Hay historias destinadas a entrelazarse a pesar de provenir de mundos diferentes. A veces, el lazo que las une es el más simple y, al mismo tiempo, el más complicado de todos:
El amor.
Dominic Wick había crecido en un mundo donde el amor nunca pareció una posibilidad.
Cuando descubrió que sus gustos eran diferentes a los de sus compañeros de escuela, prefirió callarlo. En aquella época, al menos para él, las opciones parecían reducirse a dos: ocultarlo o morir.
Así de simple.
Sus padres jamás se lo habrían perdonado y Dominic estaba convencido de que la sociedad lo condenaría por el resto de su vida.
Así que aprendió a esconderse.
Dos matrimonios fallidos en quince años, dos hijos que no deseaban saber demasiado de él y, con apenas treinta y siete años, una vida dedicada a lo único en lo que siempre había sido realmente bueno: luchar, sobrevivir y proteger.
Su padre le había dejado como herencia una vida dura, rodeada de hombres poderosos a quienes Dominic había servido, muchas veces, como una herramienta. Con el paso de los años se refugió en el trabajo hasta convertirlo en prácticamente lo único que tenía.
Pero ya estaba cansado.
Aquel sería el último.
Después se retiraría.
—Un trabajo más y he terminado —dijo en voz alta mientras conducía su Mustang 67 de color rojo.
Era una de las pocas cosas que se permitía destacar.
En sus trabajos utilizaba los automóviles que sus clientes le proporcionaban, vestía siempre de manera impecable y procuraba pasar desapercibido. La gente para la que trabajaba no hacía demasiadas preguntas.
Y pagaba bien.
Su último cliente era un empresario llamado Robert Smitch, un hombre relacionado con el lavado de dinero para la mafia rusa. Había existido un mal movimiento en ciertas cuentas y su esposa temía por la seguridad de toda la familia.
La avaricia de Robert lo había llevado más lejos de lo conveniente.
Malai, su esposa, había conseguido contactar a Dominic gracias a la mujer de uno de sus clientes anteriores, una familia para la que había trabajado durante casi diez años.
Él aceptó únicamente porque se trataba de una petición especial.
Y porque estaba convencido de que aquel sería su trabajo de despedida.
Había leído dos veces el expediente que habían preparado para él.
Su deber principal era proteger a los hijos de Malai.
El menor probablemente no representaría demasiados problemas. Era un niño de ocho años llamado Waii.
El mayor era otra historia.
Robert Ming estaba próximo a cumplir veintiún años y, según el informe, tenía fama de libertino, consentido y derrochador. Un joven acostumbrado a gastar el dinero de sus padres sin preocuparse demasiado por las consecuencias.
Dominic no estaba preocupado.
Había tratado con personas mucho más difíciles.
El negocio de ser guardaespaldas de hombres relacionados con la mafia nunca había sido sencillo. Una cosa era convertirse en sicario o matón de algún poderoso y otra muy diferente protegerlos de hombres como esos.
Dominic siempre había marcado una diferencia.
Nunca aceptaba matar a petición de alguien.
Él protegía.
Si para hacerlo tenía que matar, entonces lo consideraba justificado.
Era una lógica cuestionable, tal vez, pero le había permitido sobrevivir durante años dentro de aquel mundo.
Su vida profesional funcionaba.
Su vida privada era un desastre.
El teléfono vibró.
Dominic desvió brevemente la mirada.
Cinco llamadas perdidas.
Karla.
Su primera esposa.
La mujer acostumbraba llamarlo puntualmente cuando tenía que depositar el dinero de la colegiatura de sus hijos. Ese era prácticamente el único motivo de comunicación entre ellos.
Dominic volvió la vista al camino.
Vivía sin encontrar un equilibrio.
Negándose a lo que sentía.
Negándose a lo que era.
—Debes aceptar tu vida, Dominic. Si continúas aparentando ser alguien que no eres, solamente seguirás lastimando a las personas. Nunca serás feliz y tampoco te permitirás conocer el amor.
Las palabras de Verónica, pronunciadas antes de abandonarlo, llevaban meses atormentándolo.
Dominic aceleró al tomar una curva.
No quería pensar en ello.
No ahora.
Minutos después llegó a su destino.
La hacienda se encontraba a las afueras de la ciudad, rodeada de árboles y extensos terrenos deshabitados.
Malai Smitch era una mujer que prefería la naturaleza y la tranquilidad, lejos del ruido de la ciudad. Su esposo, en cambio, parecía vivir permanentemente entre los negocios y el camino de regreso a casa.
La familia tenía pocos meses de haberse mudado.
Hasta el momento no habían recibido ataques ni amenazas concretas, pero Malai necesitaba sentirse segura.
Dominic solía irritarse con los clientes paranoicos y, por todo lo que había leído, la señora Smitch parecía tener algunos rasgos de serlo.
En cualquier otra circunstancia habría rechazado el trabajo.
Esta vez no podía hacerlo.
Estacionó frente a la entrada principal y bajó del automóvil.
No tuvo ninguna dificultad para ingresar a la propiedad.
Primer problema.
La seguridad de la entrada era deficiente.
Algo que tendría que solucionar.
Caminó hacia la casa y llamó suavemente. Una mujer entrada en años abrió la puerta con una sonrisa amable.
—Pase. La señora lo está esperando.
Dominic la siguió hasta un bonito jardín.
Malai estaba arrodillada sobre el césped acomodando unas rosas.
El ambiente le pareció demasiado relajado.
Estaba acostumbrado a trabajar para hombres cuyas esposas vivían rodeadas de lujo, excesos y empleados. Aquella casa tenía una energía completamente distinta.
—Señor Wick, qué gusto que haya podido venir.