El Corazón Del Coronel

I

—En la tarde saldremos a comprar tu ajuar de novia, Aria, pero no te emociones demasiado, tampoco vamos a gastar mucho dinero —le dijo doña Leticia con tranquilidad.

—¿Qué? —preguntó Aria, aferrándose a la bandeja con los platos que estaba retirando de la mesa, ya que ellos habían terminado de desayunar. La impresión ante aquel aviso la dejó paralizada.

Un pequeño resoplido de burla, mal disimulado por su prima, captó su atención. Su tío y cabeza de la casa continuó con la mirada fija en el periódico, aunque su postura delataba que estaba atento a la conversación. Mientras tanto, su primo mayor, Basil, era el único que, al igual que ella, tenía una expresión de sorpresa ante las palabras de Leticia.

—Deja de preguntar lo mismo, sabes que lo odio —se quejó ella, levantándose de la mesa y lanzando su servilleta de tela sobre el plato—. Saldremos después del almuerzo y más te vale no avergonzarnos fuera —le advirtió.

Su prima, viva imagen de su madre tanto en apariencia como en arrogancia, también se levantó de la mesa y siguió a su madre fuera del comedor.

—Espera, madre.

Basil siguió a su madre y a su hermana fuera del comedor en busca de respuestas, dejándola allí, tratando de asimilar aquel balde de agua helada. Su tío comenzó a levantarse, colocando el periódico debajo del brazo.

—¿Quién? —se encontró preguntándole a su tío.

—La boda será en dos días. Ahí lo sabrás —respondió él con frialdad, dejándola sola en el comedor.

—Dos días... —susurró, apoyando la bandeja sobre la mesa.

En dos días. Con solo dos días de anticipación le estaban avisando que sería la esposa de un hombre al que ni siquiera conocía.

Sabía bien que no era querida por la familia de su tío. Para su mala suerte, eran la única familia que le quedaba. Además, su tío le debía un gran favor a su padre, del cual ella no conocía todos los detalles, pero había sido suficiente para que la mantuvieran en aquella casa, no como parte de la familia, sino como una empleada más.

Sabía que debía estar agradecida con su padre por lo que había hecho, por alejarla del peligro.

Su padre era médico militar y, desde los dieciséis años, cuando su madre enfermó de la peste que se desató al principio de la guerra, ella había permanecido a su lado, viajando y brindando apoyo a las tropas.

Su padre era un gran médico y ella había aprendido mucho de él. A su corta edad presenció de primera mano el sufrimiento que la guerra dejaba en la gente y, aunque muchos siempre le decían que aquel no era un lugar para una jovencita como ella, no le molestaba ni le causaba repulsión. Aquellos soldados necesitaban apoyo, ayuda, una mano que sostener en sus últimos momentos.

Sin embargo, después de un ataque al campamento en el que se encontraban, su padre, sin siquiera avisarle, le dio un somnífero que la dejó inconsciente durante horas. Cuando recuperó el conocimiento, estaba a menos de media hora de la casa de sus tíos, acompañada por un oficial amigo de su padre que había prometido dejarla a salvo junto con una carta.

En aquella carta, su padre le explicaba que, aunque sabía que ella no estaría de acuerdo con la decisión que había tomado, era lo mejor para ambos. No podía permitir que siguiera viviendo rodeada de muerte y sufrimiento ni esperar a que un ataque como el anterior volviera a repetirse, quizá sin la misma suerte.

Ella era joven, hermosa y ya tenía edad para casarse. Debía buscar un buen esposo y no continuar cuidando heridos y enfermos.

Aria le rogó al amigo de su padre que la llevara de regreso con él. Quería estar junto a su padre. No le importaba la situación; él era la única familia que le quedaba y la única persona de la que estaba completamente segura que la quería.

Ni siquiera conocía bien al hermano de su padre. Lo había visto unas pocas veces cuando era pequeña y apenas lo recordaba. Sin embargo, el amigo de su padre pensaba igual que él. Aunque era doloroso, insistía en que todo era por su bien.

La guerra era cada vez más peligrosa. Los enemigos habían comenzado a tomar como objetivo a médicos y enfermeras. El ataque que habían sufrido apenas había sido el comienzo. Su padre lo sabía y quería que ella estuviera a salvo. Por eso la enviaba a la capital, el lugar más seguro para ella en ese momento.

Rogó cuanto pudo para que no la dejara en aquella casa, con aquellas personas que ni siquiera conocía, pero sus súplicas no fueron escuchadas.

Al llegar a la casa de sus tíos, una residencia que por fuera ostentaba lujo y estatus, descubrió que por dentro dejaba mucho que desear.

La decoración también parecía elegante y lujosa, pero no era más que una fachada. Sus tíos aparentaban un estilo de vida que en realidad no podían sostener. Doña Leticia se negaba a aceptar que su posición económica no era la que mostraba ante los demás y que debían ser mucho más austeros con el dinero.

En cuanto los vio llegar, los observó de arriba abajo con una expresión que dejaba ver aburrimiento y molestia por sentir que le estaban robando su valioso tiempo.

El amigo de su padre se presentó enseguida y pidió hablar con su esposo. Ella mintió diciendo que no estaba en casa, aunque no contaba con que él apareciera por uno de los pasillos.

Su tío, a pesar de no haberla visto en años, la reconoció de inmediato. Aria era la viva imagen de su madre.

Doña Leticia, o simplemente doña Leticia, como le había indicado desde el primer día que debía llamarla, mostró una expresión de aún mayor molestia. Su tío preguntó por su hermano y quiso saber qué había sucedido.

Le respondieron que seguía con vida y que le había enviado una carta.

Con el rostro lleno de confusión, su tío tomó la carta. Mientras recorría las palabras escritas, Aria, Leticia y el amigo de su padre vieron cómo el color desaparecía de su rostro.

Doña Leticia, con el ceño profundamente fruncido, intentó arrebatarle la carta a su esposo, pero él no se lo permitió.




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