Alisa tenía menos pertenencias de las que imaginaba. Ropa, aparatos electrónicos y algunas joyas.
—¿Y tus libros?
—En casa de mis padres. Oleg consideraba que ocupaban demasiado espacio y costaban demasiado dinero. Según él, en la era del Kindle ya no hacían falta bibliotecas en casa.
Víktor percibió un dejo de melancolía en su voz. Ella intentaba ocultárselo incluso a sí misma, pero el dolor se abrió paso. Alisa sonrió, contó las cajas y cerró la maleta.
—Pediré una camioneta. Podemos llevar las cajas a una bodega —continuó Alisa.
—¿Para qué?
—Para que no estorben.
—Tengo un depósito en casa. No hace falta alquilar nada.
El depósito existía de verdad. Quince minutos después de que Alisa etiquetara la última caja, dos hombres corpulentos entraron en el apartamento y se llevaron sus cosas. Tras ellos llegó un vampiro delgado que, sin mirar a Alisa, se dirigió al despacho de Oleg.
—Extraerá la información de la computadora —explicó Víktor.
Alisa asintió. En aquel momento, su teléfono cobró vida. La joven se sintió culpable. Víktor lo notó y le sonrió con dulzura.
—Habla con él. No debe sospechar nada.
Alisa asintió y salió a la habitación contigua. Víktor escuchaba la conversación con todos los músculos en tensión. La bestia en su interior gruñía, descontenta, y trataba de salir para poner fin a la conversación entre su pareja y el rival. Víktor contuvo por la fuerza a su segunda naturaleza. Le pidió que aguantara. Le prometió que no volvería a cometer el mismo error, que no dejaría marchar a Alisa otra vez.
—Todo está bien —se oía decir a Alisa desde el dormitorio—. Estuve limpiando… No. Sí, recuerdo lo que habíamos planeado… Claro…
Víktor comenzó a respirar con dificultad. La espalda se le cubrió de escamas y le empezaron a picar los omóplatos. Los celos asfixiaban al dragón. Vlad lo distrajo de la transformación.
—Terminé —dijo el vampiro, dirigiéndose a su jefe.
—Espero tu informe.
Alisa reapareció un minuto después. La presión en el pecho de Víktor disminuyó. Consiguió sonreír e incluso albergar la esperanza de que, esta vez, cumpliría de verdad la promesa que le había hecho a la bestia y no volvería a dejarla marchar. Nunca.
—¿Estás lista?
Ella asintió. Dirigió una última mirada al apartamento donde había vivido durante los últimos años y no sintió ni nostalgia ni pesar. Su antigua vida llegaba a su fin y comenzaba una nueva etapa. En el ascensor pensó que debería sentirse triste y asustada. Pero no tenía miedo. Tampoco sentía pena. Instintivamente quiso acercarse a Víktor y abrazarlo. Quizá por gratitud, quizá buscando protección, pero se detuvo a tiempo. No tenía sentido crear una situación incómoda.
El apartamento del dragón era acogedor. Alisa ya había visitado la casa de Víktor en el pasado, aunque entonces parecía una «guarida de soltero». Ahora el interior había cambiado. Víktor había demolido los tabiques innecesarios. El dormitorio era la única estancia que permanecía separada de las zonas comunes. En las paredes, dentro de marcos negros, colgaban colecciones de monedas inglesas de distintas épocas. Frente a la chimenea eléctrica había un sofá.
Víktor le mostró brevemente el apartamento, le explicó dónde podía encontrar cada cosa, se despidió y se marchó. A regañadientes, por supuesto. Deseaba desesperadamente quedarse con ella un poco más, pero habría sido inapropiado.
Alisa se quedó sola. Se sentó en el sofá, tratando de ordenar sus sentimientos y comprender si había hecho bien en aceptar la ayuda de Víktor. ¿O debería haber acudido a la policía? Pero no tuvo tiempo de llegar a ninguna conclusión. Estaba tan agotada que se quedó dormida allí mismo, en el sofá. Se limitó a cerrar los ojos y se hundió en la oscuridad.