Víktor necesitó cuarenta minutos para estudiar los documentos. Lo clasificó todo minuciosamente y después pulsó un botón. Una secretaria entró en el despacho. Alisa miró fugazmente a la joven y se sintió cohibida. Al lado de aquella belleza de piernas largas, se sintió como el patito feo. Intentó apartar aquella emoción tan inoportuna, pero se ruborizó intensamente. La reacción de Alisa ante su asistente desconcertó a Víktor. Entonces sintió que sus dedos comenzaban a alargarse. Por alguna razón, su dragón quería proteger a su pareja de alguna amenaza, aunque Víktor no comprendía cuál.
—Rita —se dirigió a su asistente—, dile a Valera que prepare el auto. Y haz pasar a Yegor Pávlovich.
Rita asintió en silencio y salió. Víktor se volvió hacia Alisa.
—Tendrás que mudarte.
—Lo sé —exhaló la joven—. Alquilaré algo. El apartamento de mi abuela todavía está ocupado. Al contrato le queda un mes. Después me mudaré allí.
—Mientras tanto, puedes instalarte en mi apartamento de la ciudad. Está vacío y nadie irá a buscarte allí.
El apartamento de Víktor no estaba vacío. Últimamente pasaba allí la noche con frecuencia, pero por Alisa estaba dispuesto a cambiar sus rutas habituales y sus planes.
—Vitya… —Los ojos de Alisa se llenaron de lágrimas—. Te estoy muy agradecida.
—Menos mal que Masha está con los hombres lobo —resopló el dragón.
—¿Por qué?
—Porque ahora mismo se lanzaría a salvarte sin decirme una sola palabra.
—Me siento muy culpable por lo que le hice. ¿Crees que me perdonará?
—No está enojada contigo.
Un hombre mayor, vestido con un traje beige con parches de cuero en los codos, les impidió terminar la conversación. Aquellos parches llamaron más la atención de Alisa que el propio Yegor Pávlovich. Sin embargo, el hombre era peculiar, casi una caricatura: su brillante calva, una corbata color limón y unos anticuados lentes de pinza dignos de un museo le daban un aspecto tan ridículo que nadie tomaba jamás en serio a aquel excéntrico.
—¿Me mandó llamar?
Víktor asintió y señaló los documentos sin decir nada. Yegor Pávlovich, acostumbrado desde hacía mucho tiempo a las peculiaridades del dragón, se acercó al escritorio, se sentó frente a Alisa y la saludó con una inclinación de cabeza, aunque procuró no mirarla.
Yegor Pávlovich era un ser humano corriente, pero tenía la experiencia suficiente para no pasar por alto las pupilas verticales de su empleador y comprender que aquella mujer significaba para él un poco más que las demás visitantes.
Alisa observó con interés cómo Yegor Pávlovich hojeaba los papeles. Su rostro no reflejaba absolutamente ninguna emoción. De vez en cuando regresaba a alguna de las páginas, comparaba fechas y cifras y sacaba conclusiones. Después apiló cuidadosamente los documentos en el mismo orden en que los había dejado Víktor.
—¿Qué opinas? —preguntó el dragón.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —respondió el hombre con otra pregunta.
—Tres días.
—Lo haremos. ¿Puedo llevarme esto?
Víktor asintió. El hombre recogió los documentos y se marchó. Alisa miró a su amigo con asombro.
—¿Y qué debo hacer yo?
—Primero iremos a almorzar. Después te ayudaré con la mudanza. Por ahora, pide unos días libres en el trabajo. O vacaciones.