la túnica clara arrugándose sobre su cuerpo pesado. A ojos de cualquiera podía pasar por un hombre corriente, casi doméstico, con ese rostro bonachón enmarcado por una barba salpicada de gris. Pero Velesa e Iren lo conocían. Detrás de esa fachada latía la mente más aguda del Concilio de la Brisa.
Solmaar, como a él le gustaba que lo llamaran, era el Guardián del Viento Silente, descendiente de los antiguos líderes de magia pura y dueño de conocimientos tan viejos como las murallas del Bastión. Sus ojos, de un azul acerado que brillaban cuando nadie lo observaba, no la engañaban. La estudiaban ahora con la precisión de un escriba que detecta un error en un cálculo.
—La pregunta correcta no es dónde estaban nuestros vigías —dijo con un tono suave, casi distraído—, sino quién deseaba que no viéramos nada.
Iren giró la cabeza hacia él, frunciendo el ceño.
—¿Insinúas sabotaje?
—Insinuó que los mitos suelen esconder verdades incómodas —contestó Arven, llevándose una miga a la boca—. Y que ahora una niña ha liberado un poder que no figura en nuestros registros. Eso no es casualidad.
El nombre no fue pronunciado, pero todos sabían a quién se refería.
—Caelia —dijo Velesa finalmente, dejando escapar el nombre con cálculo, aunque no sin cautela—. Ardenthal ya exige explicaciones. Han enviado emisarios esta misma mañana.
—Los del Fuego siempre ansiosos por meter la nariz en lo que no comprenden —gruñó Iren, golpeando la mesa con el puño cerrado—.
Arven alzó la vista hacia él. No dijo nada, solo lo miró. Bastó para que el veterano, curtido en batallas y cicatrices, rectificara su postura como un soldado sorprendido en falta. Velesa observó aquel gesto con una punzada de irritación: podía parecer un hombre corriente, pero dominaba la sala sin levantar la voz.
—Hablaremos con los emisarios de Ardenthal —dijo al fin con una sonrisa vacía, limpiándose las manos de migas con un movimiento tranquilo—. Les diremos que la situación está bajo control y que deseamos una reunión directa con Docsan. Su líder querrá escuchar explicaciones de primera mano.
Velesa entrelazó los dedos con más fuerza. La palabra "explicaciones" nunca significaba lo que parecía.
—Y sobre la explosión —continuó Arven, sin dejar espacio a interrupciones—, no mencionaremos a la aprendiz. El poder de esa niña queda bajo secreto, como lo ocurrido con el desgraciado de Ruvan. Ella puede convertirse en un arma si las circunstancias lo exigen algún día, y encontrará los fragmentos.
Velesa no se movió, pero sintió cómo cada palabra se clavaba en ella con el peso de una decisión irrevocable.
Arven ladeó la cabeza hacia ella, con una sonrisa breve y cortante.
—Ya imagino quién podría acompañarla. Nuestro buen Darek Riven. —Sus ojos chispearon, maliciosos—. Después de todo, no solo tiene talento como instructor. También conoce bien tu… disciplina, Velesa.
El silencio que siguió fue tan nítido que hasta el viento que entraba por los ventanales pareció detenerse.
*
Habían pasado dos semanas desde la explosión, pero Caelia aún sentía que estaba cubierta de polvo por toda la piel. Las paredes de su casa, antes un refugio, le parecían más estrechas, como si no pudieran contener todo lo que había ocurrido. Aun así, agradecía estar allí y no en una camilla fría de Torre.
Su madre caminaba ya sin muletas. La pierna, que durante semanas había sido una cadena, respondía mejor gracias a los sanadores. Ahora se movía por la cocina con una taza humeante en las manos, el olor a hierbas llenando la sala.
—No deberías forzarte tanto —dijo su padre desde la mesa, aunque ni siquiera levantó la vista del cuchillo con el que cortaba pan—. Aún no estás del todo curada.
—Estoy mejor que nunca —se defendió su madre, dejándole la taza delante—. Y no pienso quedarme sentada viendo cómo todo el peso de la casa cae sobre ti.
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Editado: 05.04.2026