La decisión la había tomado en silencio. Sus padres dormían y sus amigos ya se habían marchado. Pero la pregunta seguía clavada en su pecho: ¿qué había hecho realmente aquel día? ¿Qué era lo que corría por su sangre?
En Torre, antes de salir, Riven le había prometido que volverían a verse. Que le daría respuestas.
Lo buscó en el punto acordado, en la terraza más baja de la muralla. Allí estaba, esperándola con esa sonrisa intrigante. La figura del instructor se recortaba contra la bruma, el chaleco de cuero oscuro ajustado al torso, las manos firmes sujetando las riendas de la criatura que rugía con impaciencia.
El dragón era muchísimo más grande de lo que Caelia creía, enorme comparado con Nagal. Escamas negras recorridas de vetas plateadas que parecían arder bajo la luz de la luna. Sus alas, plegadas en ese momento, aún proyectaban sombras gigantescas sobre el suelo. Los ojos, dos brasas encendidas, se posaron en ella.
—¿Lista? —preguntó Riven, girando apenas la cabeza.
Caelia tragó saliva, sus dedos tensándose sobre la tela de su capa verde.
—Necesito respuestas.
Él asintió.
—Móntate. Trystan no te hará nada, no a menos que se lo ordene.
La ayudó a subir. El cuero de la silla se sentia frio en sus manos, y el calor que desprendía el cuerpo del dragón le recorrió las piernas. Cuando Riven se acomodó delante de ella y chasqueó las riendas, el pañuelo de su brazo le rozó la piel. Las alas se abrieron con un estruendo que le golpeó las entrañas.
El mundo se disipó a los pies de ellos. La ciudad de Kaerun se redujo a luces parpadeantes entre la niebla, como brasas flotando en el humo, y más allá, las montañas emergieron con sus picos negros recortados contra un cielo lleno de nubes desgarradas. Era la primera vez que Caelia volaba, que volaba tan alto, y la sensación le atravesó el estómago: no era vértigo, era algo más, una mezcla de terror y asombro que le erizaba la piel. Desde allí arriba podía ver las terrazas de la ciudad cual anillos superpuestos, los dirigibles anclados balanceándose como juguetes, y los caminos de viento que los vigías solían trazar solo en mapas ahora estaban vivos ante ella.
El aire era frío y salvaje, rugía contra sus mejillas y le arrancaba mechones de cabello, pero no apartaba la mirada del horizonte. Había destellos en la distancia: rayos atrapados en nubes lejanas, grietas de luz que cruzaban la superficie de la tierra flotante. Todo lucía más vasto, más terrible y hermoso a la vez.
Así se sentía él.
La certeza le atravesó sin avisar, pellizcando su interior. Thennan, de pie en la proa de su primera nave, riéndose contra el viento, con esa forma tan suya de mirar el mundo. Él ya había estado allí arriba, había visto lo mismo…incluso más. Ojalá pudiera contarle la sensación de montar un dragón por primera vez.
El chico la apretó con el brazo libre contra su costado, asegurándola con firmeza para que no se deslizara. No le dijo nada, pero ese gesto bastó. Parecía que había leído su mente. Caelia se aferró a él y sintió que la nostalgia, aunque no desaparecía, se hacía más llevadera. El calor de su cuerpo y la seguridad con la que manejaba las riendas la anclaban, como si él pudiera contener el vacío para que ella no cayera. Por primera vez en mucho tiempo, no se sintió sola frente a lo que venía.
Volaron durante lo que pareció una eternidad, hasta que Riven señaló un risco apartado. Una cueva se abría en la roca, oculta tras una cascada y cortina de musgo.
—Te presento mi hogar —dijo él al descender.
Trystan aterrizó con un golpe sordo, doblando las alas. Caelia se deslizó con torpeza hasta el suelo, aún temblando por la mezcla de vértigo y expectación. El viaje se le había hecho demasiado corto; una parte de ella deseaba seguir volando, perderse en la inmensidad del cielo y sentir una vez más el calor del dragón y la presión fija del brazo de él manteniéndola segura. Esa protección le había resultado tan extraña como reconfortante. Y no había sentido miedo, solo la evidencia de que allí arriba con él todo podía ser distinto.
La entrada de la cueva estaba marcada por runas antiguas, grabadas a medio borrar, que habían resistido siglos de viento y agua. El instructor apartó un manojo de hiedra y le hizo un gesto para que pasara primero.
—Aquí estás a salvo —añadió, con un tono que no admitía réplica.
Caelia cruzó el umbral. La oscuridad olía a piedra húmeda y fuego viejo, y aunque la alarma seguía allí, en el fondo, supo que había dado el paso correcto.
Se detuvo unos pasos después de cruzar, dejando que sus pupilas se acostumbraran a la penumbra. No era la cueva húmeda y áspera que había imaginado antes de entrar. El interior estaba iluminado por varias lámparas de cristal, incrustadas en soportes de hierro, desprendiendo una luz cálida y constante. Aquel lugar olía a leña recién encendida y a especias secas, una mezcla reconfortante que contrastaba con la humedad cortante del exterior.
El suelo estaba cubierto en parte por pieles curtidas y alfombras deshilachadas, dispuestas sin orden, pero suficientes para dar la impresión de un lugar vivido. A un lado, cerca de la pared, se alzaba una estantería improvisada con tablones irregulares. Sobre ella descansaban pequeños objetos que llamaron su atención: una máscara de hueso pintada con símbolos que no reconocía, un trozo de escama azulada del tamaño de su mano, un puñado de monedas extranjeras gastadas por el tiempo... Pero había más. En un rincón, un arco con el cordaje suelto descansaba junto a una aljaba vacía. Encima de una mesa baja, un mapa de Kaerun marcado con trazos de tinta desvaída, tachones y rutas que aparentaban borrarse y reescribirse sobre sí mismas. En la pared, una daga curva estaba incrustada en un madero, justo debajo de un amuleto de obsidiana que reflejaba la luz con un brillo sombrío.
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Editado: 19.04.2026