La mañana de Alisa Tsimer no comenzó con una taza de café, sino con una notificación del banco. Todavía adormilada, se frotó los ojos, desbloqueó la pantalla del teléfono y vio el aviso de un pago. Según el banco, la transacción se había realizado en un restaurante. Lugar del pago: Jimbaran.
El sueño se le esfumó al instante. Alisa se incorporó de golpe en la cama; le temblaban las manos y el corazón le latía desbocado. ¡Lo único que le faltaba era que unos estafadores le robaran! Para colmo, su marido había volado a la República Checa y era imposible comunicarse con él.
Alisa respiró hondo y se recordó que la cantidad que los estafadores habían gastado con su tarjeta no era muy grande y que podía bloquearla desde la banca en línea. Lo importante era que había detectado el cargo a tiempo. Abrió la aplicación, bloqueó la tarjeta y la marcó como comprometida. De inmediato solicitó una nueva tarjeta física y creó una copia virtual. Pero ni siquiera así consiguió tranquilizarse.
La joven permaneció sentada en la cama unos veinte minutos más. Luego comprendió que ya no lograría dormirse y fue a la cocina. Preparó café mientras intentaba recordar en qué momento había podido ser tan descuidada como para que su tarjeta cayera en manos de unos estafadores. No se le ocurría nada sospechoso.
—¿Y si simplemente la perdí? —se preguntó.
Dejó la taza de café sobre la mesa y salió de la cocina hacia el pasillo. Allí, encima de una cómoda, estaba su billetera de cuero envejecido. Alisa la abrió, sacó varias tarjetas bancarias y las revisó una por una. Estaban todas. Ya iba a guardarlas cuando reparó en el nombre grabado con letras doradas en una de ellas. Era la tarjeta de crédito de Oleg. La de su marido.
Alisa se frotó la barbilla. Regresó a la cocina con la billetera en la mano y se sentó a la mesa. Recordó las prisas de Oleg el día anterior, mientras se preparaba para ir al aeropuerto. Por alguna razón, había sacado las tarjetas tanto de su propia billetera como de la de ella. Maldijo durante un buen rato porque no encontraba el pasaporte y, cuando por fin apareció, recogió de la cómoda todas sus tarjetas de crédito, metió la billetera y los documentos en el bolso, le dio un beso rápido en la mejilla y salió corriendo. También recordó que se había ofrecido a llevarlo al aeropuerto, pero Oleg se negó. Dijo que no quería distraerla y que iría solo. En taxi.
Alisa bebía café contemplando la tarjeta de crédito de su marido, sin saber qué hacer. Intentó llamar a Oleg varias veces, pero él no respondía por ninguna aplicación de mensajería. Terminó el café ya frío, abrió Google en el teléfono y escribió en el buscador: «Jimbaran».
—Un balneario situado en la isla indonesia de Bali —leyó en voz alta, frunciendo el ceño.
Dejó el teléfono a un lado. Preparó otra taza de café. Miró la hora. Tenía que arreglarse para ir al trabajo, pero no podía dejar de pensar en Bali. Mientras se preparaba, fue incapaz de concentrarse en otra cosa.
A pesar del incidente con las tarjetas, en el trabajo Alisa parecía más concentrada que de costumbre. Realizaba todas sus tareas en piloto automático y rechazaba las propuestas de sus compañeros de hacer una pausa o salir a almorzar. Intentaba centrarse en el proyecto y no pensar en su marido. El proyecto era aburrido: debía diseñar el interior de un apartamento pequeño para una pareja, con un dormitorio, sala de estar y cocina. Nada complicado. Justo lo que necesitaba en ese momento. Alisa introducía cifras en el programa y se esforzaba por no pensar en Oleg.
Regresó tarde a casa. Estaba cansada y desconcertada. Su marido no la había llamado en todo el día. Por lo general, al menos le enviaba algún mensaje. Pero esa vez no. Alisa estacionó frente al edificio, aunque no se apresuró a bajar del auto. Se sentía vacía. El teléfono cobró vida justo cuando se disponía a abrir la puerta. Era Oleg.
—¡Hola, cariño! —respondió de inmediato—. ¿Cómo estuvo el vuelo? ¿Por qué no llamaste? ¿Está todo bien? —preguntó atropelladamente.
En la voz de Alisa sonaba una alegría genuina, y en su pecho nació la esperanza de que todo lo ocurrido aquel día no fuera más que un error. Que, en efecto, unos estafadores se hubieran apoderado de su tarjeta y que su marido estuviera en Praga.
—Perdóname, cariño. No tuve tiempo —se excusó Oleg con torpeza—. Václav volvió a confundir unos documentos. Tuvimos que rehacerlo todo de urgencia.
Ella quiso contarle lo de la tarjeta y los estafadores, pero de pronto cambió de opinión.
—Intenté llamarte.
—Estábamos trabajando. Olvidé el teléfono en la habitación. ¿Cómo estás?
La voz de su marido sonaba extraña. Le faltaba la calidez de siempre. ¿O quizá solo se lo parecía?
—Bien —respondió—. Te extraño.
—Yo también te extraño muchísimo, Gorrioncita. Volveré dentro de una semana. Te llevaré tu perfume favorito.
—Si tienes tiempo, ¿podrías pasar por el Taller de Novak? Quería recoger un anillo. Tienen una colección nueva.
Su marido vaciló. Alisa sintió que todo dependía de su respuesta. Y que, con toda probabilidad, no le gustaría. Así fue.
—No lo sé, Gorrioncita. Tengo muchísimo trabajo.
Ella percibió la mentira casi en la piel. El dolor le cerró la garganta. Sin embargo, Alisa intentó controlarse y no dejar traslucir lo que sentía. También trató de convencerse de que su resentimiento era absurdo, fruto de una imaginación desbordada. En realidad, su marido no era culpable de nada y de verdad estaba trabajando.