### I. El Cementerio de los Dioses Mecánicos
Kael recuperó el sentido bajo una lona desgarrada. El frío era distinto aquí: no era el frío cortante del invierno de Aethelgard, sino un frío metálico, estático, que sabía a hierro y electricidad vieja.
Al salir de los restos del dirigible, se quedó sin aliento. Lo que creía que eran montañas eran, en realidad, extremidades. A lo largo del valle, inmensas figuras colosales de metal y piedra estaban semienterradas. Un brazo del tamaño de un castillo sobresalía de un risco; una cabeza, con cuencas oculares como catedrales vacías, formaba la base de un glaciar de óxido. Eran los **Gigantes Dormidos**.
—Eran los guardianes del equilibrio antes de que el hombre aprendiera a fundir el alma —dijo Sora, acercándose con el brazo en cabestrillo y la cara ensangrentada. Solo ella y dos buscadores más habían sobrevivido al impacto.
### II. Los Guardianes de Silicio
Mientras el grupo intentaba recuperar suministros, un sonido rítmico comenzó a vibrar bajo sus pies. *Bum... bum... bum...* No era un terremoto; era un latido.
De las grietas de los Gigantes comenzaron a emerger pequeñas esferas de piedra flotante, rodeadas por anillos de energía ámbar. Los **Centinelas de Silex**.
—No te muevas —advirtió Kael, sintiendo que su báculo de fresno vibraba con fuerza—. No huelen como los Perseguidores de Kyrin. No tienen malicia.
Una de las esferas se acercó a Kael. Un haz de luz escaneó la **Llave de Oro** que colgaba de su cuello. Al instante, los anillos de la esfera pasaron de un naranja errático a un dorado constante. Los centinelas emitieron un sonido armónico y se dieron la vuelta, abriendo un camino entre la nieve.
—Nos están invitando a entrar —comprendió Kael.
### III. En el Interior del Coloso
Los centinelas los guiaron hasta la "boca" de un Gigante caído cuya cabeza formaba una cueva inmensa. Dentro, las paredes no eran de roca, sino de circuitos de cobre tan gruesos como troncos de árboles y cristales que brillaban con una luz interior.
Allí, el aire era cálido. Kael sintió que su herida de la "Podredumbre Seca" dejaba de doler por completo. En el centro de la cámara craneal del gigante, flotaba un pilar de resina translúcida que contenía algo en su interior: una rama de un árbol que no era de este mundo.
—Es un **Pulmón de Tierra** —susurró Sora, maravillada—. Estas máquinas mantenían el ciclo de las estaciones antes de que el Rey Liche las apagara para forzar su invierno eterno.
### IV. El Despertar de la Pista
Kael insertó la Llave de Oro en una ranura en la base del pilar. La cámara entera cobró vida. Las luces parpadearon y una proyección holográfica se formó en el aire.
Vio el mapa completo del Valle. El **Ámbar de la Tierra** no era una piedra que se pudiera recoger; era el "aceite" que corría por las venas del Gigante más grande de todos, aquel que se encontraba en el centro exacto del Valle: **Aethelos, el Padre de las Montañas**.
Pero la visión mostró algo más: una mancha negra se extendía por el mapa. Los Segadores de Kyrin-Lyra ya estaban en la entrada del Valle. No habían atacado el dirigible solo para matarlos, sino para obligar a Kael a activar los sistemas de defensa de los Gigantes, revelando así la ubicación de la fuente de energía.
—He caído en su trampa otra vez —dijo Kael, golpeando la pared de metal—. Les he abierto la puerta.
—Entonces habrá que cerrársela en la cara —respondió Sora, cargando su ballesta—. Pero primero, tenemos que despertar al Padre de las Montañas antes de que ellos lo conviertan en un arma de óxido.