Kael despertó en la oscuridad de las catacumbas. Sus dedos estaban entumecidos, pero no por el frío, sino por una fatiga mágica que no había sentido antes. A su lado, la Piedra de Fuego todavía emitía un calor débil.
—Debes moverte, traidor —siseó una voz desde las sombras.
Era el Capitán Yorven. Sus ojos estaban inyectados en sangre y su armadura estaba abollada.
—Ella... ella ha dado la orden. Cualquier hombre que te ayude será colgado. Ella dice que tú eres el responsable de su "transformación".
Kael se incorporó, ignorando el dolor en sus costillas.
—No es ella, Yorven. Es Kyrin.
—Lo sé. He visto cómo trata a los sirvientes. Ha convertido la sala del consejo en una cámara de tortura psicológica. No mata con hielo, mata con el miedo a la pérdida. El reino está empezando a marchitarse. Los cultivos se pudren antes de ser cosechados.
Kael tomó el libro de hielo y la Piedra de Fuego. Sabía que no podía enfrentarse a ella ahora. Necesitaba entender la **Separación Elemental**.
—Me voy al Sur —dijo Kael—. A las Tierras del Ámbar. Allí donde el otoño nunca termina. Dicen que los antiguos Druidas de la Llama sabían cómo tratar con las posesiones de espíritu.
—Te daré caballos y suministros —dijo Yorven, dándole la espalda para vigilar el pasillo—. Pero no tardes, Kael. Cada día que ella se sienta en ese trono, la verdadera Lyra se desvanece un poco más. Pronto, no quedará nada que salvar.
Kael salió a la noche. El cielo de Aethelgard ya no era azul glacial, sino de un naranja oscuro y opresivo, como una herida que no cierra. La caza había comenzado.