I. El Costo Personal
Con la política temporalmente bajo control, Lyra se dedicó a la sanación. Los cien años de Invierno habían dejado el reino plagado de enfermedades respiratorias, congelación y heridas que su magia de fuego solía sanar sin esfuerzo.
Pero ahora, cada acto de curación era una lucha. Al aplicar su calor, Lyra sentía la resistencia del espíritu de Kyrin. Él intentaba corromper el fuego, convirtiendo el calor curativo en una escarcha dolorosa.
Una tarde, mientras Lyaba una niña con una fiebre grave, Lyra sintió la voz de Kyrin en su mente.
—¡Qué hermoso es tu poder, Dama de Invierno! Pero qué lento. Déjame acelerar esto. Un poco de frío en su corazón y no volverá a tener fiebre.
Lyra tuvo que luchar contra la tentación, sintiendo una punzada de dolor helado en su propio pecho. Retiró la mano, agotada. La niña se curó, pero el proceso fue lento y Lyra quedó drenada.
Kael la encontró después, sentada, pálida y temblorosa, la runa de escarcha en su pecho palpitando.
—No puedes sanar así. Él se alimenta de tu energía —dijo Kael, sentándose frente a ella.
II. La Ineficacia del Amor
—No puedo dejar de hacerlo. Soy una sanadora. Es lo que soy —respondió Lyra, mirando la marca oscura—. Y cada vez que uso mi fuego, él se ríe. Él quiere que sienta desesperación, para que lo libere.
Kael se mordió el labio. Él no tenía su magia oscura; su cuerpo era ahora solo un receptáculo. Pero su mente estaba afinada con la escarcha.
—El Sello de Eira está roto. Ahora es solo la fuerza de tu voluntad contra la suya. Y él te conoce, Lyra. Sabe que no puedes vivir sin tu fuego.
Kael extendió la mano hacia ella.
—Tu amor por el reino es tu fuerza. Pero tu amor por mí es tu debilidad. Él lo sabe.
—No me digas que me aleje de ti otra vez, Kael. Me mata la soledad —dijo Lyra, la voz quebrándose.
—No. Ahora yo debo buscar la solución.
III. La Búsqueda del Hielo
Kael, sintiéndose inútil como consejero y doloroso como presencia, tomó una decisión.
—El Liche no fue creado por una maldición, sino por un ritual. Yo estudié esa magia. Debe haber un contra-ritual, algo que lo separe de ti sin matarte, Lyra. Pero lo que queda de la biblioteca de mi padre está en las ruinas de Aethelgard.
Kael se puso de pie, su mirada ahora llena de una nueva determinación.
—Debo irme. No por exilio, sino por ti. Debo encontrar la forma de sacarlo de tu corazón. El amor de mi padre me convirtió en su arma; el tuyo debe ser tu escudo.
Lyra se levantó y se acercó a él. La despedida era necesaria y dolorosa.
—Si encuentras el conocimiento de tu padre, ¿no corre el riesgo de convertirte en lo que él quería que fueras?
—Ya no —dijo Kael, tomando las manos de Lyra. El contacto era frío, pero su mirada era sincera—. Mi sangre fue purificada por tu fuego. Mi corazón tiene tu calor. No regresaré hasta que tenga la llave para liberarte, Lyra.
IV. Un Nuevo Tipo de Traición
Se besaron. Fue un beso de promesa y sacrificio, muy diferente al beso desesperado del Jardín Olvidado.
—No le des cabida mientras esté fuera —dijo Kael, susurrando—. No permitas que te aísle.
—Ten cuidado —respondió Lyra.
Kael partió esa noche, sin que nadie lo viera, hacia las ruinas de la antigua capital.
Lyra se quedó sola en el frío palacio. Había exiliado a la única persona que la entendía y la amaba, para salvarla. Había cumplido, sin quererlo, con la profecía de Kyrin.
En su pecho, la voz del Rey Liche se burló:
—Qué dulce, Dama de Invierno. La soledad te está haciendo vulnerable. Tu ancla se ha ido. El invierno volverá a ti... y a mí.
Lyra apretó la runa, sintiendo la soledad. El libro uno, la aventura del despertar, había terminado con una victoria incompleta y un dolor insoportable, preparando el escenario para la verdadera guerra de la Saga Corazones de Cristal.