El Corazón Del Otoño: El Guardián Del Ámbar

Capítulo 22: El Capitán De Las Estatuas.

### I. El Camino de los Penitentes

El grupo avanzaba por la ruta comercial que conectaba el Valle con las llanuras centrales. El paisaje era un cementerio de carretas y estandartes descoloridos. Kael caminaba al frente, su presencia ahora emitía un calor sordo y constante que derretía la nieve sucia a su paso, dejando un rastro de tierra seca y firme.

De pronto, Sora levantó su mano, dando la señal de alto. En medio del camino, una figura solitaria estaba sentada sobre una roca. No llevaba casco, y su armadura estaba tan picada por el óxido que parecía una piel de escamas marrones.

—Harek... —susurró Kael.

### II. El Despertar del Hierro

Era el **Capitán Harek**, el hombre que Kael había inmovilizado en el Capítulo 8 usando la magia de equilibrio. Pero algo había cambiado. Ya no tenía los ojos inyectados en la voluntad de Kyrin, aunque tampoco eran los ojos del amigo que Kael recordaba. Eran cuencas cansadas, llenas de la sabiduría de quien ha estado muerto y ha regresado.

—Mi señor —dijo Harek, intentando ponerse de pie con un chirrido metálico—. O debería decir... mi prisión.

Harek explicó que, cuando Kael activó el Nexo de la Tierra, la onda expansiva no solo despertó a los Gigantes, sino que "limpió" la conexión mental de muchos soldados que estaban cerca del Valle. Sin embargo, el daño estaba hecho: sus cuerpos se habían fusionado parcialmente con sus armaduras. Eran los **Oxidados**, hombres de metal que ya no necesitaban comer, pero que sentían el peso de cada segundo que pasaba.

### III. El Dilema de la Redención

—Los otros generales de Kyrin están cazando a los de mi clase —explicó Harek, señalando hacia las colinas donde se veían humos de hogueras—. Nos ven como herramientas defectuosas. Dicen que si no servimos al Liche, serviremos como chatarra para sus nuevas máquinas de guerra.

Lyra se acercó a Harek. Extendió su mano y, con un destello de su magia de sanación, intentó suavizar el óxido en el brazo del capitán. Pero el poder de Lyra rebotaba.

—No es una enfermedad, milady —dijo Harek con tristeza—. Es una marca. Somos el recordatorio de que el otoño no perdona.

Kael dio un paso al frente. El ámbar en sus venas brilló con intensidad. Al tocar el hombro de Harek, el metal chirrió, pero no por dolor, sino por una súbita entrada de energía. Kael no le devolvió su humanidad, pero le dio **propósito**. El óxido se volvió dorado, endureciéndose como el propio cuerpo de Kael.

### IV. La Guardia del Ámbar

—No te pediré que pelees por un rey —dijo Kael, y su voz resonó como una campana en el valle—. Te pido que pelees por los que aún respiran.

Harek se arrodilló, y tras él, de entre las ruinas y los árboles marchitos, surgieron otros doce soldados en condiciones similares. Eran la **Guardia del Ámbar**, hombres que no tenían hogar al que volver, pero que habían encontrado en Kael a un líder que compartía su misma maldición.

Sora miró al nuevo ejército con escepticismo.
—Son poderosos, Kael, pero consumen energía. Si los mantienes cerca, el ámbar de tu pecho se agotará más rápido. Estás alimentando sus vidas con la tuya.

Kael no respondió. Miró hacia el Norte, donde la cúpula de escarcha negra de Aethelgard seguía desafiando al cielo. Sabía que para romper ese muro, necesitaría un martillo hecho de hombres que ya no tuvieran nada que perder,




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