El silencio de la casa debería haberle traído calma, pero cada palabra de Darek retumbaba en su cabeza impidiéndole dormir. Los fragmentos. La desconfianza hacia los líderes de Kaerun. Lo que él le había dicho podía ser verdad… o podía ser solo otra versión de una mentira más grande.
Giró de lado, apretando la almohada contra el pecho. ¿Qué clase de relación tenía Darek con Velesa? Había algo cuando hablaba de ella, algo que se notaba incluso en el modo en que evitaba dar detalles. Si no podía confiar en los altos cargos… ¿podía confiar en él?
Se mordió el labio, sobre pensando lo que había ocultado. Los sueños tan reales y presenciales. Esas figuras que intentaban hablarle en la penumbra, voces sin rostro que parecían conocerla mejor que ella misma. El recuerdo de Ruvan, aún nítido, le quemaba la memoria: Ella… ya no duerme.
¿A quién se refería? ¿Tendría que ver con la portadora de Fuego y lo que hablé con mis amigos? La historia decía que ella y el portador de la Oscuridad fueron los culpables de la Herida. ¿Y si seguía con vida escondida en algún lugar? ¿Qué sabían los parásitos de ella? ¿Y si fue ella quien los envió?
El recuerdo de su visita a los Artesanos de la Niebla se mezcló con ese pensamiento. Sus voces habían sido apenas monosílabas, frases huecas que sonaban más a acertijos que a respuestas. “Ella… camina bajo tierra. Aún no ve, pero siente.” Un escalofrío le recorrió la espalda.
Se tapó la cara con el dorso de la mano. Estaba cansada, agotada, pero el sueño se resistía. Sabía que, tarde o temprano, tendría que contárselo a Derek. Pero aún no. No cuando ni siquiera estaba segura de qué era real y qué estaba inventando su propia mente. ¿Y si él sabía más de lo que dejaba ver? Tal vez él guardara secretos de la antigua historia, de los portadores y de la Herida, y en ellos estuviera la clave para empezar a comprender todo esto. Pero no podía hablar de esto con Haysen ni con Eilan, no todavía. Ellos no sabían nada de su encuentro con Darek, ni de lo que él le había confiado. Si intentaba compartirlo ahora, solo añadiría otra carga sobre sus hombros
El viento golpeó suavemente contra la ventana, arrastrando un crujido que le hizo contener la respiración. Por un instante, creyó escuchar su nombre en el aire.
*
La luz de la mañana entraba por las ventanas de su casa, demasiado clara, demasiado viva para lo que sentía en su interior. Había quedado con Haysen y Eilan en la plaza cercana antes de subir juntos a Torre, y aunque se alegraba de verlos, la inquietud le atenazaba las costillas cual cinturón estrecho.
Los encontró sentados en un banco, encogidos sobre sí mismos hablando en voz baja. Haysen fue el primero en levantarse al verla, su sonrisa era leve, forzada, cargada aún de cansancio. Llevaba la chaqueta de gala, los bordados dorados recién planchados, pero bajo la tela se intuía que la herida del costado seguía doliéndole. Eilan, en cambio, parecía incapaz de estarse quieta. Jugaba con los pliegues de su falda, enredaba los dedos en su trenza y luego la soltaba con un bufido de frustración, sin saber qué hacer con sus manos. Sus mejillas tenían ese rubor que siempre aparecía cuando estaba nerviosa
—Al fin —dijo Haysen, buscando sonar ligero—. Pensé que llegarías tarde.
Caelia esbozó una sonrisa fugaz, más débil de lo que pretendía.
—No se puede faltar a esto.
Se sentó junto a ellos, pero su cuerpo se mantuvo rígido, la espalda demasiado recta, los dedos enlazados en su regazo. Escuchaba cómo hablaban de Edrien, de cómo había mejorado en las últimas semanas y de que Senna no se había separado de su lado. Eilan, al mencionarlo, no pudo evitar sonrojarse de nuevo, y sus dedos volvieron a buscar su trenza. Eso arrancó una mueca divertida de Haysen.
—No empieces —le reprochó, sin mirarlo directamente.
—¿Yo? —Haysen alzó las manos en fingida inocencia, pero la chispa en sus ojos era imposible de disimular—. Solo digo que hasta alguien como Edrien puede mejorar con la motivación adecuada.
Fingió reír con ellos y entrar en su juego, pero por dentro no estaba ahí. Su mente volvía una y otra vez a la conversación con Riven, a lo que significaba la graduación, a lo que se avecinaba después. Cada gesto de sus amigos, cada palabra, le recordaba lo mucho que perdería.
—Cael, ¿estás bien? —preguntó Eilan de pronto, ladeando la cabeza hacia ella con esa mezcla de dulzura y preocupación que siempre la hacía sentir observada de más—. Estás muy callada.
Parpadeó y forzó otra sonrisa.
—Sí. Solo… pensando en lo que viene. Muchas cosas que asimilar en poco tiempo.
No era mentira. Pero tampoco era la verdad.
El silencio se prolongó hasta que Eilan, a fin, dio voz a sus pensamientos tras un suspiro.
—Estamos raros, nos noto…diferentes. —Las pupilas le brillaban, entre preocupación y cansancio—. Después de lo que pasó… no sé, parecemos tensos, y ya no nos siento igual que antes. No como los amigos de siempre.
Caelia levantó la vista hacia ella. Había algo de verdad en sus palabras, algo que le pinchaba por dentro.
—Eilan… —empezó, pero la interrumpió con un gesto enérgico.
—Lo que quiero decir es que debemos seguir unidos. —Se inclinó un poco hacia los dos, asegurándose de que la escuchaban—. Investigar, descubrir lo que está pasando, como en los viejos tiempos. ¿Os acordáis? Fuimos a ver el callejón, a los Artesanos, a casa de Haysen…—sonrió con un deje de nostalgia—. Pues igual, pero ahora con algo mucho más grande entre manos. Tenemos a tiro investigar Torre y descubrir qué demonios pasa.
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Editado: 19.04.2026