El Corazón Del Otoño: El Guardián Del Ámbar

Capítulo 30: El Trono De Las Cicatrices.

### I. El Primer Invierno Verdadero

Siete días después de la caída del Simulacro, el sol finalmente logró atravesar la bruma de Aethelgard. La ciudad ya no estaba prisionera bajo la cúpula, pero las calles aún guardaban el silencio de los que no despertaron. Los ciudadanos supervivientes salieron de sus sótanos, encontrando una ciudad donde el hielo negro había sido reemplazado por vetas de ámbar que sostenían los edificios en ruinas.

Kael se encontraba en el balcón del palacio. Su brazo derecho, ahora una reliquia de cristal oscuro, descansaba sobre la barandilla de piedra. No sentía frío, ni calor; solo el pulso constante de la Tierra y el murmullo encadenado de su padre en su interior.

### II. La Coronación del Sacrificio

La ceremonia no se realizó en el salón del trono, sino en la plaza central, frente al pueblo. No hubo coronas de oro macizo. Lyra, con su nuevo cabello blanco como la nieve virgen, caminó hacia Kael. En sus manos llevaba una diadema hecha de ramas de fresno y plata.

—Ya no somos los hijos de los reyes que destruyeron este mundo —dijo Lyra, y su voz, aunque suave, llegó a cada rincón de la plaza gracias a la resonancia del ámbar—. Somos los guardianes de lo que queda.

Ella colocó la diadema sobre la frente de Kael. Él, a su vez, le entregó un báculo tallado en la madera que Vesper le había dado en el Valle de los Gigantes. No se juraron dominio sobre la tierra, sino protección mutua contra la oscuridad que aún acechaba en los confines del mapa.

### III. El Destino de la Guardia

A los pies del estrado, la **Guardia del Ámbar** se mantenía firme. El Capitán Harek, cuya armadura dorada ahora brillaba con la luz del sol, levantó su espada.

—Por el Guardián y la Reina de la Escarcha —rugió.

Los ciudadanos, inicialmente temerosos de los hombres de metal, respondieron con un grito que hizo temblar la nieve de los tejados. Habían aceptado a sus nuevos protectores, entendiendo que el oro en la piel de sus soldados era el escudo que los separaba de la extinción.




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