El Corazón de los Ocho: bajo la sombra y la llama

Capítulo 19

La reverberación del mazo contra la mesa de piedra anunció el inicio de la ceremonia. Los escribas comenzaron a leer nombres, y los primeros aprendices avanzaron hacia el centro de la sala, inclinándose ante los Pilares para recibir sus rangos. Sus voces repitiendo los juramentos se mezclaban con los aplausos de familiares y compañeros.

Caelia mantenía la vista fija en la espalda del aprendiz que hablaba frente al estrado, pero en realidad no escuchaba nada. Las palabras del discurso de Halvek seguían golpeándole en la cabeza, cada mentira disfrazada de verdad.

—¿De verdad esperan que me trague esa versión? —murmuró Haysen a su lado, cruzando los brazos bajo la chaqueta ceremonial. Sus ojos recorrían el salón buscando confirmación en algún rincón.

Eilan habló tapándose la boca con la mano.

—¿Pero has visto sus caras? Están todos de acuerdo. ¿Qué diablos pasa?

Haysen resopló, un ruido breve que provocó el reproche de un instructor cercano.

—Criaturas mutadas por el clima. Qué conveniente.

Caelia apretó los labios. No dijo nada al momento, pero ella sabía más. Lo que había visto en la Herida, lo que Darek le había revelado sobre la batalla y su magia. El silencio entre ellos la destrozaba.

—No eran simples criaturas —escapó de sus labios.

Eilan giró la cabeza hacia ella, sorprendida. Sus ojos brillaron con una chispa de ansiedad.

—¿Qué? ¿A qué viene eso?

Caelia vaciló. Podía contarles, hablarles de los Parásitos, del poder que había salido de su interior… pero las advertencias de Riven habían sido claras. Bajó la mirada, alisando las arrugas de su túnica con las palmas para ganar tiempo.

—Lo único que sé es que no se parecían a nada de lo que nos enseñaron en clase —respondió al fin, dejando que sonara incompleto.

Haysen inclinó el torso hacia ella, su ceño marcado en una línea dura.

—Lo dices como si hubiera más.

—Porque lo hay, ¿verdad, Cael? —interrumpió Eilan, cruzándose de brazos con un chasquido suave de tela—. No se destroza a cinco aprendices con rumores y excusas. Nosotros estuvimos allí, ¡lo que vimos!

La voz de un escriba retumbó al frente, proclamando “Practicante” sobre otro nombre. El aplauso ritual llenó el aire unos segundos, solo para apagarse rápido.

Tenía la garganta seca. En Eilan vio desconfianza hacia los líderes, en Haysen, rabia acumulada. Y ella, en medio, cargaba con respuestas que no podía compartir.

—Lo que importa ahora es que estamos juntos aquí —dijo, intentando poner firmeza en sus palabras —. Y que pronto sabremos qué esperan de nosotros.

Eilan soltó una risa nerviosa.

—Sí... Que seamos héroes de Kaerun, ¿no? —se encogió de hombros, pero la ironía en su tono era tan afilada que dolía.

Haysen la miró de reojo, pero no replicó. Solo cerró los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

*

El nombre de Caelia resonó en la sala.

Se puso en movimiento sin pensar, los pies llevándola al centro antes de que terminara de salir del bucle en el que llevaba los últimos minutos. El escriba la esperaba con el pergamino extendido, inexpresivo. Los Pilares la observaban desde el palco con calma y una sonrisa viperina.

—Caelia Venir. Por los méritos demostrados durante la prueba de la Grieta y en consideración a vuestro desarrollo como aprendiz… —el escriba hizo una pausa breve, imperceptible— se os asigna el grado de Vigilante.

No se movió.

Vigilante.

Lo repitió en su cabeza una vez, dos. Buscó algún motivo que se le estuviera escapando y no lo encontró. Después de todo lo que había ocurrido en la Herida, después de lo que había salido de ella, de lo que había visto y sobrevivido, le daban un rango más bajo de lo esperado.

Inclinó la cabeza ante los Pilares porque era lo que tocaba, y volvió a su sitio con la mirada perdida. El aplauso la siguió de vuelta.

Haysen se le acercó en cuanto llegó a su lado.

—¿Vigilante? —gruñó, sin molestarse demasiado en disimular.

Eilan no pestañeaba.

—Esto ya tiene que ser un tipo de broma.

Caelia no respondió. El escriba ya llamaba al siguiente aeris. Ella seguía fija en el mismo punto, sin atreverse a mirar a otra parte.

Faltaban pocos nombres cuando notó movimiento a su derecha. Tuvo la sensación de que alguien se había detenido justo detrás de ella.

—No hagas preguntas —ordenó, agarrándola del brazo—. Sígueme. Y mejor que no te resistas.

Se quedó helada. Sintió el impulso de darse la vuelta y soltar alguna palabrota, pero la contundencia del tono la frenó en seco. Levantó la vista hacia el palco. Velesa los observaba complaciente.

—¿Qué coño haces? —la voz de Eilan retumbó.

Darek no se detuvo. Caelia apenas tuvo tiempo de ver la cara de Haysen, que ya se había puesto de pie, antes de que la trampilla lateral se cerrara detrás de ellos de golpe.




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