El Corrector

BLANCO

El corrector siempre había sido blanco.

Era importante.

El blanco no preguntaba.

El blanco no recordaba.

El blanco podía cubrir casi cualquier cosa.

Por eso le gustaba.

Cuando alguien cometía un error, él aparecía.

Una pequeña capa.

Después otra.

Y aquello que había estado allí dejaba de verse.

No desaparecía.

Eso era diferente.

Pero el corrector prefería no pensar en esa diferencia.

La primera vez que cubrió una palabra, fue algo sencillo.

Una letra equivocada.

Nada importante.

La mano pasó el corrector sobre ella y esperó.

La mancha blanca secó rápidamente.

La palabra quedó debajo.

Invisible.

La mano escribió encima.

Continuó.

El corrector permaneció tranquilo.

Había hecho su trabajo.

O eso pensaba.

Con los años aprendió a reconocer determinadas expresiones.

—No fue así.

Entonces aparecía.

—Lo entendiste mal.

Otra capa.

—Yo nunca dije eso.

Otra.

—No recuerdo haber hecho eso.

Más blanco.

Cada frase necesitaba una superficie limpia.

El corrector se encargaba de proporcionarla.

Nunca preguntaba qué había debajo.

No quería saberlo.

Saber significaba recordar.

Recordar significaba reconocer.

Y reconocer significaba admitir que algo había ocurrido.

El corrector no estaba hecho para eso.

Estaba hecho para cubrir.

Le gustaba la sensación.

El pequeño roce contra el papel.

La presión de la mano.

El sonido suave de la punta extendiéndose sobre las palabras.

Una línea blanca.

Después otra.

Sentía una satisfacción particular cuando conseguía cubrir completamente una frase.

Al principio todavía podía distinguirse una sombra.

Entonces aplicaba más.

Más blanco.

Más presión.

Hasta que ya no quedaba nada visible.

Entonces descansaba.

La hoja parecía limpia.

Eso era lo importante.

Una vez alguien escribió:

"Lo recuerdo."

El corrector se acercó.

La mano dudó.

Después lo cubrió.

—No lo recuerdo —escribieron encima.

El corrector permaneció inmóvil.

Había visto ambas frases.

Las dos existían.

Una debajo.

Otra encima.

Pero solo una podía ser vista.

La mano pareció tranquilizarse.

El corrector también.

Porque mientras la primera frase permaneciera oculta, podía fingir que nunca había existido.

Había palabras que costaban más.

Algunas necesitaban tantas capas que el papel comenzaba a deformarse.

El corrector no entendía por qué.

Quizá ciertas cosas no querían desaparecer.

Quizá el papel tenía memoria.

A veces, incluso después de cubrir una frase por completo, la superficie conservaba una pequeña elevación.

Una cicatriz.

El corrector la observaba.

No le gustaba.

Pasaba nuevamente sobre ella.

Una capa.

Otra.

Otra.

Hasta que la hoja quedaba gruesa y rígida.

Entonces sonreía.

Si hubiera podido.

Nunca decía:

"Estoy ocultándolo."

Decía:

"Ya está corregido."

Era diferente.

Corregir implicaba que algo había sido solucionado.

Cubrir implicaba que seguía allí.

Por eso prefería la primera palabra.

Las palabras importaban.

Una palabra podía convertir una herida en un error.

Un error en un accidente.

Un accidente en algo que no había ocurrido.

Y si se repetía suficientes veces...

quizá alguien terminaría creyéndolo.

Incluso la persona que lo había hecho.

Un día encontró una hoja llena de blanco.

No había prácticamente nada visible.

Solo pequeñas sombras debajo de las capas.

El corrector se acercó.

Había sido utilizado tantas veces que la superficie estaba llena de relieves.

Palabras enterradas.

Frases mutiladas.

Nombres cubiertos.

Fechas ocultas.

Confesiones convertidas en manchas blancas.

La hoja parecía limpia.

Pero no lo estaba.

El corrector lo sabía.

Y aquello comenzó a incomodarlo.

Porque había pasado toda su existencia convencido de que ocultar algo era lo mismo que eliminarlo.

Ahora tenía delante la prueba de que no era así.

Intentó cubrir una de las sombras.

La capa blanca cayó sobre ella.

Pero seguía allí.

Aplicó más.

Nada.

Presionó con fuerza.

El papel comenzó a desgastarse.

Una pequeña grieta apareció.

El corrector se detuvo.

Debajo seguía existiendo la palabra.

No podía leerla completamente.

Pero sabía que estaba allí.

Y por primera vez sintió algo parecido al miedo.

No por la palabra.

Por sí mismo.

Porque comprendió que todo lo que había cubierto seguía existiendo en alguna parte.

Debajo.

Esperando.

La mano regresó.

Miró la hoja.

—Está limpia.

El corrector permaneció quieto.

La mano sonrió.

—¿Ves?

Pasó un dedo sobre la superficie.

—No hay nada.

El corrector quiso creerle.

Necesitaba creerle.

Porque si había algo debajo, entonces había pasado toda su vida haciendo algo diferente de lo que pensaba.

No había corregido.

No había reparado.

No había borrado.

Había escondido.

La mano tomó nuevamente el corrector.

Había una última sombra.

Pequeña.

Casi imperceptible.

El corrector la reconoció.

No sabía qué decía.

No necesitaba saberlo.

La mano comenzó a cubrirla.

Una vez.

Otra.

Otra.

El blanco se acumuló.

El papel cedió.

La sombra desapareció.

La mano respiró tranquila.

—Ahora sí.

El corrector también quiso respirar.

Pero los objetos no respiran.

Así que permaneció inmóvil.




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